Mamón.

Hizo falta un embarazo, un parto y un hijo para descubriera el encanto que podía llegar a atesorar un mamón...

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Allí estaba el mamón, en su cunita, durmiendo a cuerpo suelto… pero no se engañaba, sabía que era cuestión de minutos, una hora a lo sumo, para que aquella imagen idílica, preciosa y perfecta se diluyera como un azucarillo en el café, para que aquel angelito precioso sacara a paseo al demonio que debía llevar dentro y empezara a exigir lo suyo a llanto en grito.

Se sentó en la cama y miró la colección de utensilios que superpoblaban su mesilla, todos muy útiles, en teoría, y todos absolutamente inútiles dado el dolor de pezones que soportaba estoicamente cada vez que el mamón se enganchaba a sus pechos. Claro que eso era lo de menos, lo de más era aquella sensación extraña, tan ajena a sí misma, que nublaba su razón cada vez que cualquiera se acercaba al mamón. Y cualquiera incluía al padre.

Todo era natural, se decía; se lo repetía tres o cuatro veces a la hora, todo era, en concreto, naturalmente hormonal y todo sería más fácil cuando las grietas de sus pezones se curaran, cuando la cicatriz de la cesárea se cerrara, cuando el mamón ya no viviera a demanda sino a la demanda del sentido común, cuando volviera a reconocerse en el espejo…

Claro que cuando se recostaba sobre los almohadones y veía al pequeño dormir plácidamente, cuando oía su respiración tranquila y regular, sentía un placer profundo e inmenso que debía ser, pensaba, la expresión más deliciosa de la felicidad; lo malo era que el mamón no era capaz de abrir un ojo sin berrear como si no hubiera un mañana ni ella lograba que se enganchara a su pecho a la primera reduciendo los momentos de dolor. Y se dio cuenta de que la maternidad no era como había imaginado ni como se la habían contado, que era madre como tantas otras mujeres y era madre como sólo ella podía serlo porque ella no era todas las mujeres y su mamón no era los demás mamones del nido.

Oyó cerrarse la puerta del apartamento y cerró los ojos haciéndose la dormida mientras el padre de la criatura colocaba la compra y hablaba de comer tacos ¿tacos? ¡Será mamón! Pensó sin decir palabra, con sus ojos cerrados y la cabeza reposando en la almohada, venga, chile y jalapeños para aliñar la leche materna… ¿en qué momento se había decidido que era lo suyo igualar las bajas de maternidad y paternidad? ¿quién había decidido tal cosa? ¿qué igualdad era esa que la tenía a ella en la cama con dolor y temor de pezones, con una raja de lado al lado en el abdomen, con el mamón a su vera exigiendo lo suyo, que era lo de sus pezones, cada hora y media y al padre de la criatura preparando tacos en la cocina?.

Entonces el mamón empezó a llorar y ella a reir; al oir aquella combinación de risas y llanto el padre se asomó a la habitación y ella lo miró a través de las lágrimas que llenaban sus ojos, putas hormonas, dijo encogiéndose de hombros y dejando que el padre sacara al mamón de la cuna mientras ella se sentaba en el sillón para darle lo suyo; sería su experiencia o la del mamón pero aquella vez se enganchó a la primera con molestias mínimas.

No era el patriarcado ni la desigualdad, no era la lactancia materna, ni los kilos demás ni el hierro de menos, era la biología, eran las hormonas, era la realidad de la vida que, como la vida misma, se abría paso entre consignas y propaganda.

El mamón se durmió a sus pechos y ella lo metió cariñosamente en la cuna sabiendo que tenía una hora y media de tregua…

¡Sufre mamón…! comenzó a sonar por toda la casa ¡devuélveme a mi chica! ¡o te retorcerás entre polvos pica pica…!

El pequeño comenzó a llorar esta vez no de hambre sino de susto y disgusto, ella no supo cuánto de aquel llanto se debía a los gases y cuánto a la música a todo trapo, lo que sí supo es que ella vivía en la tierra en tiempos revueltos y el padre de la criatura en cambio estaba en Narnia por mucho que ambos compartieran un apartamento de 50 metros cuadrados.

Eres un mamón, le dijo cuando llegó a la cocina tras dormir al bebé dispuesta a renegar de los tacos… pero descubrió que los suyos no llevaban picante, que una cerveza bien fría y sin alcohol la esperaba en la mesa y que además de rellenar la despensa le había comprado el Verbolario de Rodrigo Cortés… Sigues siendo un mamón, añadió mientras se sentaba a la mesa y sentía aquel placer profundo e inmenso que debía ser, pensaba, la expresión más deliciosa de la felicidad.

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