Seis escritores magníficos que se convirtieron en ágrafos de culto.

¿Porqué algunos de los grandes escritores universales acabaron renegando de la escritura?

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Todos conocemos a los bartlebys, dice Enrique Vila-Matas. Son esos seres en los que habita una profunda negación del mundo. Esas criaturas que transitan por la imposibilidad, que permanecen en ella sin oponer resistencia. Que siguiendo el ejemplo del estrafalario escribiente de Herman Melville, merodean por su propia existencia como forasteros solitarios. De hecho, les resulta tan remota que flotan sobre ella, ignorándola. Incluso negándola. No abundan, pero existen. Apenas notamos su presencia, pero siempre dejan su huella: turbadora e indeleble.

Tal vez como estilo de vida sea algo exagerado. Pero en materia literaria, existen infinidad de autores que acabaron negando la escritura. Que tras una o varias obras excelentes, se cortaron la coleta y, como el Bartleby de Melville, colgaron en sus ilustres rincones de escritores el cartel de preferiría no hacerlo. ¿Por qué? En algunos casos, como el de Rulfo o el Salinger, los motivos son un auténtico misterio. No digamos en el de Robert Walser. El delicioso paseante suizo capaz de conmover a cualquier lector con sus solitarias caminatas literarias a través de lo cotidiano, que un día cambió la pluma por un encierro voluntario en una institución mental. Mientras que la muerte prematura truncó las brillantes carreras literarias de Emily Brontë, Margaret Mitchell o John Kennedy Toole.

Hasta el mismísimo Vila-Matas —que, por fortuna, jamás ha abandonado las letras— ha hecho de la (supuesta) imposibilidad de escribir un estilo único e impecable. Recordando su magnífico paseo por el laberinto del No(*), os propongo este elenco de escritores. Autores imprescindibles en cualquier biblioteca, que renegaron del arte que los elevó al Olimpo.

(*)Bartleby y compañía. Enrique Vila-Matas.

 

 

  • Juan Rulfo.
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    Juan Rulfo.

    Es tal vez el más célebre de este elenco de negadores de letras que, paradójicamente, nos han conquistado con ellas. Tanto como la excusa para su abandono literario, la del tío Celerino, que era el que le contaba las historias y se le murió, decía. Pero no mucho más que su Pedro Páramo. La primera y la última. Una obra maestra. Una genialidad incontestable que, según él, se liquidó en cinco meses. Cierto que previamente escribió El llano en llamas, el recopilatorio de relatos fabulosos que auguraba la inmensidad que estaba por llegar. Y después, nada más. No le dio la gana seguir y no sabremos sus motivos, pero lo cierto es que es que una sola novela le sirvió para convertirse en el ágrafo más leído del siglo XX. Y del XXI.

  • Jerome David Salinger.
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    Jerome David Salinger.

    ¿Por qué dejó de escribir J.D. Salinger? No es la única pregunta que nos hacemos acerca de este enigmático autor, solitario y esquivo con los medios. También nos fascina indagar sobre cuánto de Salinger vivía en Holden Caufield. El antihéroe adolescente que protagoniza la única novela del escritor: El guardián entre el centeno. Una obra de culto que ha marcado (y marcará) a todas las generaciones de jóvenes (y no tanto) que, desde 1951, se engancharon a sus páginas.

    Inmediatamente después del éxito, Jerome David Salinger cambió Nueva York por el campo. Jamás volvió a publicar ni a pisar el asfalto.

  • Emily Brontë.
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    Emily Brontë.

    A la quinta de los seis Brontë fue la vida la que le jugó una mala pasada. Varias, mejor dicho. La primera, nacer mujer en un tiempo donde la casa y los hijos eran las únicas funciones que se consideraban apropiadas. Tampoco la genética fue generosa. Descendiente de una saga familiar delicada de salud —su madre, su tía, sus hermanas María y Elizabeth murieron de tuberculosis— su vida se truncó a los treinta recién cumplidos. Justo dos años después de la publicación de Cumbres Borrascosas. La única novela de Emily —un clásico de la literatura inglesa— que en su día desconcertó a la crítica por su innovadora estructura y su exquisita prosa.

  • John Kennedy Toole.
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    John Kennedy Toole.

    John Kennedy Toole era un genio. Y su única obra, La conjura de los necios, una obra maestra. Una novela esencial en cualquier estantería, que el escritor no tuvo la fortuna de ver publicada. Fue su madre quien no descansó hasta ver cumplido el sueño de Toole, once años después de su suicidio.

    Porque John Kennedy Toole, aunque suene a topicazo, también fue una víctima. Un hombre desencantado con la sociedad, con la clase media, cuya crítica mordaz refleja en su extraordinaria novela. Una obra que merece estar en el Olimpo literario no sólo por su calidad, originalidad, hilaridad y las grandes pinceladas filosóficas existencialistas que pueblan sus páginas. También por su argumento, los personajes, la evolución de la trama.

  • Margaret Mitchell.
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    Margaret Mitchell.

    Uno de los libros más vendidos de la historia y no sólo por la mítica adaptación que llevó al cine Lo que el viento se llevó. Ya antes, la maestría de su autora y un galardón tan prestigioso como el Pullitzer lo habían convertido en el icono de la cultura popular norteamericana. Margaret Mitchell era periodista y, además, una de las primeras mujeres en la historia que tuvo columna propia en un periódico de tirada nacional.

    Se encontraba en pleno proceso de recuperación de una lesión en el tobillo cuando comenzó a escribir su única novela, que terminó diez años después, tanto por la envergadura de la misma como por la época histórica en la que se desarrolla.

    Dicen sus biógrafos que Scarlett O’Hara era casi un clon de Mitchell y que la historia de la familia georgiana de ficción nació de sus propias experiencias sureñas. Sin embargo, la brillante carrera periodística y literaria de la escritora también se la llevó el viento una calurosa tarde de agosto, arrollada por un conductor de taxi cuando cruzaba la intersección de Peachtree (Atlanta).

  • Robert Walser.
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    Robert Walser.

    Si he dejado a Walser para el final, es por las peculiaridades que salpicaron su vida. Incluso su muerte. Porque el apacible escritor suizo que prefería ser olvidado sabía que escribir que no se puede escribir, también es escribir. Vale. Eso no lo dijo él. Fue Vila-Matas. Pero, en cualquier caso, la obra de Walser es una de esas “obligatorias”. Por su maestría, por su sencillez, por la poesía que destila cada una de sus frases. ¿Qué nos cuenta? Nada importante. Nada exaltado. Nada extraordinario. Nos habla de librerías, de caminos solitarios, de paseantes perdidos, de días soleados y paisajes nevados, de la inconsistencia de la vida… Un placer infinito.

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