Raíces.

Érase una vez la historia de una joven que comprendió de pronto lo que significaba tener raíces y el contrapeso inmenso en que se convertían para sus alas...

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El viejo Humberto sentía los ojos de su nieta clavados en su espalda pero logró ignorar su presencia, se ajustó las gafas sobre la punta de la nariz y volvió la vista y la atención al amasijo de piezas que yacía diseminado sobre su banco de trabajo; el reloj de cuco había dejado de hacer cú-cú y Vicenta no dejaba de mirarlo con tristeza cada tarde esperando que el pajarillo se asomara por su ventanuco como había hecho durante más años de los que lograba hacer memoria y Humberto quería sorprenderla, quería que una tarde cualquiera el pajarillo se asomara y le arrancara una sonrisa…

Su nieta se sentó junto a él sin decir palabra y el continuó concentrado en su trabajo, ella miraba sus manos gruesas manejar con suma delicadeza las piezas más pequeñas, vio también al pobre cuco tumbado sobre el banco de trabajo esperando a que el viejo Humberto arreglara el mecanismo y lo devolviera a la vida.

La joven se tocó la cabeza al tiempo que veía entrar un rayo de sol por la ventana de la bodega y decidió llevarse su pequeña jaqueca incipiente lejos de su abuelo, a ver si con un poco de suerte se la llevaba el viento que soplaba suave pero constantemente. Humberto la vio salir y la llamó para pedirle un favor… ‘piensa en lo que te he dicho mientras das un paseo ¿si?‘. Ella aceptó y dejó a su abuelo enfrascado en los pedazos del reloj de cuco.

Estaba a punto de terminar el instituto y quería irse a estudiar lejos de casa, había ganado su beca ¡podía hacerlo! pero sus padres insistían en negarse y lo peor era que había comenzado a entenderlos y eso hacía que sus ganas de alejarse fueran todavía mayores.

¿¡Acaso no tienes raíces?! bramaba su padre cuando el asunto se convertía en el tema central de la conversación ¿acaso la familia no significa nada para ti? añadía su madre poniento la puntilla al asunto; siempre que llegaban a ese punto ella callaba hasta que un día su padre puso la frontera que según él debía marcar el punto más lejano al que podría irse, un punto que se convirtió desde ese día en el lugar a flanquear cuanto antes mejor; ‘no puedes irte del país‘ dijo ¿de España? preguntó ella sabiendo que esa cuestión lo incomodaría hasta el infinito ¡nuestro país! apostilló su padre… y su madre completó la propuesta de un modo que fue para ella la rúbrica a un desencuentro que nunca dejaría ya de serlo: aunque eso no significa que no puedas luego más adelante ir de Erasmus a Italia, como querías‘.

Era hija única y siempre había pensado que sus padres no consentirían que se alejara, también sabía que la economía familiar no daba para grandes alaracas pero aquella tarde, sabiendo que contaba con la beca máxima y habiendo reconocido sus padres que no pondrían pega alguna a que se fuera de Erasmus incluso un curso entero, comprendió que el problema no era la familia, no era el dinero… era eso que sus padres llamaban raíces, el maldito arraigo.

¿Cómo hacerles comprender que ella no tenía de ‘eso’? ¿que lo único que tenía eran unas ganas inmensas de conocer el mundo? ¡de volar libre!. Su madre solía regañarla severamente y le preguntaba con un aire de superioridad que detestaba –¿acaso te crees que eres un pájaro? ¿te han crecido alas en la espalda sin que nos hayamos dado cuenta? ¡las personas no vuelan ni alto ni bajo! ¡tienen arraigo!-.

Cada día las discusiones eran más intensas y porque se acercaba la fecha de la solicitud de plaza en la universidad y a ella cada día se le hacía todo más insoportable, por eso se encerraba en sí misma tratando de huír de la presión, de los gritos, de los malos modos… pero su abuelo le había hecho una pregunta cuando, tras las voces de su madre recordándole que no era un pájaro, había corrido a esconderse en la bodega con él y con los restos del reloj de cuco.

-Sólo una pregunta, nenita… no tienes alas, ya veo pero ¿y raíces?- había mirado a sus zapatos y vuelto al trabajo sin decir una palabra más, ahora ella recorría los caminos cercanos a la casa mirándose los pies al caminar; no, pensaba, no tengo raíces, no seré un pájaro pero tampoco soy un árbol. Claro que tampoco sus padres eran árboles.

De vuelta a casa se asomó a la bodega para ver como avanzaba su abuelo en el arreglo del reloj de cuco; ya sé que no soy un árbol… pero mis padres tampoco ¿por qué hablan ellos todo el rato de raíces?.

Fue entonces cuando su abuelo abandonó por un momento el reloj de cuco, se retiró las gafas de la punta de la nariz y miró a su combativa nieta: ¿qué decirle? llevaba media vida haciénse aquella pregunta sin lograr nunca responderla del todo pero aquella niña se paracía más a él que a sus padres y merecía que al menos le dijera lo que creía haber averiguado:

Verás nenita… me encantaría tener una respuesta sencilla para eso pero me temo que no la tengo, lo que sí puedo decirte es que, ahora que soy viejo, me doy cuenta de que hay personas que aman tanto el lugar en el que nacen y la cultura en la que crecen que no queda lugar en ellas para interesarse por ninguna otra; son personas que aman tanto lo que son, admiran tanto su historia, su lengua, su literatura… que no pueden evitar sentir que no hay nada en el mundo mejor que eso aunque no conozcan nada del resto del mundo. Algunos, con el paso del tiempo, se sienten el corazón del mundo y miran a los demás como si fuesen poca cosa… (pero esa es otra historia)– suspiró profundamente pensando en los amigos que habían dejado de serlo por trifulcas identitarias…

No son árboles– continuó –pero tienen raíces, unas raíces no sé… emocionales supongo, que riegan y abonan cada día; nenita… -miró hacia la puerta temiendo que su hija o su yerno asomaran la cabeza- yo me alegro de que tú no hayas regado esas raíces, de que seas curiosa y te sientas libre, de que quieras volar… y te diré una cosa, un consejo de un viejo que te quiere: si te vas tus padres se enfadarán terriblemente contigo pero, si así lo sientes, debes irte o no se lo perdonarás jamás… ni te lo perdonarás jamás, del mismo modo que nunca te lo perdonarás si te enfadas con ellos más que un rato, deja que ellos se enfaden contigo, en realidad se enfadan consigo mismos porque no han logrado transmitirte su arraigo pero ¡qué carajo! ¡yo tampoco le transmití ese arraigo a tu madre y mírala! y míranos a tu abuela y a mi… Sé que muchos dirán que no tengo derecho a meterme en entre una hija y sus padres pero mira, nenita, tampoco nadie debe meterse entre un abuelo y su nieta ¿no? pues ya está.

Vicenta, apoyándose en su garrota y con un paquete bajo el brazo, cruzó la puerta del garaje para preguntar qué tal iba su reloj de cuco –marchando, marchando– respondió Humberto rápidamente; –¿estás lista para el carnaval?– le preguntó entonces Vicenta a su nieta –– respondió su nieta haciendo un gesto de desgana –paso, no me apetece nada-, su abuela dio un respingo –¡anda! si lo sé no paso el rato con ésto entonces!– le dijo abriendo el paquete que había traído bajo el brazo y mostrándole lo que guardaba… un disfraz de campanilla con sus alas y todo. Los tres rieron con ganas y la joven le adviertió –¡mamá te matará si se entera de lo que has hecho!– su abuela hizo un aspaviendo con la mano y añadió con tono jocoso pero con voz clara y firme –oh no te preocupes por eso, entre tu madre y yo siempre ha habido fuegos artificiales, no importan unos poco más-.

Humberto miró a su mujer y sonrió con complaciente resignación, siempre lograba expresar con un gesto cosas para las que él necesitaría casi escribir un ensayo…

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