Artura y hartura.

Érase una vez una fiesta que nunca debió ser y una chiquillada a medio camino entre lo aburdo y lo ridículo.

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¡Qué Artura! exclamó viendo las imágenes de lo último de McLaren a toda pantalla. ¡Qué hartura! exclamó de nuevo, esta vez en tono más cansado, lento, pausado, hastiado… mientras se ajustaba la mascarilla para salir a la calle. Pero procuraba no quejarse, al fin y al cabo tenía la suerte de teletrabajar y no pasar tras la mascarilla más tiempo del que dedicaba a hacer alguna compra, algún recado o disfrutaba del placer de pasearse, peor lo tenían quienes vivían tras la mascarilla en clase o en el trabajo, no digamos quienes se las veían cada día con el virus… ¡qué hartura!.

Visitó su kiosko habitual, Ramón la saludó con la mano y una inclinación de cabeza porque sabía que tardaría un rato en decidir qué revistas y periódicos se llevaría a casa para ponerle letras, ocio e información al domingo… aunque él, que conocía a su clientela, sabía también qué iba a llevarse antes de que ella misma lo hubiera decidido.

Aun bien no había pagado a Ramón cuando su móvil comenzó a sonar con una cantinela que le ponía los pelos de punta, era el tono asignado a su hermana… ¿su hermana llamándola un domingo por la mañana? drama.

La primera parte del drama consistió en soportar llantos y gritos ininteligibles durante 5 minutos de reloj, solo después de ese desahogo primero de su hermana pudo ella meter baza, y tratar de construir con las 4 palabras que había logrado entender un par de frases; un par de frases que, por supuesto, no tenían apenas nada que ver con lo que había dicho, o tratado de decir, su hermana pero que ahora sí, en el segundo intento, logró expresarse con un poco más de claridad.

Llegó a regreso a casa con su hermana todavía llorándole al otro lado del teléfono y, mientras hacía como que la escuchaba, encenció el tablet y buscó el video que había compartido la policía en Twitter la noche anterior… Ahí estaba. Sí. La que salía de debajo del colchón era su sobrina. Y, aunque eso su hermana no lo sabía, el que salía del armario era su novio. Se habían ido de fiesta ilegal, los habían pillado, habían tratado de esconderse como los niños pequeños, como si el ‘coco’ debajo de la cama no fuera a encontrarlos, los habían filmado y, aunque también los habían pixelado, no lo suficiente para que quien los conoce bien no los reconociera.

¡Tienes que hablar con ella! le rogó su hermana todavía en modo drama al otro lado del teléfono ¿estás segura? le preguntó… ¡por supuesto! respondió la otra y reconoció con cierto resquemor, a ti te escucha más que a mi.

Respiró hondo y se dispuso a navegar por el drama constante en el que vivía su hermana: verás, le dijo, puedo hablar con ella, de hecho voy a hacerlo pero no estoy segura de que lo voy a decirle sea lo que a ti te gustaría. Su hermana ni respiraba, se conocían muy bien y bastaba la advertencia para saber que no, no le gustaría. Mira, querida, tiene 17 años de vida y uno de confinamiento, era de esperar que se le acabara la paciencia… está mal que se haya ido de fiesta ilegal, sí, y que no no use la mascarilla tanto como debería pero seguro que eso ya se lo has dicho tú en siete idiomas. Lo que no sé si le has dicho, continuó sabiendo que no, no se lo habría dicho, es que lo único que no puede perder un ser humano es la dignidad… si rompes las normas y te pillan apechugas con las consecuencias, no te metes bajo el colchón ni te escondes en el armario por amor de Dios... 

Su hermana hiperventilaba al otro lado del teléfono ¿qué le sugerirás que haga en la próxima ocasión? ¿que salga saludando a cámara?. Ahí estaba su hermanísima, preocupada no tanto por lo que estuviera haciendo o dejando de hacer su hija como porque estropease el perfecto cuadro de su vida que pintaba cada día y tras el que muy pocos sabían lo que se escondía. ¡Qué hartura! pensó de nuevo… No, le dijo, le diré simplemente que vivir en sociedad supone cumplir las normas que nos damos para convivir en paz o asumir las consecuencias de no hacerlo, unas consecuencias que por cierto incluyen soportar tu drama.

Como era de esperar su última frase prococó otro puñado de frases y llantos encadenados que llevaron a una despedida a trompicones. Sí,  hablaría con su sobrina, sí, mañana, cuando todos estuviera más tranquilos.

¿Qué les has dicho a mamá? ¡está todavía más histérica que antes de hablar contigo! le decía su sobrina por whatsapp… le he dicho lo avergonzada que me siento por la falta de dignidad de mi sobrina… (¡tía!) hazme un favor, querida, me importa un bledo que tengas ya 18 años: mientras sigas pensando que esconderte bajo la cama o meterte en el armario cuando vienen mal dadas es una buena idea, confínate, no estás preparada para la vida… (¡tía!).

Sonó el teléfono, esta vez la melodía era diferente, sabía que era su sobrina: antes de que digas nada, dijo al responder, dime una cosa: ¿qué te parecería verme a mi salir de un armario en una fiesta ilegal desmontada por la policía? Se hizo el silencio al otro lado… Ridículo, respondió su sobrina al fin. Bien, dijo ella, pues deja de hacer el ridículo.

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