Parusía.

Mi primer fin del mundo se sucedió sin trompetas, sin plagas, sin demasiados aspavientos.

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Mi primer fin del mundo se sucedió sin trompetas, sin plagas, sin demasiados aspavientos. Sencillo, como acaban siendo en última instancia los finales. Y como cualquier fin del mundo dejó tras de sí un eco, un murmullo.

El primer fin del mundo de tu vida te pilla siempre revirado. Y los siguientes, porque nunca se está preparado y se vive más cómodo en la creencia de la inmutabilidad. Pero la primera vez es íntimamente dolorosa. Su murmullo permanece a tu lado por las vidas de las vidas.

Mi tercer fin del mundo pudo ser ayer pero fué una tarde de un lunes de hace doce años. Y el siguiente, si no cuento mal, hace seis una mañana o una tarde de un día cualquiera, que no por obligación tienen que ser un lunes. Un fin del mundo responde a tantas fuerzas que nunca sabe uno cuando se desencadena, ni cuando acaba, ni dónde empieza, ni por qué y aunque redunde, no es posible predecir su final, porque se muere lentamente en su propio eco sostenido y eso, amen de su naturaleza, es lo único común de los finales. Y finales hay muchos.

Hay finales que se solapan, finales que se secuencian, espasmódicos, interruptus, finales que se anuncian y no llegan nunca, finales que ni llegan ni se anuncian aunque se les espera, finales que se anuncian de la que se presentan o de la que se van, finales realmente inesparados, finales repudiados, finales ninguneados, finales con pompa, finales discretos e incluso finales cursis, que es el colmo de lo snob de un morirse y hacerse un fade a rosa en vez de a negro como el resto. En cualquier parte y en cualquier momento se desencadena un final. Y todos se abandonan a sus propios ecos, en lo común, en lo íntimo, la vibración que nos sostiene,  argamasa para este delicado puzle.

Del morir y morir matando que es un fin del mundo, del destruir, eliminar, borrar, regenerar, reconstruir, se suele quedar uno con el recuerdo, por eso duele. Pero si se le quitan los caprichos y los apegos, la verdad -entre nosotros-, un fin del mundo de vez en cuando resulta necesario y satisface. Y alguno resulta incluso divertido, pero esto se sabe después, con la suma de unos cuantos, que el primero, ese cuyo eco resuena más fuerte y más profundo que el del resto, ese duele; al fin y al cabo es el que cimienta al resto, aunque se siente como pago y castigo a los pecados de palabra, obra y omisión gracias a ese nuestro ego de humanos por el que todo parece suceder por nosotros. Y los finales, la mayoría inevitables, van a sus ritmos y tiene sus propias normas.

Y es emocionante, se le coge gusto al no saber dónde se desencadena el próximo fin del mundo, a la emoción de ver el siguiente, lo que hay después, el por venir. A mi al menos así me pasa, porque esto, lo que somos, lo que es ahora, ya más o menos lo he vivido.

life looks good … una y otra vez.

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