Utopía.

Érase una vez la historia de Giorgino, un ratón liante que logró convencer de una utopía a un par de jóvenes ratones coloraos, Myjailo y Adelaida ¿cómo ocurrió? te lo contamos a continuación...

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La casa estaba ya en absoluto silencio, sólo se colaba una luz tenue y lejana por la puerta entreabierta, probablemente porque alguien estaría alargando el domingo leyendo en la cama pero nada más, su compañero de habitación, un niño perezoso y remolón, dormía ya a pierna suelta; Giorgino se desperezó y estiró sus cuatro patitas, se acercó a su bebedero y, después de refrescarse, decidió empezar su día (que era la noche para su dueño humano) haciendo un poco de gimnasia en su rueda.

Mientras Giorgino corría y corría en su rueda sin que nada en su jaula se moviera, la tenue y lejana luz se apagó y el pequeño hamster notó que algo se movía tras la cortina de la habitación; sabía lo que era, o mejor dicho, quiénes eran…

Myjailo y Adelaida, dos ratones coloraos más pequeños y más feos que el elegante Giorgino, salían cada noche de aquel rincón y recorrían la casa hasta llegar a la cocina para hacerse con algún resto de comida, Giorgino los observaba cada día con cierta envida, no porque él viviese mal ¡vivía como un rey! sino porque ellos parecían ir y venir a su antojo y no tenían que aguantar los magreos que a él le propinaba su dueño cuando se aburría de la PlayStation.

Aquel día parecía que Myjailo y Adelaida se entretenían más de lo habitual entre las cortinas y Giorgino decidió acurrucarse entre sus algodones esperar para ver qué hacían; en realidad Myjailo y Adelaida discutían, como cada día últimamente, acerca de qué hacer: Adelaida quería ir a la cocina como hacían siempre porque incluso en los peores días encontraban algo que aportar a la mesa de la cena familiar pero Myjailo miraba cada día hacia la jaula de Giorgino, a su magnífico comedero y las delicias que parecía contener… Aquella noche, por primera vez, la osadía de Myjailo ganó la discusión y ambos se acercaron lenta y silenciosamente a la jaula sin darse cuenta de que Giorgino los seguía con la mirada.

Myjailo y Adelaida no daban crédito a lo que veían sus ojos cuando llegaron a la altura del comedero, estaba lleno de pipas de calabaza mezcladas con trozos de manzana y zanahoria ¡un manjar!; estaban a punto de colar sus patitas entre los barrotes para robar algún pedacito de aquellas delicias cuando el rostro serio de Giorgino se elevó sobre el comedero… Myjailo y Adelaida se quedaron paralizados de miedo pero Giorgino sonrió.

A partir de entonces Myjailo y Adelaida visitaban a Giorgino cada noche y éste compartía con ellos su comida y le escuchaban con suma atención porque Giorgino no era un ratón colorao común ¡era un hamster! no sólo era más bello que ellos, también era más listo, era un ratón instruído por los humanos que eran algo así como dioses o cuando menos seres superiores para los ratones coloraos.

Al principio los padres de Myjailo y Adelaida estaban encantados con las viandas que sus hijos aportaban a la mesa de la cena cada noche, no sólo eran bocados deliciosos sino frescos y variados ¡qué bien trataban los humanos a Giorgino y qué amable él compartiendo su fortuna!!. Pero poco a poco las cosas fueron cambiando…

Myjailo y Adelaida comenzaron a decir cosas que sorprendían a sus padres, que los incomodaban y preocupaba y, al darse cuenta de que todo cuanto decían provenía de Giorgino, comenzaron a detestar al pequeño, bello y generoso hamster que por entonces les parecía ya un liante de cuidado.

Myjailo y Adelaida se negaban a buscar comida en la cocina como antes y desde luego no estaban dispuestos a acompañar sus padres al cierre de los mercados, consideraban todo eso sobras indecentes, comida de esclavos y ellos no eran tal cosa ¡eran libres!

¡Libres de morirse de hambre si no sabían conseguir comida sin molestar a los humanos! solía gritarles su padre, su madre les habló incluso del campo, si querían vivir libres y lejos de los humanos, buscando la comida en la naturaleza podían hacerlo, ellos habían dejado aquella vida atrás pero si a sus retoños les motivaba más aquel modo de vida estaban dispuestos a aceptarlo; lo que no aceptaban, en modo alguno, era que pensaran que podían coger la comida de los humanos sin consecuencias… Su padre se sentía especialmente culpable por haberles permitido aceptar la comida de Giorgino, se había equivocado, había pensado que la compañía de sus hijos haría más llevadera vida al pobre ratón enjaulado pero lo cierto es que desde su jaula de Oro había llenado la cabeza de sus hijos de locuras, les había hecho creer en una utopía irrealizable ¿vivir juntos, en armonía e igualdad hombres y ratones? ¡dónde se había visto eso!.

Adelaida y Myjailo saltaban como resortes cuando la discusión llegaba a ese punto y ponían como ejemplo a Giorgino… entonces era su madre quien enmudecía de horror ¿cómo habían llegado sus hijos, ratones coloraos libres e independientes, llegado a pensar que la vida en aquella jaula de oro en la que Giorgino estaba encerrado era una muestra de respeto de los humanos? ¡si no era más que su mascota, su entretenimiento, su muñeco! ¡un juguete!.

¿Qué hemos hecho mal? se preguntaban muertos de preocupación cada noche los padres de Myjailo y Adelaida ¿cómo es posible que nuestros hijos valoren tan poco su libertad y se les ocurra tan poco bueno y tanto error que hacer con ella? Giorgino, concluían siempre ¡en mala hora se habían acercado a aquel liante! ¡en mala hora habían aceptado sus viandas!.

Llegó el día en el que los padres de Myjailo y Adelaida decidieron dejar de discutir y prohibieron en su mesa de la cena cualquier manjar llegado de la jaula de Giorgino, el par de jóvenes ratones coloraos no daba crédito y corrieron a lamentar la falta de criterio de sus padres junto a su amigo y mentor el encantador Giorgino…

Giorgino no podía estar más contento, Myjailo y Adelaida no sólo comían de su mano (y de su comedero) sino que estaban ya rendidos a su inteligencia, estaban de hecho a su merced, podía moverlos a su antojo como si fuesen peones de ajedrez y vio claro que había llegado su momento, ya estaba bien de tanta fruta y verdura, quería un trozo de queso como el que merendaba cada tarde su egoísta dueño que, por más que lo veía observarlo con las patatitas agarradas a los barrotes, no le daba ni un pedacito minúsculo… Convenció a Myjailo y Adelaida de que lo que debían hacer era robar el queso de la quesera que estaba sobre la mesa de la cocina (la había visto más de una vez encaramado en la cabeza de su dueño cuando éste trataba de asustar a su madre) y, para que se decidieran, no dudó en decirles que, en cuanto lo consiguieran, planearían su huída, la de los tres, porque ellos tres juntos iban a cambiar el mundo…

Los vio caminar lentamente hacia la cocina y se acomodó en sus algodones, estaba encantado, ya tenía patas fuera de la jaula sin tener para ello que jugarse su trasero, él no pensaba salir en modo alguno de aquel encierro impuesto por los humanos, como le había dicho su madre en la tienda de animales en la que había nacido, en la calle hacía mucho frío… no quería ser libre para morirse de hambre, sólo quería un poco de queso.

A partir de aquella noche todo cambió… Myjailo y Adelaida lograron robar un poco de queso y la alegría de los tres ratones degustándolo fue mayúscula pero duró poco; durante los días siguientes las cosas se fueron complicando, ante la evidencia de que había ratones en la casa los humanos comenzaron a poner trampas y venenos varios que Myjailo y Adelaida se cuidaban de tocar, se escondían tras la cortina y esperaban la señal de Giorgino para huir pero cada vez que lo sacaban de su jaula él los miraba y hacía un gesto negativo, todavía no era el momento… ¿cuando lo será? se preguntaban Myjailo y Adelaida ya impacientes, sintiéndose cada vez más acosados por los humanos que los buscaban incansablemente…

La desesperación de los humanos era tal que optaron por dejar su casa unos días y que fueran los de extinción de plagas los que se hicieran cargo de la limpieza… Los padres de Myjailo y Adelaida hicieron las maletas con gran pesar ¡con lo que les había costado llegar a vivir en una bonita casa de ciudad llegando como habían llegado del campo con una mano delante y otra detrás! ahora se irían a las alcantarillas y a saber lo que tardarían en encontrar un nuevo hogar, tal vez ni siquiera lo lograrían…

¿Irnos? ¡ni de broma! gritaban Myjailo y Adelaida a sus padres, le habían prometido a Giorgino defender su hogar y lo harían ¡era su casa! ¡no podían echarlos!. Su padre no tenía voz ya para gritarles, no podía convencerlos y tampoco podía obligarlos a ir con ellos, no sabía que hacer más que ver cómo sus hijos morían por nada; su madre pensaba lo mismo pero el camino de sus pensamientos era más crudo y habló: era nuestra casa pero ya no lo es, lo era porque humanos y ratones compartimos hogares siempre que ellos no sepan de nosotros pero habéis roto esa norma porque un ratón así os lo ha pedido desde su jaula de oro, ahora él está a salvo esperando el momento de voler a su casa y nosotros tenemos que irnos a las alcantarillas… os mintió ¡asumidlo y espabilad de una vez! o no tendréis ni siquiera la oportunidad de rehacer vuestra vida, moriréis aquí por un necio mentiroso que ha comprado vuestra voluntad con trozos de manzana y zanahoria.

Se hizo el silencio, su madre nunca les había hablado así; Myjailo la miró con desprecio y le dijo que aquella seguía siendo la casa de Giorgino y por tanto también suya, él no iría a ninguna parte; ¿crees que Giorgino te ha hecho inmune al veneno con el que rociarán toda la casa? eres todavía más idiota de lo que parecías… respondió su padre con una dureza inaudita en él.

Los padres cogieron sus pequeñas maletas y caminaron hacia la puerta sin mirar atrás, sin saber si aquella casa sería la tumba de sus hijos o si, de algún modo, se darían cuenta de la terrible trampa en la que habían caído, la que les había tendido Giorgino desde su jaula de Oro.

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