Sur.

Érase una vez la historia de un niño que trataba de entender por qué el sur a veces molaba... y a veces no.

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Alonso estaba enfurruñado ¡iban a cerrar el parque otra vez! ¿qué haría él sin su tobogán y sus columpios? ¡pero si se estaba portando bien! él  y todos sus amigos: ya no se quitaban nunca la mascarilla, se lavaban las manos todo el rato con gel ‘de ese‘ que llevaban las mamás en el bolso, no se tocaban la cara y tampoco jugaban a ningún juego en el que tuvieran que tocarse, es más, incluso habían convertido en falta tocar la pelota con la mano hasta para el portero… ¡ah! tampoco iban a casa de los abuelos y solo los veían cuando salían a pasear, los saludaban de lejos haciendo aspavientos, su abuelo incluso levantaba el bastón a modo de saludo, cosa que a Alonso le hacía mucha gracia porque le recordaba un video que le había enseñado su hermano en el que se veía a un tío que decía que ‘repartía bendiciones‘ y lo que hacía era dar un capón a todo el que se le acercaba… Pero aquella mañana no tenía ganas de reir, podía ir al parque sí, pero al día siguiente era lunes, había cole y al salir no habría parque porque iban a cerrarlos otra vez.

Su padre, que vio el gesto torcido en el rostro del pequeño Alonso, le prepuso aprovechar la mañana para darse un atracón de parque antes de que lo cerraran y el niño bajó a la calle aunque no con muchas ganas, seguía enfurruñado.

El parque fue llenándose de niños que aquella mañana estaban revoltosos, alguno se bajaba la mascarilla, otro se empeñaba en jugar al pilla pilla, se tiraban unos encima de otros sobre la arena ¡pero a qué viene esto! exclamaba alguna madre sorprendida después de ver lo bien que se habían estado portando los niños hasta entonces –total qué más da– dijo uno de los pequeños –nos van a cerrar el parque hagamos lo que hagamos…-.

Para poner un poco de calma y distancia los padres fueron llamando al orden a sus polluelos, castigándolos con 5 minutos en el banquillo como si los juegos en el parque fuera un partido de fútbol y los sustituyeran del equipo titular (amenazándolos además con llevárselos de vuelta a casa), eso hizo que los niños escucharan ráfagas de las conversaciones de los adultos que, como estaban a dos cuando no a tres metros los unos de los otros, gritaban como si pensaran que los demás eran sordos.

Algo le llegó a Alonso del sur, no entendió bien lo que decían pero sí que andaban a vueltas con el sur y otra vez con el sur… –¿qué es el sur?– preguntó en cuanto le permitieron volver a unirse a los juegos –el sur mola– le respondió una niña que se columpiaba con fuerza –¡es la playa idiota!– de dijo su hermano pasando corriendo a su lado y dándole de paso un empujón –lo que no mola es ser el pequeño– refunfuñó Alonso entre dientes –¡verás cuando crezca!.

Si el sur era la playa molaba ¡vaya si molaba! a él le encantaba la playa, eran grande y el mar tenía olas muy divertidas, además le habían prometido que el año siguiente le dejarían apuntarse a la escuela de surf ¡no veía el momento!.

Lo que mola es el norte– dijo un niño que escalaba por la cuerda enrejada que llevaba al tobogán –es donde trabaja mi madre y mola porque… bueno no sé por qué pero mola, lo malo es que hay atasco para ir– el hermano de Alonso se rió del pequeño escalador y añadió –buah! ese norte mola porque ahí están los aviones-.

Alonso, tras aquellos comentarios, tenía un lío en su cabeza más gordo que cuando preguntó qué era el sur y, ya en casa, le preguntó a su madre, que era siempre muy ‘explicativa‘; su madre le habló de los cuatro puntos cardinales y la conversación, a la que se sumaron su padre y su hermano, evolucionó de la forma más peregrina… –¿y por qué se dice que alguien ha perdido el norte?– preguntó su hermano –significa que alguien ha perdido la cabeza, que se le ha ido la pinza– Alonso se quedó pensativo –¿y el que pierde el sur no pierde la cabeza? cuando estamos en la playa siempre decís que el viento vuelve loca a la gente…-.

Viendo la cara de despiste que mantenía Alonso, su madre trató de aclararle un poco las cosas: –verás, hijo, lo que sucede es que en Madrid vive mucha gente ¡más de seis millones!, hay muchos barrios y ciudades pero las zonas más ricas están hacia el norte y las más pobres hacia el sur– el padre de Alonso dio un respingo ante una descripción tan sumamente matizable y no pudo evitar reir a mandíbula batiente cuando fue el propio Alonso quien refutó tan simple argumentación –¡venga ya! si Ricardo y Marina viven en Leganés, que cuando vamos a verlos siempre decís que vamos al sur, y tienen un chaletaco con una piscina para ellos solos y delante un parque gigantesco y la prima Olga vive en el norte, que es ahí cerca de los aviones, en un piso enano!-.

Te contaré un secreto– le dijo entonces su padre –los políticos piensan lo que ha dicho tu madre porque no se enteran de nada, son unos zoquetes, pero la verdad es que si estudias mucho y consigues tener un buen trabajo puedes vivir muy bien donde te de la gana, no hagas ni caso ¡nunca! a quienes tratan de decirte cómo eres ni cómo te tienes que sentir según el lugar en el que vives, la ropa que pones ni nada de eso, tú serás lo que a ti te de la gana ser, no lo que digan ellos…-. Alonso entendió solo a medias lo que decía su padre pero lo de ser lo que le diera la gana le sonó tan bien que dijo muy resuelto –¡pues voy a ser el que haga que los parques no se puedan cerrar nunca!– sus padres se rieron de tal ocurrencia y su hermano se burló pero Alonso respondió muy resulto –no, no sé cómo ser eso… pero todavía soy pequeño, ya se me ocurrirá algo-.

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