Ansia.

Érase una vez la historia de un ansia polisémica que decía a un tiempo y a la vez una cosa y su contraria. Un lío.

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Septiembre había amanecido sin saber si era verano o era otoño, sin atreverse a llover y también sin dejar que el sol brillara como lo había hecho en agosto, no sabía si hacer frío o calor, si oler ya a hojas secas y jardines húmedos o secar el aire con la calidez de julio; y como el tiempo no sabía cómo comportarse tampoco ella acababa de decidirse a dar su paseo matinal de los domingos ni a tumbarse en el sofá, libro en ristre, para darle a la mañana buenas letras.

Un esquivo rayo de sol se coló entre las cortinas e hizo que la calle resultara apetecible, se calzó sus zapatillas de caminar y cruzó la puerta cerrándola tras de sí antes de que el sofá la atrapara.

El parque estaba inquieto, sus árboles perennes se movían al ritmo del viento fresco de la mañana aireando así el calor acumulado entre sus hojas días atrás, mientras los de hoja caduca se preparaban para desnudarse, algunos incluso habían comenzado a hacerlo.

Se fijó en un loco bajito que no debía tener más de 8 o 9 años, estaba sentado en un banco, enfurruñado y con unos ojos todavía llorosos que delataban su disgusto; –¡no tienes ansia ninguna!– oyó que le regañaba una mujer mayor –¡verás como otro día te acuerdas de traer los juguetes!-. No le hizo falta escuchar más frases de aquella conversación para imaginarse la razón del disgusto del pequeño, no, no podía volver a casa para traer lo que quiera que hubiera olvidado.

No había caminado más que unos cuantos bancos cuando vio a un grupo de adolescentes locos de la risa ante las toses y angustias de uno de ellos; se fijó bien y enseguida se dio cuenta de que no había nada que temer, el muchacho debía haberse atragantado con alguna de las chuches que compartían y de ahí la risa general –¡te puede el ansia!– le recriminó uno de ellos al atragantado.

Continuó caminando pero ya no fue consciente de lo que sucedía a su alrededor, su capacidad de observación se ausentó de sí misma por un rato como ocurría siempre que una palabra le mostraba sus aristas y sus distintas caras.

A veces envidiaba a quienes vivían sin ansia alguna pero sólo a veces, sólo cuando a ella la ansiedad la asfixiaba, nunca antes porque el ansia era para ella una especia más con la que aliñar la receta de sus sueños; a veces olvidaba cosas e incluso las perdía, el ansia era el antídoto para sus despistes, entre los unos y el otro se equilibraban y ella navegaba rumbo a su destino a veces sin novedad y en ocasiones haciendo frente a otras tormentas.

Claro que a veces aquel equilibrio de ansia y despistes se rompía, a veces no olvidaba suficientes cosas y el ansia, sintiéndose poco útil, enredaba buscando ocupación; sonreía con sólo pensarlo porque los desequilibrios que le llegaban así la llevaban directa a las calles, a caminar como si nunca más fuera a dejar de hacerlo, el cansancio agotaba incluso al ansia y la ansiedad se evaporaba como por arte de magia.

Sin darse apenas cuenta había llegado al final del parque, dobló un sendero y comenzó a desandar el camino pensando en las diferentes ansias y ansiedades de su vida y recordó algo que sabía desde hacía tiempo y que procuraba no olvidar jamás: cuando el ansia se desboca es ansiedad, un monstruo que parece invencible hasta que te das cuenta de que no hay que luchar contra él, sino afrontar aquello que la provoca.

Sonrió con cierta sorna recordando sus tiempos de domadora de ansiedad… y despertó de sus divagaciones cuando vio al pequeño que un rato antes lloraba jugar a la pelota feliz y despreocupado, sin ansia…

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