Ramón.

Ramón era el más viejo de la familia... y el único que sabía que quejarse y ser feliz no eran, ni podian ser, la misma cosa.

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Ramón era el vecino más viejo del pueblo. Era tan viejo que había dejado de contar los años. No sabía cuántos tenía ni le importaba. Cuando sus nietos le preguntaban y se ofrecían a revisar su DNI para expresar en un solo número, que cabe fuera ya de tres dígitos, cuán viejo era, siempre respondía lo mismo –¿dice ahí cuántos años tengo por delante? Los que tengo por detrás ya no me importan…-.

Cuando llegaba el verano Ramón comenzaba a vivir como sus gallinas. Se levantaba muy pronto y se sentaba en el banco viejo que había junto a la puerta de su casa. Allí echaba el rato hasta que veía salir el sol por detrás del tejado de su vecino, entonces recogía el periódico viejo que siempre llevaba consigo y se escondía en casa hasta que el sol hacía lo propio, esconderse, y le permitía salir un poco a la fresca.

No es que Ramón durmiese poco, es que dormía a destiempo. Sus siestas eran épicas, casi tanto como sus ronquidos y su periódico, un periódico que Estaquio, el dueño de la única tienda del pueblo, le cambiaba cada domingo, no sabía si Ramón lo leía o no pero sí que echaba las horas de la mañana a vueltas con sus hojas.

Cuando llegaba el fin de semana y alguno de sus hijos lo visitaba con sus nietos (no estaba seguro de cuántos hijos tenía, mucho menos de cuántos nietos…) Ramón se inquietaba un poco pero no rompía sus rutinas, él seguía a su aire y a su ritmo y a su familia le parecía bien. Ramón no se metía con ellos ni ellos con él. Se hablaban unos días más, otros menos y a veces incluso se reían. Pero no se molestaban ni se pedían ni rendían cuentas. Además, a sus años a Ramón le gustaba más escuchar que hablar…

Escuchaba a su nuera quejarse amargamente del calor –¡esto tiene que ser el cambio climático!– decía espantada; también escuchaba a su nieta la pequeña, que era casi ya una adolescente, quejarse por ser del sexo ‘minorizado‘ (tuvo que preguntarle a su hijo qué carajo quería decir la niña con aquello del sexo minorizado); también le llegaban las quejas y lamentos de sus nietos adolescentes porque el profesor les tenía manía, a todos ellos, al menos a los dos que rondaban aquella mañana por allí, sino por supuesto hubieran sacado el curso y, ¡cómo no! Oía a su hijo quejarse de la falta de caza, del exceso de trabajo y de una ristra de cosas más…

¿Disfrutáis de algo… alguna vez?– Preguntó Ramón un día en el que decidió sumarse a los coros y danzas de las quejas y lamentos –pues claro– respondió su nuera profundamente ofendida –de muchas cosas, siempre, somos una familia muy feliz– las risas de Ramón se oyeron en medio pueblo, que las quejas y los lamentos fueran felicidad era algo con lo que no contaba.

Hubo quien pensó que había perdido la cabeza. No Eustaquio, el de la tienda, que cuando le cambió el periódico del domingo le dijo –es que ven demasiada televisión, Ramón, demasiada pantalla– Ramón cogió el periódico afirmando distraídamente con la cabeza –¡si sólo fuera la televisión, Eustaquio, si sólo fuera la televisión…!-.

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