Progresivas.

Cuando la vida progresa adecuadamente por todos los flancos... llega la hora de plantarse unas progresivas para no perderse nada.

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Progresas adecuadamente o no. Y a las puertas de los 50 progresar adecuadamente sólo puede significar una cosa: gafas progresivas. O lentillas. Al gusto del consumidor pero, en cualquier caso, un extra para recuperar la visión perdida porque para los ojos no hay colágeno ni ácido hialurónico que valga.

Allí estaba ella, sentada a la mesa y frente a sus gafas. Pensando que al ponérselas reconocía abiertamente cada uno de los cuarenta y tantos años ya vividos¿y qué? se decía –peor sería no cumplirlos…– se alegró de hacer aquella reflexión solo para sí misma porque se sintió todavía más mayor al verse hilando pensamientos en el modo, sentido y forma en que le había hecho hacerlo a su abuela.

No había opción. Podía pasear por la calle viendo menos que Pepe Leches pero conducir era impensable, tanto como ir de compras y andar jugando con la distancia máxima a la que llegaba su brazo para ver la talla de esta camiseta o el precio de aquel vestido. Era ridículo. Además ¡qué carajo! Sus gafas era bien bonitas… (gracias Carolina Herrera, pensó de nuevo para sí).

Su madre la miraba desde el sofá con cierto aire de satisfacción y dispuesta, más que nadie, a disfrutar del espectáculo; todavía recordaba cuando su hija le regañaba por no ponerse las gafas y más aún cuando comenzó a hacerlo y volvió loco al óptico porque no se adaptaba a ellas, sería porque las gafas eran demasiado progresivas para unos ojos tan conservadores, solía decirle... La venganza es plato que se sirve frío y allí estaba ella dispuesta a degustar aquel rico gazpacho de cuarentona con progresivas (sin cebolla, que un gazpacho no es una tortilla).

Claro que si la madre conocía y la hija, y lo hacía, también la hija conocía a la madre y no tenía la menor intención de darle la satisfacción que esperaba así que se levantó, se colocó frente al espejo, se puso sus gafas nuevas y miró a su madre –son monas ¿verdad?– su madre la miró con desconfianza, sabiendo que, en cierto modo, la estaba desafiando –sí que lo son– dijo –ahora a ver si te adaptas a ellas porque ya te conté…

-Sí, sí, sí- la interrumpió antes que que hilara de nuevo la historia de sus desventuras con las progresivas (unas desventuras de tal calibre que acabaron con los cristales en el cajón y su madre con gafas de lejos puestas (a veces) y gafas de cerca en el bolso y en el cajón de la cómoda); –pero para adaptarme tendré que usarlas así que me voy a dar una vuelta por la Feria del Libro ahora que veo en 4K-; lo dijo riendo, con desenvoltura y alegría, como si las gafas fueran ya parte de ella… su madre la miraba con desconfianza, sin dar crédito al desparpajo de su hija con las progresivas… y allí se quedó, sentada en el sofá y sin acabar de creerse que aquella actuación fuese nada más que eso, una actuación… algo que el –Jesús, María y José– que rezó su hija en cuanto trató de bajar las escaleras con las progresivas puestas, le habría confirmado…

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