Madrid.

Érase una vez una tarde noche de discusiones entre amigos y con mascarillas que suben y bajan entre bocado y trago. Sucedió en Madrid. Sucede en Madrid.

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Habían quedado temprado, más en modo afterwork de jueves que en modo sábado noche, porque el toque de queda seguía vigente en Madrid; ocupaban dos mesas porque eran demasiados para acomodarse solo en una a pesar de estar en la terraza y el sube y baja de mascarillas entre bocado y trago era constante; al principio el ambiente era divertido y relajado, para algunos de ellos aquella quedada de sábado noche era su primera cena fuera de casa en meses y la estaban disfrutando pero cuando llevaban ya un rato subiendo y bajando la mascarilla como si fuese una persiana y comenzaban a mirar el reloj calculando cada uno de ellos el tiempo que tardarían en llegar de aquella terraza a casa por aquello de no saltarse el toque de queda, comenzaron a mostrar ese profundo cansancio y hartazgo que iba ya haciendo mella en su ánimo tras más de un año de pandemia, temores y restricciones.

Además la tarde noche se había regado con cócteles y eso relajaba la lengua de más de uno y alentaba el alma beligerante de algún otro; fueron subiendo el tono y al final sus quejas y lamentos regaron la terraza entera llegando a oídos de sus vecinos de mesa; Cayetano se quejaba amargamente de las restricciones, decía que aquello era vivir en un estado policial, que vivían secuestrados; Juan, su marido, defendía en cambio que todo era por el bien común y que poco restringidos estaban dados los números de la pandemia; Marieta soltó un taco o dos y eso a pesar de que no se había terminado todavía su segundo gin tonic, se lamentaba del miedo que sentía al volver sola a casa y de su miserable sueldo, del machismo endémico y de lo conservadora y patriarcal que era la ciudad de Madrid; Sonia, gata ella, saltó como un resorte, llegó incluso a ponerse en pie sobre sus tacones de 10 centímetros para demostrar cuán empoderaba estaba y cuán poco le gustaba el victimismo más femme; Pedro, el novio eterno de Marieta, trató de echar una de cal, para no tener lío con su chica al llegar a casa, y una de arena porque no podía tragarse aquello de que los hombres matan y violan así, sin matices y metiéndose a sí mismo en el saco de los malos; Cayetano volvió a la carga y lo hizo en apoyo de Marieta, habló de lo facha que era Madrid porque él y su chico habían tenido que irse a Estados Unidos a tener a su bebé por gestación subrodaga. Esa fue la chispa que incendió la conversación, porque la gestación subrogada no era de feministas ni de progresistas, tampoco de conservadores, a lo sumo de liberales y tampoco de todas sus corrientes… un caos.

Ante aquel caos muchos callaron, tal vez demasiados o demasiado pocos, todo depende de como se mirara el asunto; Elena, Bea, Raúl y Roberto no dijeron ni esta boca es mía y Raquel solo abrió la suya para decir que pasaban de las 10 y que si no querían saltarse el toque de queda sería mejor que fueran pidiendo la cuenta. Así lo hicieron.

De lo que no se dieron cuenta fue de quienes los observaban ni de cómo lo hacían; en aquella terraza estaba Amira, a quien su madre había sacado de su país natal cuando tenía 14 años para que pudiera ser libre y no se viera sometida a, en el mejor de los casos, un matrimonio concertado; estaba también Romualdo, un hombre todavía joven que había huído de Cuba harto de vivir en la miseria y negándose a no poder ofrecer a sus hijos un futuro mejor que el que sus padres habían podido ofrecerle a él; estaba Abdel, un refugiado sirio que había escapado de la guerra saltando de campo de refugiados en campo de refugiados y oyendo siempre el eco de las bombas a su espalda.

Si Amina, Romualdo y Abdel hubiesen compartido sus pensamientos hubieran descubierto que eran los mismos: que aquel grupo de las dos mesas centrales que pagaba y se marchaba tras una acalorada discusión o bien no sabía de lo que hablaba cuando hablaba de libertad o entendía la libertad como algo propio que podía arrebatarse a los demás.

Amina, que estaba tomándose una copa con una compañera de trabajo, salió y paró un taxi, le dio la dirección de su casa y pensó que no tenía miedo, el miedo era para ella un recuerdo de sus años de velo y sometimiento a un padre que no esperaba de ella más que un matrimonio ventajoso, eso sí le daba miedo y a pesar de que habían pasado muchos años, de que vivía en Madrid con su melena al viento, tras haber estudiado periodismo y escribiendo en varias revistas, no podía evitar revolverse ante aquel recuerdo y ante la certeza de que era un mancha para su familia por una única razón, era una mujer libre.

Abdel también abandonó la terraza enseguida, había parado a comer algo rápido porque la nevera de su apartamento estaba vacía, acababa de llegar tras unos días en la Sierra en casa de un compañero de trabajo y no había tenido ni tiempo ni ganas de ocuparse de su despensa, lo haría al día siguiente; se fue caminando a casa sin temor a las bombas y a los tiros bajo los que había vivido los meses más infernales de su vida.

Romualdo fue el último en salir. Respiró profundamente, se abrochó la chaqueta para protegerse de la brisa fría que corría por la calle y se fue caminando; el apartamento que compartía con otros dos refugiados cubanos no estaba cerca pero le encantaba caminar por Madrid de noche y todavía faltaba más de media hora para que fueran las once… –sois libres– pensaba mientras caminaba recordando la discusión de la que había sido testigo en la terraza –sois libres de hacer con vuestra vida lo que se os antoje, no de hacer que otros hagan con su vida lo que a vosotros se os antoje; no, no podéis ser libres de destruir la ciudad que nos ha acogido a tantos…-.

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