Enredos.

Érase una vez la historia de un millón de enredos que nadie recordaba como se habían hecho pero cuyo desenredo era una cuestión de vida o muerte...

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Era domingo, mediodía, con el sol entrando por las ventanas y una suave brisa haciendo bailar la cortina; había dado un largo paseo matutino y, si bien tenía poco sueño de siesta, menos ganas aún de salir de nuevo a la calle; paseó la librería del salón e incluso jugueteó con el mando de la tele, no tenía intención alguna de acercarse de nuevo a los noticias así que se alejó del periódico y recordó la caja de cuentas y collares que guardaba en su habitación.

Era algo así como una caja de tesoros en la que había ido guardando los restos de algunas pulseras que se habían roto dejando caer sus cuentas y también collares a los que daba buen uso en verano y guardaba como pequeños tesoros al llegar al invierno. Se acomodó en el sofá con la caja en el regazo porque, al recordarla, recordó también que la última vez que intentara hacerse con un collar, los sacó todos echos mil enredos que no logró desentrañar.

Se declaraba culpable de no haber tratado sus collares con el cuidado debido pero de ahí al tremendo enredo en que se habían convertido iba un mundo, uno que no acaba de entender; le dio entonces por pensar que tal vez su caja no fuera una sencilla caja de cartón que tuviera un día dentro un cojín y un perfume y que acabó reconvertida en caja de cuentas y collares, sino que era algo así como la caja de Pandora; tal vez, cuando cerraba la tapa, las parcas, brujas, meigas, heroínas y otras diosas salían de las cuentas perdidas y comenzaban a tejer enredos en los collares como si fuesen Penélope esperado la llegada de Ulises.

Sonrió ante una idea tan descabellada y pensó que, de haber sido así, de ser sus enemigas las parcas, brujas, meigas, heroínas y otras diosas que en el mundo han sido, poco éxito podría ella tener deshaciendo el mayúsculo enredo en que se habían convertido sus collares. Claro que no era la suya una mente supersticiosa, por eso sacó el enredo de su caja y comenzó a revisarlo con sumo detenimiento.

Vio como el collar de seda negra se trenzaba con el de cuentas de colores, se fijó en cómo la finísima cadena de oro se perdía entre ambos y gran colgante de plata salía del final de aquel mundo de enredos; se fijó también en qué puntos las trenzas se convertían en nudos y se lamentó al darse cuenta de que, probablemente, el único modo de deshacer tamaño lío fuera usar la tijera contra el collar de seda negra.

Pero no quiso adelantar acontecimientos ni tampoco negarse al menos un intento para deshacer aquellos enredos sin sacrificar ninguna de las piezas que lo habían formado; una vuelta por aquí, dos por allá, empezar por la cadena de plata, pasar luego a la de oro, y otra vuelta al cordón granate sin perder de vista las cuentas de colores… Así se fue pasando la tarde y se fueron pasando las horas… ¡horas!.

Cuando a las 10 miró el reloj y continuo viendo un enredo entre sus manos y sólo a la pequeña cadena de oro liberada de él, decidió que era el momento de poner punto y final aquel conflicto de cadenas; se levantó, percatándose de lo entumecidas que tenía las piernas después de haber estado sentada sobre ellas tanto tiempo y buscó la tijera en el cajón de los hilos que no servían más que para coser algún que otro botón revoltoso.

Volvió al sofá y cogió de nuevo el gran enredo de collares, lo miró un poco más y decidió en que punto y collar meter la tijera para cometer del mal el menos y liberar a sus colgantes de tal follón; no bastó un corte quirúrgico en el collar de seda negra, el cordón granate también rindió su Numancia a las tijeras para que todos los collares pudieran ser liberados intactos.

Colocó cada collar en su pequeña bolsita de rafia o seda -no haberlo hecho antes le había costado dos collares…- y se congratuló al ver que, tal vez, tanto el collar de seda negra como el de cordón granate pudieran ser salvados con un pequeño trabajo artesanal a la altura del lugar donde la tijera les había aplicado su ley.

Siempre había entendido la vida como un enredo pero ahora sabía que cuando ese liarse con uno mismo y con los otros se convertía en un gran enredo, no había más camino que aquel que deshacía los enredos porque cualquier otro acabaría matando a unos collares bajo el yugo de las cadenas y los nudos.

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