Soliña.

Erase una vez la historia de una niña de verdad que se sentía soliña en un mundo de mentiras.

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Era 1 de enero y hacía un frío de mil demonios, además llovía y amenazaba nieve a partir de media tarde. María miraba la ropa que su madre le había dejado preparada en el sillón de su habitación. Respiró profundamente, se llevó las manos a la cabeza y contuvo las lágrimas ¿hasta cuándo tendría que vestirse de rosa? ¡detestaba ese color! era ñoño, aburrido, empalagoso… y era el favorito de su madre. A sus 10 años se mostraba beligerante con la paleta de color materna pero hasta el momento perdía siempre la batalla. Se vistió, se sintió como una figurita del belén o como una muñeca de porcelana y se dispuso a soportar los besos, abrazos, achuchones y apretones de mofletes típicos de la primera comida familiar del año. A su abuela le encantaría aquel vestido rosa con falda de tul y sería el hazmereír de sus primas una vez más. ¡Santa paciencia! pensó la pequeña.

Terminadas las fiestas navideñas tocaba voler al cole, era miércoles y sobre el sillón del infierno (así llamaba María al sillón que ocupaba un rincón de su cuarto y sobre el que su madre le dejaba preparada la ropa del día siguiente cada noche) estaba su uniforme escolar. A sus 10 años entendía que era cómodo para los padres y útil para los profes, no había distinciones de qué marca vestías tú o el otro pero eso de vestirse todos igual era algo que detestaba, lo detestaba doblemente porque, a pesar de que en el cole permitían que las eligieran uniforme de falda o pantalón, su madre seguía empeñada en la dichosa falda de tabla porque era incómoda a rabiar para jugar en el patio. ¡Santa paciencia! pensó de nuevo María.

¿Y por qué había que disfrazarse en carnaval? Una nueva batalla materno filial a la vista… María detestaba los disfrazes, bastante se disfrazaba ya con el uniforme y con algunos de los modelos que su madre le obligaba a ponerse especialmente en los días de fiesta como para tener que seguir haciéndolo en los días locos como los de carnaval… El colmo de los colmos llegó cuando vio su disfraz ¡ale! ahora de dama antigua. Ya no sabía si reirse o llorar. ¡Santa paciencia!

Había una manifestación… sus padres y sus hermanos la esperaban en el vestíbulos, todos ataviados con banderas; se sentía como la oveja negra de la familia, no tenía ningún deseo de salir a la calle a manifestarse no sabía a favor ni en contra de qué, además la gente que iba a esas manifestaciones (no era la primera vez que la obligaban a ir) tenía cara de mala uva, estaban enfadados con el mundo y ella no, ella sólo estaba a la gresca con su madre y sus manías de fondo de armario.

Y ahora la comunión ¡la suya!. No tenía problemas con la comunión en sí, era curiosa e incrédula por naturaleza pero ahora que ya había perdido la fe, a fuerza de realidad, en el ratón Pérez, en Papá Noel y en los Reyes Magos, no estaba dispuesta a mirar al cielo y ver sólo azul y nubes blancas o grises, le encantaba fantasear con la idea de que las nubes eran el campo de juego de los angelitos del cielo, angelitos entre los que estaba su hermano mayor; por eso le encantaban los días nublados, miraba al cielo y sonreía imaginando la carita de su hermano sonriéndole de vuelta. Pero aquel era un luminoso día de mayo, las nubes debían estar en otro rincón del planeta, ella estaba sola y su madre pretendía que hiciera la comunión con aquel traje blanco, largo, incómodo… ¡feo!. Decidió volver a recurrir a su ¡santa paciencia! porque su madre estaba nerviosa con todos los preparativos de aquel día especial y la hostia sagrada era la única que tenía intención de llevarse al cuerpo aquella tarde.

Lo de la boda de su prima Ana ya era el colmo ¿otro vestido rosa? -¡mamá!- gritó con rendida desesperación… la negociación fue dura y no hubo forma de convencer a su madre de que aquel vestido era impropio de una niña de 10 años pero algo, al menos, consiguió: podía llevar ropa para cambiarse tras la ceremonia; lo sintió como una pequeña victoria aunque en realidad no era tal cosa, su madre ya le había preparado la ropa de cambio, había zona de juegos en el restaurante donde se celebraría el banquete y su hermana ya le había advertido de la necesidad de que los niños llevasen ropa cómoda. Se puso el espantoso vestido, se negó a mirarse al espejo y recurrió a su ¡santa paciencia! para soportar la sesión de fotos familiares.

Lo de halloween ya era demasiado, si no le gustaba disfrazarse en carnaval en halloween menos porque no le gustaba la fiesta ni un poco, se asustaba ante tantos disfraces horribles, ante calabazas terroríficas, fantasmas de medio pelo y esqueletos gordos, las brujas eran las únicas que despertaban en ella cierta simpatía y su madre, que lo sabía, había reservado el disfraz del año anterior. Se lo puso sin rechistar mucho, soñando con preparar un conjunto por el que todo el que la asustara se convirtiera en estatua de sal.

Fue un 26 de diciembre cuando María se sentó en el suelo de un rincón de su habitación abrazada a su peluche favorito y con el libro que le habían regalado por Navidad en sus manos; su madre entró en la habitación tarareando un villancico y se paró unos segundos mirándola soprendida… Los niños estaban en la calle jugando con sus juguetes nuevos pero María no, ella estaba allí, soliña en su habitación, mirando a su madre de reojo y temiendo su reacción ¿la obligaría de nuevo a vestirse de alguno de aquellos modos extraños que tanto le gustaban y a salir a la calle con los demás niños? no quería, no podía… porque así es como se queda siempre la verdad cuando la decoran y rededoran, cuando tratan de desdibujarla y atenuarla, cuando la disfrazan, cuando intentan ocultarla, cuando la mezclan con mentiras, se queda soliña en un rincón esperando que un alma valiente la enarbole sin disfraz alguno… pero hay que ser muy valiente y tener madera de líder para eso ¿sería algún día así la pequeña María? su madre continuaba mirándola desde la puerta, sabía que la respuesta a aquella pregunta era un sí y se debatía entre el orgullo y el miedo, era mucho más fácil vivir con el rebaño, dejarse llevar por las corrientes dominantes, ser políticamente correcto y no meterse en líos pero para María no era una elección, ella era la verdad desnuda, no sabía ni podía ser otra cosa y sólo cuando creciera lo suficiente para comprenderlo se daría cuenta de que no tenía por qué estar tan soliña…

Aquel día su madre decidió darle un respiro y demostrarle que no estaba soliña, que no tenía por qué estarlo si no quería: le propuso ir juntas de compras, le dejaría comprarse la ropa que quisiera y estrenarla aquella misma tarde y merendarían en su chocolatería preferida, María sonrió alividaba y feliz, aquel era, sin duda, el mejor regalo de Navidad, un regalo que sólo su madre, que era al fin y al cabo la que mandaba, podía hacerle.

La verdad siempre está ahí fuera, aunque a veces la dejemos soliña, nunca desaparece, nunca se borra, no se desdibuja por más que la manipulen y oculten, por mucho que mientan, por más que escriban esas mentiras en los libros o en los medios, la verdad siempre está ahí… esperándonos.

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