Maestro.

Érase una vez la historia de un maestro que regresaba al cole en septiembre con mil y una ideas en la cabeza... pero con un único objetivo ineludible.

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El maestro se plantó su mochila a la espalda como estarían haciendo a esa hora sus alumnos y, con más ganas que ellos, cerró la puerta de su apartamento y caminó hacia el colegio; vivía cerca del trabajo, lo que era una ‘suerte’ que le recordaban sus amigos regularmente aunque no incidían tanto en este punto como en el de las discutidas vacaciones… Hacía tiempo que no respondía a ese tipo de comentarios, él sabía cuántas vacaciones tenía realmente y sabía también cuántas horas al día trabajaba durante el curso escolar, sabía todo el tiempo que dedicaba a preparar sus clases, a dar vueltas al contenido para hacerlo atractivo a sus niños, para hacerles más fácil y agradable el aprendizaje, sabía cuántos niños tenía en clase y cuán variopintos eran, sabía lo que necesitaba cada uno y sabía que difícilmente estaría a la altura para todos ellos… Y no, no pensaba explicar todo eso nunca más.

Todavía tenía que caminar una manzana más para llegar a la puerta de entrada del colegio pero ya comenzaba a ver caras conocidas, algunos niños a los que había dado clase años atrás, algunos padres que arrastraban, casi literalmente, a alguno de sus alumnos más desganados, algún profesor e incluso el director del colegio, que caminaba siempre con paso firme, rápido y decidido con la vana esperanza de que ningún padre se le cruzara en el camino para quejarse de alguna obra sin terminar en el edificio (¡cómo si fuera culpa suya!), de si a su niño le había tocado en ésta o aquella clase o de que no había suficientes plazas para no-sé-qué clase extraescolar.

Él aprovechó el revuelo alrededor del director y se coló en el colegio para esperar a sus alumnos en el aula; le bastó un vistazo para saber dónde se sentaría cada cual: Jose y Pablo delante porque se despistaban con mucha facilidad, Ana y Carlos a media clase porque eran de los hiper-atentos y al final de la clase les costaba seguir el ritmo de lo que pasaba delante; Rodrigo, el pequeño diabético, delante también, no tanto por el niño, que controlaba su glucosa perfectamente, sino por él mismo, porque precisamente por el buen manejo que tenía el pequeño a veces se despistaba de esa tarea extra que él no podía olvidar jamás; también colocó mentalmente hacia el principio de la clase a Sandra, Eva, Raúl y Alejandro, eran los típicos alumnos discretos y responsables que no destacaban por arriba ni por abajo y resultaba fácil que se salieran del radar del profesor… Se alegró de tener un aula más ancha que larga, los tendría a todos más cerca.

Mientras esperaba se sentó en la mesa y repasó sus notas, hojeó una vez más los libros de textos y volvió a sus notas que eran el lugar en el que arreglaba los desaguisados de los libros, lo que no ponían y debían haber puesto, lo que ponían y necesitaba una mayor explicación… el trabajo de sus largas y cálidas ‘vacaciones’. Y repasó, porque era lo más importante, lo que quería conseguir ese año de todos sus niños: estaban en su último curso de primaria, de allí saldrían ya hacia el instituto, era importante que llevaran una buena base en todas las materias pero, por encima de todo y más que nada, era importante que leyeran… no sólo porque leyendo también se aprende sino porque leyendo se amplía el vocabulario y la capacidad de comprensión se multiplica, un niño que comprende lo que le explican y comprende lo que le preguntan es un niño que tiene en sus manos la herramienta fundamental y esencial de su aprendizaje, de ahí en adelante todo es posible, sin eso… nada.

Revisó los libros que tenía en la estantería que hacía las veces de biblioteca, trataría de conseguir alguno más en la biblioteca del colegio y les daría la oportunidad a los niños de elegir ellos, tanto de la estantería como de su casa, sus nuevas lecturas… ese año, además de hacer fichas de lectura, quería que hablaran de libros para que los ya leían como locos despertaran la curiosidad de los que todavía no y también para que fueran ellos quienes recomendaran a los más perezosos los mejores libros… Demasiadas vacaciones, pensó de nuevo, ¡ja!.

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Hay maestros buenos y otros que no lo son tanto, los hay irreductibles y otros que ante la presión de los padres se deshacen como un azucarillo en el café pero ahora que acabamos de celebrar el Día del Maestro, queremos recordar a los que cada año llegan al colegio en septiembre con la moral alta, la responsabilidad en una mano, la ilusión en la otra y la paciencia inherente a su trabajo como la capa de los superhéroes que son.

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