Zucuzucu.

Así describía mi padre el empeño en los primeros acordes de mi guitarra, algo parecido a un rock and roll ...

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Así describía mi padre el empeño en los primeros acordes de mi guitarra, algo parecido a un rock and roll con el que días tras días, semanas, martiricé a la familia allá por tercero de BUP, cuando aun existía el Bachiller Unificado Polivalente. Aprender aquellas cuatro notas me acercaba a Elvis, a aquel ídolo del que mi madre conservaba una colección de vinilos, singles casi todos. Con el tiempo aprendí a defenderme de algún modo con la guitarra, lo suficiente, pero para sobrepasar los primeros sonidos de las cuerdas superiores debieron pasar meses. Pobres.

Por supuesto, de aquel zucuzucu quería ya saltar a la fama, compuse mis primeras tres canciones -de desamor, claro, para que tuvieran su «aquel«- y reuní un grupo con un amigo y un par de compañeros. A falta de batería, Santi aporreaba guías telefónicas y otra guitarra española hacía las veces de bajo. Ensayábamos en el salón de casa en los tiempos que deberían haber sido de estudio.  La mejor, digamos, de las tres canciones estaba a medias; dos párrafos, un estribillo y un párrafo repetido para terminar en tanto que escribíamos el último que nunca llegaría a escribirse.

En aquel tercero de Bachiller teníamos una maría: EATP (Educación Artística Técnica y Plástica, creo recordar). Nuestro profesor en aquel centro privado de enseñanza era arquitecto. Y pintor. O pintor aunque arquitecto. Aquella asignatura en aquel curso estaba dedicada al diseño: tipografía, color, composición… la preclara visión de aquel hombre le llevó a suspenderme. Me suspendió el primer trimestre, y el segundo. Era tercero de BUP y yo terminé por aprobar por los pelos y por convencerme de que el diseño, aunque me gustaba, no era algo de lo que el día de mañana pudiera vivir. Así, aquel año, tomé la decisión de estudiar Filología Inglesa.

El zucuzucu sin embargo si que había dado resultado. Tocamos aquella canción a medio acabar en la fiesta de fin de curso con una batería de verdad, una guitarra eléctrica y un bajo prestados. Y gustó. Aplausos, felicitaciones…  un momento de gloria para mi rebelión contra esa sabiduría paterna que nos apuntaba las palabras de Sertillanges: «el genio es una larga paciencia«, y reforzaba mi convicción de que el trayecto desde los primeros compases hasta el éxito requería más pasión que esfuerzo. Lo cierto es que tampoco habíamos ensayado tanto y que aquellas canciones gustaron, creo hoy, porque lo que nos precedía en aquel concierto era heavy gritón en un colegio de niños bien. Éxito en todo caso, lo consideramos.

En tercero de BUP, si me hubieran preguntado, hubiera dado algo por mi futuro en la música. Sí. Así creía que sería. Ahí estaban todas las pruebas. Y aunque me hubieran jurado sobre la Síndone de Turín la carrera que empezaría un año medio después, finalizado COU, no lo hubiera creído. Afortunadamente, casi matriculado en aquella filología alguien me descubrió la Escuela de Arte de Oviedo. Y el diseño, el de verdad. En aquella Escuela comenzaría a comprender a Sertillanges, y a mi padre.

Conservo mi guitarra, aquella misma. El otro día el chico que vino a hacer la revisión de la caldera me preguntó si la tocaba, recordé el zucuzucu y reconocí el tiempo que hacía que no y que en realidad nunca había pasado del More than Words. Recordé que un día quise ser tan famoso como Elvis, pero no recordé para qué. Y vete tú a saber por qué me acordé también de aquel profesor, el arquitecto-pintor que me suspendió en diseño.

Life looks good.

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