No.

'No', palabra fea donde las haya, es un vocablo que los niños se niegan a entender cuando lo reciben y, en cambio, usan con profusión. Claro que a veces, como le sucede a Rodrigo -que es el protagonista de este cuento- resulta que tienen razones.

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Rodrigo caminaba enfurruñado, con una gran mochila a su espalda y con una caja de cartón a duras penas sostenida entre sus brazos que, además, no le permitía ver donde ponía o quitaba los pies; soltó la caja en cuanto sintió el suelo convertido en arena, miró a la mujer que lo acompañaba con cierto rastro de venganza en su mirada y le dio la espalda, poniendo toda la atención en caja y también en su mochila. La mujer mantuvo el rostro serio ante la mirada del niño pero dibujó media sonrisa en su rostro aun bien no había acabado éste de darse la media vuelta.

No se puede, no se puede…– se lamentaba Rodrigo a media voz hablando consigo mismo o, más bien, echando fuera de sí los imposibles que el mundo trataba de imponerle¡los mayores sois idiotas!– por suerte para él su madre no podía entender ni palabra del breve murmullo que le llegaba de su discurso –siempre decís que no se puede, no se puede, no se puede… ¡pero es mentira! ni siquiera sabéis si se puede ¡nunca decís por qué no se puede! … ¡ni lo habéis intentado además…!– el pequeño seguía con su discreta perorata mientras comenzaba a sacar cosas de su mochila, tantas, que por un momento parecía que más que una gran mochila lo suyo era el bolso sin fondo de Mary Poppins.

No puedes llevar todo eso, no eres capaz de cargar con todo eso, eso no se puede llevar a la playa… ja! anda que no!– claro que esos noes no eran los que más le molestaban… Lo que había despertado toda la rebeldía de sus 10 años era aquello de que no se podía hacer una nave espacial de su tamaño sólo con cartón ¿¡y qué sabía su madre?! ¿¡acaso lo había intentado ella alguna vez?!.

Y además en la playa no se puede, y dónde vas con eso, y esto no es así y aquello no es así… -¡cabezota!- le había dicho… –¡y tú un ‘no’ con patas!– había respondido él; –¿has visto a algún niño haciendo construcciones de cartón en la playa?– había preguntado su madre convencida de que ese sería el final de la discusión, –no– respondió Rodrigo –¿y que no hayamos visto a nadie hacerlo significa que no se puede hacer?-. Ciertamente fue el final de la discusión porque ante una pregunta que exigía un no por respuesta seguido de una explicación que no sabía bien como hilar, la madre de Rodrigo optó por decirle que, si era capaz de llevar él todos sus bártulos de construcción a la playa, no iba ella a decir ni media palabra más. Y allí estaban, ella tomando el sol y mirando por el rabillo del ojo como el pequeño preparaba su campo de trabajo con la arena como aliada y enemiga y él vaciando su mochila y disponiéndose a recortar grandes trozos de cartulina roja que, doblados debidamente, serían las patas de su caja, es decir, de su nave espacial.

El calor apretaba y Rodrigo comenzaba a sentir unas ganas casi incontenibles de darse un chapuzón pero sabía que, si lo hacía, tendría que abandonar por el momento su trabajo de construcción, el cartón con la arena se llevaba bien pero con el agua… sería un desastre, así que pidió a su madre agua para beber y sobrellevar su cabezonería con dignidad y convicción.

Pasado un rato vio a su madre mirando hacia su construcción que era ya, a todas luces, un cohete, la caja de cartón hacía las veces de cuerpo, la cartulina roja daba patas a la base y también hacía el remate afilado en lo alto de cohete, había contado además con un trozo de papel de plata a modo de ventana. Y había demostrado a su madre que era posible hacer un cohete de cartón tan alto como él incluso en la playa.

¡A mi no me digas más eso de no se puede, no se puede eh! … ¡no podrás tú! ¡yo sí que puedo!– exclamó orgulloso y retador mirando a su madre; ella por su parte le devolvió la mirada con gesto complaciente y pensando que, ciertamente, tal vez debía medir sus noes pero convencida también de que si los noes eran alimento del empeño y el esfuerzo, tal vez aquel pequeño, que era ya casi tan alto como ella, llegaría lejos… aunque ciertamente se llevaría más de un disgusto… –eso también vas a tener que aprenderlo, querido- pensó la mujer para sí, –no siempre vas a ganar pero, si no te falla el empeño, si persistes… Sonrió de forma enigmática y le propuso a Rodrigo un merecido baño que ambos disfrutaron hasta bien avanzada la tarde.

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