Stop.

Aprendió a decir 'hasta aquí', 'basta ya', 'stop' cuando comprendió que la perseverancia podía convertirse en su enemigo.

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Sonreía mientras removía su café, lo hacía con media sonrisa nada más, en un rictus extraño propio de quien tiene sólo cierta seguridad y sólo cierta alegría… en el fondo, pensó, todos reímos sólo con media sonrisa.

La vida le había enseñado que la perseverancia sirve, que el desempeño se diluía como el azúcar en el café sino iba a compañado de cierto empeño pero con el paso del tiempo y los empeños había descubierto que no podían lucharse todos los sueños, que no había alma que soportara todas las batallas y que a veces la perseverancia podía convertirse en su peor enemigo. Porque insistir es bueno, salvo cuando se insiste en el error.

Claro que la vida no era cosa sencilla y no siempre resultaba fácil saber cuáles eran los empeños buenos y cuáles los errores, es más, en ocasiones sucedía que lo era un día un empeño bueno, por los avatares del mundo y sus gentes, se convertían otro día en el mayor de los errores. No sólo eran los hechos, ni tan siquiera los deshechos, también sus tiempos. Pero no importaba, ese era el juego, elegir, apostar, intentar, pelear… y rendirse cuando resultase lo más conveniente. Todo es relativo, escribió, e incluso a la rendición le llega su momento.

El domingo había amanecido con un sol de justicia castigando el suelo, el calor era asfixiante y decidió que la suya no sería una mañana de paseo. Se preparó un baño tibio para sobrellevar el calor, encendió además las velas aromáticas y dejó el libro al alcance de sus manos. Cerró los ojos y disfrutó unos minutos de la sensación del agua sobre su piel dejando que su mente volviera al camino por el que había llegado al baño.

Ya no sentía el vértigo de antaño, recordó como tiempo atrás cada decisión era un mundo porque, además de que todas le parecían importantes, en un equivocado pensamiento lineal, las veía siempre como decisiones sin retorno; sabía que algunas lo eran pero también sabía que la vida era como una caja de bombones… y quería el de licor.

¿Qué vas a hacer?- se preguntó y la respuesta sonó en su cabeza como si la hubiese pronunciado nada-. Y es que había  momentos que eran para hacer nada, para ponerle un stop blanco sobre rojo a la vida, para parar su mundo y bajarse sin temor a perder su tren; sin miedos ni dudas, sin mil preguntas sin respuesta, sólo con la certeza de que la vida merece también un descanso, un empeño relajado y algún que otro sueño imposible y otro roto… ¿y qué importaba? nada. No importaba nada porque por una vez iba a hacer nada, a quedarse mirando al horizonte y a dejar que las cosas pasaran… o no.

Y si por el camino de su nada se rompían algunos sueños ya habría tiempo de llorarlos… y de construir otros nuevos.

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