Time.

Érase una vez la historia de una frase que no decía apenas nada diciéndolo, en realidad, todo: It's the Time. Es el momento.

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It’s the time. Es el momento.

Ya. Ahora.

Nunca después. Jamás mañana.

Llegó la hora, porque en realidad la hora siempre estuvo allí.

Cuando me jubile, en vacaciones, el fin de semana, cuando tenga tiempo, cuando pueda… Se miró las uñas hechas cisco tras su recaída en el triste hábito de mordérselas y dejó de listar frases trampa, dejó de recordar todas y cada una de las frases excusa que se convertían cada día en el lastre que arrastraba el mundo aun sin saberlo; sonrió con toda la estupefacción que podía mostrar su cara porque aquel día había comprendido que aquello de ‘no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy‘ no era un mantra de las almas más trabajadoras, era un aviso a navegantes, el pasado ya fue y el mañana no ha llegado, solo tienes el hoy, el ahora, sólo somos el hoy, el ahora.

Decide. Elige. Renuncia.

Ahí estaba el Santo Grial que ahora veía con total claridad. Había que elegir y cada elección suponía un carro de renuncias por eso era tan difícil decidir… Claro que con los años había aprendido que cada elección no solo suponía renuncias, también abría nuevas ventanas y, curiosamente, algunas de las cosas a las que había renunciado en el pasado, oportunidades que creía perdidas para siempre, volvían como había vuelto ella a morderse las uñas.

Equivocarse.

Había perdido la cuenta de las veces que se había equivocado pero, curiosamente, no lamentaba ni uno solo de sus errores porque cada uno de ellos, siendo un fracaso en sí mismo, le había abierto nuevas oportunidades, oportunidades inesperadas, sorprendentes, únicas… a las que nunca hubiera llegado sin el despropósito de sus errores.

¿Y entonces?

Entonces comprendió un consejo que le habían dado hacía más de 20 años: ¿quieres irte? Adelante. Pero deja la mochila aquí porque si te vas con ella a cuestas al final será como si nunca te hubieras ido. No recordaba las palabras exactas pero si el sentido último de cada una de ellas, el problema es que nunca había sido tan decidida, tan valiente ni de mente tan razonable y clara como pensaban; así se vestía cada día, escondiendo sus múltiples debilidades en un cajón y proyectando de sí misma más lo que le gustaría ser que lo que era… Y no había sido mala idea, no había sido un error. El error vino después. Cuando olvidó que en algún momento tendría que transformarse en lo que quería ser, no solo jugar a serlo, cuando olvidó quitarse la mochila.

¿Y ahora?

Ahora aquella vieja mochila que había cargado siempre y que unas veces había sido más ligera que otras, se confundía con mochilas nuevas y con mochilas buenas, con las que uno elegía y con las que le colgaba la vida. Y retumbaba en su cabeza la frase ‘es lo que toca‘.

Pero no.

Esta vez no. No acataría los designios ajenos solo porque alguien pensara, dijera y exigiera que ‘es lo que toca’. Y empezó a hacer limpieza en el armario, a tirar algunas mochilas, aligerar otras y a pensar rápido para decidir pronto y elegir ya, para vivir hoy sin esperar a mañana y sin importar el ayer porque el ayer ya no existe y el mañana… no está garantizado.

No iba a olvidar que la vida es una y efímera, una única vida por persona que cada cual ha de ser libre de usar a su gusto y estilo. No iba a permitir que nada ni nadie le dijera ‘es lo que toca’, salvo los avatares de la propia vida, claro, y aun entonces, si podía, se haría la sorda porque, ahora sí, it’s the time, es el momento.

Ya. Ahora.

Nunca después. Jamás mañana.

Hoy.

Antes de pasar del ‘érase una vez’ al ‘colorín colorado’ sin pena ni gloria, sin tiempo.

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