¿Llevas todo?

Llega el delicado momento de preparar la maleta, una maleta con espacio limitado cuando se va a volar... ¿llevas todo?

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Dejó las maletas junto a la puerta y se dispuso a prepararse un café helado para refrescar la tarde, mientras lo hacía veía sus maletas en la puerta y se preguntaba ¿llevas todo? Antes era su madre la que hacía de pepito grillo y terminaba el repaso de cosas que no podía olvidar con un ‘llevarás todo ¿no?’ que la sacaba de quicio; él cogió el testigo de su madre y, sabedor del despiste inherente a la personalidad de su chica, preguntaba siempre ¿llevas todo? y tras esa pregunta resumía los que él consideraba sus esenciales… mientras ella respiraba hondo y se mordía la lengua demostrándose así que muy bruja no debía ser cuando no se había ahogado con su propio veneno…

Ahora que vivía sola y nadie la incomodaba recordándole su despiste era ella quien se preguntaba una y otra vez si llevaba todo y revisaba sus inolvidables, que no coincidían en nada con los que él solía enumerar, para asegurarse de que nada esencial se quedaba en tierra… ¡si te vas una miserable semana por amor de Dios! se decía… y, por suerte para ella, nada más allá de la documentación indispensable, era tan importante como para generar un problema en destino; pensó en J. y su bomba de insulina, el glucómetro, las tiras y las lancetas, el baqsimil, las plumas de insulina, los catéteres, el sensor, los aplicadores, las agujas, las pastillas de glucosa… eso sin contar con la documentación médica que demostraba que la bomba de insulina era parte de sí mismo  y que no podía apagarse como no se apaga un marcapasos. Eso, todo eso, sí era inolvidable.

Repasó lo que llevaba en su bolsa de mano, se aseguró de llevar tanto el portátil como el cargador porque esos sí eran los inolvidables de un teletrabajor viajero, también toda la documentación de los vuelos, bonos de traslados y hotel, excursiones… De eso nada debía fallar, si llevaba un bañador de más o de menos, las sandalias cómodas o las del tacón imposible era lo de menos ‘venden más‘ decía una vieja amiga suya (lo decía hablando de sartenes pero lo mismo podía aplicarse a los zapatos, los bañadores, las camisetas…).

Nada que viajara en su maleta era irreemplazable, lo esencial iba con ella, en su equipaje de mano y nada era más esencial que viaje mismo, visitar o revisitar lugares, descubrir sus secretos, disfrutarlos, descansar, cambiar de aires y quien sabe si también de rumbo…

Durmió poco y mal, se levantó a las 4 de la mañana y diez minutos antes de que llegara el taxi que había pedido el día anterior se dispuso a salir de casa: se colgó la bolsa del equipaje de mano en la que llevaba todo lo imperdible e inolvidable y miró hacia su maleta ¿llevas todo? Le preguntó un coro de voces en su cabeza… No lo sé, se respondió, y me importa un bledo.

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