Leyendo.

Érase una vez una historia de amores, libros, cuentos y otros regalos de los que solo se descubren leyendo...

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No eran pocas las cosas que no le perdonaría jamás al 2020, un año feo y oscuro del que había poco bueno que decir pero, de entre todas las maldades de las que el año 20 había hecho acopio para tirárselas encima como un inmenso jarro de agua fría, había una que resultaba sino la más dura ni la que más dolía, sí la que más la enrabietaba: sus mañanas de domingo en la Cuesta de Moyano y sus tardes de librerías históricas a la caza y captura de libros descatalogados, olvidados, abandonados… pequeños tesoros que iban llegando poco a poco, paseo a paseo, a su biblioteca.

Con el transcurrir de los meses y la evidencia incontestable de que no habría mañanitas de domingo en Atocha ni tardes de paseos libreros, había dejado que la World Wide Web saciara su sed de tesoros nuevos y guardaba como oro en paño las páginas webs de algunas librerías históricas, especialmente una que enviaba los pedidos envueltos en papel de periódico y, sobre él, el papel antiguo, con su logo antiguo… (Alcana…); abrir sus paquetes era como colarse en la librería y echar mano de pequeñas antologías literias ya descatalogadas con las que alguien, décadas atrás, había estudiado, una delicia librera.

Era domingo y hacía sol, aunque el grajo volaba bajo… y faltaba un invierno entero antes de llegar a la época estival por eso maldijo al 2020 una vez más, porque aquella mañana hubiera sido de las de olor a calle y a libros, al Madrid auténtico, si no fuera por sus maldades y otros virus.

Abrió el ventanal del salón que daba acceso a la terraza y viendo como el sol calentando las sillas no pudo evitar sentarse un rato fuera a pesar de la brisa fría que la estremecía por momentos, hacía frío pero también hacía sol y el sol y su luz ganaba siempre a todo; no fue ella la única que tuvo la idea de dejarse tocar por el sol sin salir de casa y, como era de esperar, las conversaciones de la terraza de abajo llegaban a sus oídos, no tenía interés alguno en escuchar, de hecho no escuchaba hasta que una frase de esas que sentía siempre como aguijones en el cerebro llegó a sus oídos ‘a mi hijo es que no le gusta leer, nada nada, de libros nada que leer no le va‘.

¿Cómo podía alguien aceptar así, de modo irreversible, el disgusto de un niño por la lectura? ¿cómo podía alguien bajar los brazos y aceptar que a un niño no le gustara leer, asumir que le gustaría jamás y aceptar ese hecho otorgándole la misma trascendencia que cuando el niño en cuestión decía que no le gustaban las coles de bruselas? No lo entendía, no lo había entendido nunca ni lo entendería jamás, tal vez fuera porque ella se había pasado la adolescencia leyendo y no se imaginaba una vida ni una casa sin libros….. Tal vez fuera eso, el hecho de que en su casa siempre había habido libros, también en la de sus abuelos; jamás la habían obligado a leer, en realidad no había hecho falta, los libros que se llenaban de polvo en las estanterías eran algo así como una curiosidad decorativa que la llamaba desde sus portadas, no olvidaría nunca aquella en la que máscara de Tutankamon parecía querer hablarle; por culpa de aquel libro, perdido en alguna caja del desván que tenía pendiente buscar, había empezado a leer acerca de los egipcios y sus cosas y había decidido que de mayor sería egiptóloga.

No lo fue, no fue ni tan siquiera arqueóloga ni historiadora pero ¿y lo que disfrutó descubriendo el mundo a través de las historias que de él cuentan los libros? a su hijo fue el cine el que lo llevó a los libros, el cine y ella y su sana costumbre de leerle un cuento o al menos unas páginas de un cuento, cada noche; la historia del burrito Platero se la había aprendido de memoria, también la del Cid porque esos habían sido sus cuentos favoritos y tocaba repetirlos de cuando en cuando pero había sido el cine quien lo había llevado a su primera novela, el cine y la pena que lo embargó cuando vio la última película de la saga de Harry Potter… ¿y ahora qué? dijo con la pena de quien termina un libro que ha disfrutado de la primera a la última página… Hombre, le había dicho ella, estas películas están todas basadas en los libros de J.K. Rowling y los libros siempre cuentan más cosas… Leyó cuatro y no llegó al quinto porque para entonces ya le atraían más los dinosaurios que la magia y fue capaz de vérselas hasta con el Conan Doyle más desconocido, el del Mundo Perdido.

Luego, y un poco a la vez, habían llegado los videojuegos y las películas de ciencia ficción, Origen lo atraía como la miel a las moscas porque todo lo que no entendía a la primera lo retaba, lo divertía; el tiempo de lectura bajó un poco pero no importaba, ya era un tipo lector, ya tenía el hábito de meterse en la cama con un libro y ese pequeño placer es algo así como andar en bicicleta, lo puedes practicar más o menos según la vida te lleve o traiga pero no lo olvidas jamás y siempre vuelves a él. ¡Ah! ¿que quieres una aventura sobre niños? ahí tienes el Señor de las Moscas ¿va de moscas? no, va de niños, ah, vale… ¿qué tal vas? (a medio libro) muy bien, es muy interesante…

A Dios pongo por testigo, se dijo como si fuese la O’hara (solo que ella entraba en el salón dejando el sol y la brisa fuera en lugar de hincar la rodilla en tierra), de que no aceptaré jamás un ‘no le gusta leer’ referido a un niño que no me saque, al menos, una cabeza de largo porque igual que no se nace sabiendo leer, no se crece amando la lectura sin que medie cierto esfuerzo propio y ajeno en el proceso.

¿Cómo pasaría el domingo? miró hacia la estantería y sonrió: leyendo, sin duda (y disfrutando de algún que otro polvorón de chocolate… de algún modo había que endulzarse el final de 2020).

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