La nueva caja de Pandora.

Érase una vez la historia de una mujer llamada Pandemia que, en un arrebato de curiosidad, abrió la nueva caja de Pandora liberando los males y los bienes contenidos en ella.

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La noticia corrió como la pólvora de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad: la nueva caja de Pandora había sido abierta. En algunos lugares el temor era mayúsculo mientras en otros ignoraban el peligro y todos por la misma razón: nadie sabía realmente lo que había dentro de aquella caja.

De todos los lugares del mundo enviaban cables y emisarios a la China, algunos con mensajes de ánimo, otros preguntando cómo era posible que la caja que custodiaban desde hacía siglos hubiera sido abierta y muy pocos mostrando verdadero interés por saber qué carajo había salido en aquella ocasión de la caja prohibida porque, dado que los males ya campaban por el mundo desde que se abriera la primera caja de Pandora, nadie sabía qué habían dejado los dioses para la segunda.

Desde la China llegaban noticias tranquilizadoras, no había compendio de males alguno dentro de la nueva caja de Pandora, solo uno que, curiosamente, respondía al nombre de quien la había liberado: Pandemia. Por supuesto la nueva Pandora, que era también la nueva Eva, había perecido como víctima primera de Pandemia.

El gobernador de Esparta, al recibir la noticia, mandó telegrama urgente a Pekín, nadie como ellos conocía el mito de la caja de Pandora, puede que sólo hubiese un mal en la caja pero de lo que no cabía duda es de que también habría un bien igual que en la caja de Pandora primera la esperanza había viajado con los males convirtiéndose en la clave para vencerlos: No obtuvo respuesta alguna, la China había cerrado sus fronteras y sus líneas de comunicación, se mantenía firme en la escueta información facilitada en los primeros momentos y no daba ni un ápice más; el gobernador de Esparta decidió entonces cerrarse al mundo del mismo modo, no sin antes advertir a todos: ‘la caja de Pandora contenía los males del mundo y también la esperanza, la información de la China es incompleta sino falsa, algo más había en esa caja y, dado que desconocemos qué era, cerraremos nuestras fronteras para protegernos‘.

El gobernador romano, harto de mitos griegos, hizo caso omiso a su vecino hasta que Pandemia se presentó a las puertas de casa y descubrió con horror que aquella maldita cosa arrasaba allá por donde pasaba; confinó a sus ciudadanos, lanzó a sus ejércitos a la lucha y gritó al mundo que se preparara para el desastre… nadie parecía escucharle salvo Esparta, que estaba ya aislada del mundo y también confianda aunque apenas había signos de Pandemia en sus calles.

La caja, insistía el gobernador de Esparta, qué más había en la caja…

En las aldeas galas la vida transcurría con normalidad, Pandemia paseaba ya por sus calles pero los galos la ignoraban como si tuviesen ya en su poder la pócima que la destruye, como si todos fueran Asterix; en cambio los germanos, si bien no tomaban medidas tan drásticas como los espartanos, habían lanzado a sus ejércitos a la lucha, los comandos Test germanos trabajaban sin descanso y pandemia se veía acorralada allí donde daba señales de su existencia.

Y no eran los galos los más locos sino los anglos y los sajones, quienes no solo ignoraban a Pandemia sino que ni siquiera trabajaban en pócimas mágicas, convivían con la peste a pecho descubierto sintiéndose inmunes por su naturaleza guerrera… hasta que cayó su gobernador, entonces fueron conscientes del poder de Pandemia y comenzaron a luchar contra ella de modos más convencionales.

¿Y en Iberia? en Iberia había dos gobernadores, uno quiso ser romano mientras el otro se hizo espartano y el resultado había sido un calco de lo que había sucedido en Roma y Esparta. Se habían acabado los tiempos de tocar la lira y organizar festejos, se habían acabado, probablemente demasiado tarde: Pandemia campaba a sus anchas por las aldeas íberas y nada parecía ser suficiente para contenerla.

Sólo Esparta seguía mirando a China con la desconfianza debida, nadie como los espartanos conocía cómo eran las cajas de Pandora, sólo ellos parecían saber que debía haber algo más dentro de la caja y que solo en ella estaba la clave para vencer a Pandemia.

¡Resistencia!– jaleó el gobernador de Hispania, la parte de Iberia que había decidido ser romana –¡sin duda eso había en la caja! ¡resistencia!-. Ante tamaña ocurrencia Esparta callaba, callaba porque sabía que tal vez hubiese algo de cierto en ello pero también sabía que sólo la China sabía toda la verdad.

Hispania era una nación extraña; era diversa y divertida, variopinta, ocurrente, a veces gregaria, a veces combativa… su historia era un compendio de momentos heroicos y desastrosos comparable solo a la de las grandes naciones que en el mundo han sido y, a pesar de su gobernador o incluso por él, había hispanos que campaban por el mundo buscando información, datos, detalles… tratando de reforzar la resistencia de los confinados y el armamento de los ejércitos. Fue uno de esos hispanos emprendedores el que mandó un telegrama al gobernador desde el corazón de la misma China.

Un funcionario de la oficina del gobernador entregó el telegrama a su jefe de gabinete, el papel temblaba en su mano, aunque no tanto como le temblaron las piernas al leerlo al jefe de gabinete:

No resistencia (stop). No hay resistencia en caja (stop). Hay pandemia (stop). Resilencia (stop).

-Bueno, bueno– dijo el gobernador cuando su jefe de gabinete le leía el telegrama –resistencia, resilencia… vamos bien, vamos bien-.

Y libertad (stop).

¿Y eso que quiere decir?– preguntó el gobernador un tanto desconcertado, su jefe de gabinete le respondió en un hilo de voz: –que igual que la esperanza nos permite resistir frente a los males del mundo y acabar venciéndolos, la libertad será el bien que nos ayudará a vencer a Pandemia-.

¡Tonterías!– bramó el gobernador después de escuchar lo que uno de sus vicegobernadores le susurró al oído –el confinamiento es lo que nos salva ¡a las pruebas me remito!– algunos de los colaboradores más cercanos al gobernador jaleaban este planteamiento mientras otros callaban; –es evidente, el confinamiento es lo que nos salva– repetía el gobernador ante la mirada satisfecha de su vicegobernador –y el desconfinamiento deberá ser gradual, lento, regional… con pasos adelante, otros atrás…¿salvarnos Libertad de Pandemia? ¡qué tontería! ¡Confinamiento y Resistencia!-.

El jefe de gabinete permanecía en silencio observando el curso de los acontecimientos, entendía las reticencias del gobernador ante la desescalada pero sabía que los mitos siempre se cumplían: si no se unían a las filas de Libertad otros lo harían y, de un modo u otro, antes o después, Pandemia perdería la guerra frente a Libertad.

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