Predestinados.

Érase una vez una historia de dolor y náufragos en busca de refugio, una historia, al fin y al cabo, de personas en busca de las oportunidades que la vida les negaba.

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Se sentó en un rincón de cubierta y observó las caras de sus nuevos compañeros de travesía, vio tristeza y dolor en algunos ojos y en todos un cansancio infinito y también miedo, pensó qué diferente era colaborar desde la distancia a hacerlo allí, en primera fila… ¿qué le esperaba aquellas personas? no tenían nada que ofrecerles, ni tan siquiera un puerto seguro, así que se limitaba a hacer lo único que sabía hacer, curar sus heridas, las físicas, y no todas…

Cerró los ojos mientras dejaba que su mente tratara de poner en orden sus emociones; el problema no era que ella no tuviera nada que ofrecerles, al fin y al cabo no era más que una médico recién licenciada que ayudaba del único modo en que podía hacerlo, el problema era que quien tenía que solucionar aquel drama tampoco sabía (o quería) hacerlo, el problema no era qué hacer con quienes eran lanzados al mar sin rumbo ni certezas en busca de un futuro, llegados a ese punto sólo había una cosa que hacer, salvar vidas y ella había jurado dedicar a ello su vida, como todo médico; el problema era cómo evitar que esas gentes fueran lanzadas al mar, era cómo evitar que esas gentes tuvieran motivos para pagar por ser lanzadas al mar… el problema estaba muy lejos de ella y, llegados a aquel punto, aquella tarde le importaba un bledo, lo único que le importaban eran sus nuevos compañeros de travesía porque, aunque apenas lograra comunicarse con ellos, para ella ya no eran migrantes ni inmigrantes, tampoco refugiados, eran, por encima de todo y de todos, personas.

Oyó su nombre, abrió los ojos y se levantó de un salto, tratando de no acusar el cansancio que arrastraba y entonces su supervisor, en perfecto inglés y con rostro serio, le confirmó que ya tenían puerto seguro en el que atracar… pero no sería en Italia ni en Malta sino a tres días de navegación, en España. Por un momento se sintió orgullosa y casi emocionada porque fuera su país el que ponía una solución sobre la mesa para los náufragos de la vida a los que el barco de Médicos sin Fronteras en el que navegaba por el Mediterráneo había recogido del mar; pero su alegría duró unos segundos, los que tardó en darse cuenta de lo imposible que resultaba aguantar tres días más de navegación para aquellas personas. A pesar de todo había cierto optimismo entre sus compañeros y se sumó a él, si había un puerto dispuesto a acogerlos encontrarían el modo de llegar a él, decidió no preocuparse ni un minuto más por ello y centrarse en lo que reamente podía hacer, cuidar de sus náufragos.

Curó heridas y regaló sonrisas, hizo juegos de manos con los niños y también pajaritas de papel y, cuando supo que dos barcos de la armada italiana les ayudarían a trasladar a sus náufragos a España, se emocionó y les sonrió a los ojos ‘no nacemos predestinados‘ pensó sin verbalizar sus ideas porque sabía que no la comprenderían ‘tampoco con las mismas dificultades ni ventajas, ni con las mismas oportunidades pero lo que cuenta no es donde te pone la vida ni lo que te da, lo que cuenta es qué haces con ello‘. Sabía que cada una de las caras rotas y cansadas que miraba callaba una historia de huída, peregrinaje y dolor, una de miedo, de sueños y de fe en un futuro mejor pero sabía también que el día que desembarcaran en puerto seguro tendrían una oportunidad, algunos la aprovecharían, otros tal vez no pero, al fin y al cabo, ¿no es eso lo que hacen los seres humanos es todos los rincones del mundo?.

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No corta el mar sino vuela

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