Piedras.

Érase una tarde de niños y piedras, cosas de niños que algún día dejarían de serlo...

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Vio a un hombre corriendo como alma que lleva el diablo y a una mujer llevándose las manos a la cabeza, en solo unos segundos armó un gran revuelo en el parque; ‘cosas de niños‘ decían algunos, ‘si es que hay que estar más pendiente‘, comentaban otros, ‘se veía venir‘, asentían los más viejos del lugar… Entonces vio a la madre que se había llevado las manos a la cabeza con un niño en brazos, un niño que no tendría más de 5 o 6 años y que lloraba como si fuese a acabarse el mundo; claro que no era para menos, tenía una brecha en una ceja que sangraba a mares y estaba terriblemente asustado ¿qué niño no lo está a la vista de la sangre?.

El padre al que había visto cruzar el parque corriendo se acercó a la mujer con el niño en brazos y se aseguró de que el pequeño tenía solo eso, una brecha en una ceja, sin daño alguno en su ojo ni cosa semejante, algo alarmante por el rojo intenso de la sangre pero nada que no solucionase un enfermero con un poco de tino y cuidado; después se dio media vuelta, se acercó a otro niño de edad similar al herido, hizo un gesto con la cabeza y ambos comenzaron a caminar alejándose del tumulto. Entonces se fijó en el niño; estaba rojo como un tomate, con los ojos entrecerrados, la boca mohína y una expresión tremendamente tensa, caminaba con los brazos caídos a ambos lados de su cuerpo pero con los puños cerrados, dando pasos cortos pero firmes y respirando con rapidez e intensidad, como si estuviese al borde de un ataque de ira. Aunque tal vez fuese al revés, tal vez el ataque de ira había sido antes y de ahí la brecha en la ceja del otro niño…

Corrían los comentarios por el parque a cuenta del incidente a pesar de que los dos niños implicados ya no estaban allí, uno estaba en el centro de salud curando su herida y el otro en casa, castigado sin salir; quienes comentaban con más naturalidad el evento eran los abuelos que acostumbraban a pasar la tarde en los bancos del parque viendo jugar a sus nietos y los que no eran sus nietos, recibiendo un soplo de vida y risa de los más pequeños; los conocían bien porque los tenían muy vistos, sabían qué niños eran los más trastos, cuales los más juguetones, quienes eran los más tímidos, los más alocados… y también sabían, antes de que sucediera, que alguno tiraría la piedra, escondería la mano y lastimaría alguien. No es mal niño, decía una mujer que no solo era vecina y del pequeño que había tirado la piedra sino que se trataba de una maestra jubilada, pero es hijo único y nieto único y cree que de puertas para fuera de su casa el mundo gira a su alrededor como ocurre de puertas para dentro.

Siguió su camino por el parque pero no se quitaba el incidente de la cabeza porque lo de las piedras volantes la incomodaba sobre manera, no tanto por las piedras en sí o por lo que no pasaba de ser un incidente infantil sino por lo que subyacía a todo ello: quien osa tirar una piedra a otro lo hace desde la convicción de su derecho a hacerlo, lo que era tanto como hablar de un sentimiento de superioridad sobre el otro ¿a santo de qué? sabía que la respuesta concreta a aquella pregunta era lo de menos, lo de más era la respuesta que siempre valía: porque el otro no se sometía al pensamiento, las órdenes, los juegos o el mandato del que, llegado el momento, tiraba la piedra; no era tanto una cuestión de agresividad o violencia, que también, como de falta de respeto al de enfrente, a sus ideas, a sus juegos, a sus pensamientos…

No, no creía que se tratara de enseñar al niño que no se tiran piedras sino de enseñarle que no tiene derecho a imponerle a otros sus juegos, de enseñarle que tan libre es otro de jugar a su antojo como de hacerlo él mismo y de que a lo que puede aspirar es a convencerlo de que su juego es mejor, jamás, nunca y bajo ningún concepto, a imponérselo; de ese modo no habría qu enseñar al niño que no se tiran piedras porque eso ni se le pasaría jamás por la cabeza ni por la mano…

Pero al hijo y nieto único solo le habían enseñado lo que era libre de hacer, no que los demás disfrutaban de la misma libertad que él y que tenía la santa obligación de respetar la libertad de los demás como de que se respetase la suya.

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