Memoria.

Érase una vez la historia de una mujer con mala memoria y buenos recuerdos que veía venir de lejos a quienes trataban de convencerla de que la buena vida era en realidad la mala.

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No tenía buena memoria. Tampoco quería tenerla. Era de las que pensaba que el pasado debía ser pasto del olvido y dejar tras de sí solo un halo de lo vivido, el halo bueno. No es que renegara de sus cicatrices, ni tan siquiera pretendía ocultarlas, las untaba con aceite para que no dolieran y seguía mirando hacia delante. Pero incluso ella, con su mala memoria, recordaba algunas cosas, las importantes.

Entre lo poco que recordaba estaba su abuela, una mujer redonda y pequeña que había mirado siempre al futuro como si lo que tuvise delante fuera una empinada cuesta. Y la había subido. Sin atajos. Sin descando. Disfrutando cada paso. Peleándolo.

Su abuela había ido a la escuela el tiempo justo para aprender las cuatro reglas y para descubrir cuánto le gustaba el teatro y la poesía. Pero en su casa se comía poco y mal. Era todavía una niña cuando se dio cuenta de que ni el teatro ni la poesía daban de comer. La tierra sí.

Plantó patatas, lechugas, pimientos, tomates, cebollas, ajos, repollos… ¡fresas! era probablemente lo menos importante de cuanto había cultivado pero entre las pocas cosas que recordaba estaban las escapadas al huerto a recoger las fresas y comerlas antes incluso de llegar a casa.

Se casó y tuvo hijos. Y siguió cultivando la tierra para consumo propio y para ir bien temprano al mercado a vender su execente. Producto fresco, ecológico y de cercanía diríamos hoy. Mis patatas, decía ella. Estaba orgullosa de sus cosechas, de su trabajo, de como trabajando mano a mano con su marido habían ido juntando una peseta tras otra primero para levantar una casa, luego para levanterle a la casa un piso y luego otro. Ya de mayor vivía en el segundo piso y desde la ventana de su dormitorio veía sus tierras, por entonces ya sin cultivar. Y no lo lamentaba.

No lo lamentaba porque si había trabajado como una bestia toda su vida era para que sus hijos comenzaran a hacer su camino ya avanzado lo peor de la cuesta de la vida. Por nada del mundo hubiera querido que en su jubilación sus hijos sintieran los intensos dolores de cadera y de cervicales que ella sentía, dolores que se debían a un desgaste óseo que no era de osteoporosis sino de haber sacrificado la fortaleza de su cuerpo durante décadas trabajando la tierra. Para aquella mujer el progreso fue dar a sus hijos la educación que ella no pudo tener y con ella abrirles un mundo de oportunidades que para ella había permanecido cerrado. De hecho lo único que lamentaba, más que nada porque nunca había alcanzado a entenderlo, era que el pequeño de su prole, de todas las ingenierías que hubiera podido hacer, escogiera la agrónoma y mantuviera su vida ligada a la tierra.

No era cuestión de complejos ni vergüenzas, lo era de salud y calidad de vida; su abuela sabía cómo dolía el cuerpo tras la cosecha de las patatas año tras año, sabía cómo eran de largas las jornadas en el campo, cuánto exigía la tierra para lo que daba y como un mal temporal podía dar al traste con el trabajo de meses… y el pan de su mesa.

Y por eso mientras veía en el telediario un reportaje muy cool y muy trendy en el que una mujer con dos carreras contaba como se había ido al campo a cultivar productos ecológicos y sin pesticidas y como los vendía ella misma en el mercado, sin intermediarios, se acordaba de su abuela… y la imaginaba encendida como un demonio si acaso a ella se le hubiera ocurrido volver al pueblo a cultivar sus tierras, todavía en barbecho. Y es que también recordaba el rapapolvo que tuvo que aguantar cuando regresó a casa tras un verano en Inglaterra, trabajando… ¡cómo se le había ocurrido marcharse a trabajar en un hotel sin haber hablado con ella¡ ¡ella no había trabajado toda su vida para que sus nietos tuvieran que fregar más que su propia casa!.

Y no es que su abuela quisiera que sus hijos o sus nietos vivieran a cuerpo de rey, quería que hicieran de su vida algo más grande de lo que ella había hecho de la suya, pensaba que si tenían las cosas más fáciles para empezar, con unos buenos estudios y algo de dinero, podrían hacer cosas más importantes que las que había podido hacer ella… Y es que su abuela nunca hablaba de tener derecho a nada sino de tanto como podía y debía hacer uno con su vida, de lo absurdo que era la queja, de la importancia de olvidar lo que no tiene remedio y la mayor importancia aun de centrarse en trabajar duro para cambiar las cosas que está en nuestra mano cambiar.

Divagaba… y mientras lo hacía la agricultura con dos carreras seguía hablando en televisión y daba paso a un periodista que decía no-sé-qué de que el problema de Madrid es que todo el mundo quería vivir en una casa con piscina…

No, pensó, no somos la primera generación que vive peor que sus padres, somos la generación a la que le dicen que vive peor que sus padres para convencerla de que viva como sus abuelos…

Y se imaginó a su abuela removiéndose en su tumba.

Y, tal vez, también seamos la generación que no quiere entender que para vivir mejor que sus padres tiene que esforzarse, al menos, tanto como lo hicieron ellos.

Seguro que eso no hacía que su abuela dejase de removerse en su tumba.

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