Lenguaje.

Érase una vez la historia de un hombre que descubrió el sentido del lenguaje más allá de las palabras.

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Edmundo era un hombre ya mayor, un anciano cansado y algo triste que trataba cada día de descansar en paz sin dejar todavía este mundo porque, según solía decirse, le quedaban todavía muchos libros por leer; vivía en el bajo de un edificio muy alto en el centro de la ciudad y le gustaba poco salir a la calle, el trajín de gentes que corrían, entendía él, sin mucho sentido dado que al día siguiente volvían a correr en la misma dirección como si su destino no fuese llegar a ninguna parte sino sólo correr en esa dirección, no le gustaba mucho pero le gustaba menos la vida del pueblo; mientras vivía su mujer había soportado sus quejas por regresar al pueblo en el que habían crecido, ahora que ella descansaba en paz en el camposanto del pueblo no pensaba volver más que para ponerle flores en su cumpleaños, en navidad y el día de los enamorados… porque ese día había sido suyo antes de ser de los grandes almacenes.

Aquel domingo estaba especialmente cansado, había pasado en el pueblo un par de días, le había contado a su mujer que tal iban las cosas y, más allá de eso, pasó horas escondiéndose de la Herminia y su cháchara constante y continua que incluía un ¡Edmundo vente pal pueblo! cada tres frases; Rafael en cambio, marido de la parlanchina señora, callaba y miraba al suelo y a la garrota que usaba para ayudarse a caminar casi avergonzándose del desparpajo de su señora y su santa manía de meterse en las vidas ajenas, Edmundo lo miraba y le sonreía, Rafael sonreía también aliviado al sentirse comprendido y trataban de seguir cada uno su camino, con el permiso claro está, de la Herminia.

Ahora ya estaba en casa, ya había soportado incluso los comentarios de su nuera acerca de la contaminación, el caos, el stress… y una lista infinita de desventajas de la ciudad frente a las bondades del campo, le había sonreído también pero se apresuró a despedir a su hijo agradeciéndole que hubiera ido a recogerlo al pueblo tan pronto; encontrarse solo en casa y sentirse en paz fue todo uno, Florencia querida, dijo en voz baja, ¡lo que me cuesta ir a verte!… no lo decía porque le supusiera ningún esfuerzo personal sino por las chácharas y verborreas de unos y otros que debía soportar a cambio.

Claro que aquel domingo no iba a ser un día de paz porque Pedro Padilla, presidente de su comunidad de vecinos, había estado pendiente en la ventana hasta que lo vio llegar y no tardó ni 10 minutos en tocar a su puerta ¡un poco de paz señor! funfurró Edmundo camino de la puerta, pero al ver por la mirilla quien estaba al otro lado añadió ¡aunque sea la paz eterna por amor de dios!.

Padilla entró en la casa nada más Edmundo abrió la puerta sin esperar a ser invitado y comenzó su perorata habitual acerca de las obras que comenzarían en breve para instalar un ascensor en el edificio; Edmundo lo miraba y se fijaba no tanto en lo que decía, porque llevaba meses escuchando lo mismo de su boca, como en su lenguaje corporal, en el modo en que movía las manos, en sus hombros caídos, en la manera en que ahuecaba su voz y sobre todo en cuán rígida se le ponía la mandíbula cuando hacía una pausa. Mentía.

Edmundo sabía cuando Padilla le mentía, sabía cuando mentía todo el mundo porque no escuchaba sólo con los oídos, sabía escuchar con los ojos y sabía que Padilla mentía, lo hacía constantemente y lo curioso es que resultaba imposible acusarlo de tal cosa porque el tal Pedro Padilla había encontrado la justificación perfecta para cualquier traspiés: las circunstancias han cambiado, a veces en la vida tiene uno que adaptarse a situaciones inesperadas…

Y así todo, como las circunstancias siempre cambiaban, Padilla cambiaba también y no es que hubiese mentido al decir que no haría lo que se disponía a hacer sino que todo cambia y, como todo cambia, cambiaba él también.

Claro que lo peor no era eso, lo peor es que en la comunidad de vecinos era toda una autoridad y nadie cuestionaba jamás sus cambios de parecer; Edmundo, que había sido tesorero de la comunidad durante unos meses, sabía bien que no había nada que hacer porque él mismo había tratado de explicar a sus vecinos que en el baile de proveedores que había organizado Padilla para la obra del ascensor había un 3% en cada cosa que volaba por aquí y por allí pero la sola mención de la posibilidad de que ‘alguien’ estuviera engordando el presupuesto ofendía a la comunidad entera, tanto como se ofendía el propio Edmundo al ver como cuestionaban su habilidad con los números por aquello de que era viejo… ¡lo cuestionaban a él! ¡maestro de matemáticas en la escuela antigua!.

Cuando el vaso de su paciencia estaba a punto de desbordarse levantó la mano y el mentón a la vez mirando a Padilla, que le sacaba casi una cabeza, con la misma altivez que él miraba a todo el mundo: no se preocupe por nada, salvo por marcharse de mi casa ahora mismo y no molestarme más; ante el gesto de ofensa y sorpresa en en la cara de Padilla Edmundo apostilló: no se ofenda, a usted le han votado los vecinos y a mi me llaman viejo, siga adelante con la reforma como mejor le parezca, lo único que le pido es que haga como nuestros vecinos e ignore a este pobre viejo…

Padilla salió de casa de Edmundo desconcertado pero cuando, ya en el descansillo, se giró sobre sus talones, el desconcierto se evaporó: yo soy demasiado viejo ya para librar algunas batallas, le dijo, pero usted es demasiado joven para ganar todas las que le deparará la vida mintiendo. Cuidese.

Edmundo cerró la puerta y, caminando renqueante hacia la cocina, se preparó un gran tazón de chocolate bien caliente que acabaría por beberse frío sentado en su butacón y con un libro entre sus manos. Leía de nuevo a Galdós.

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