La nada.

Érase una vez una mañana de domingo en la que no tenía que ocurrir nada especial.

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Había dejado de llover y, como los caracoles cuando sacan sus cuernos al sol, media ciudad se había echado a las calles y a los parques para disfrutar del día festivo más allá de las cuatro paredes de siempre, fuera de un refugio que habiéndolo sido por Real Decreto más tiempo del que una mente abierta podía soportar, se había convertido en una confortable cárcel de la que se ansiaba salir cada mañana; el olor a pan recién horneado y bollos recién hechos despertó sus deseos más golosos y se acercó comprarse algún capricho, era domingo ¿a quién le amarga un dulce un domingo? Lo que sí amenazaba con amargarle el día era el mundo de murciélagos, arañas y otros bichos y mostruos de todos los tamaños que vagaba por las calles… No importaba nada, el paseo bien merecía la pena y el miedo, además sabía que delicosos y refrescantes aromas tomarían su casa por asalto en su ausencia para que pudiera disfrutarlos al llegar.

Lo de los disfraces nunca le había hecho mucha gracia, ni tan siquiera en carnaval, mucho menos en Halloween, unos días en los que no soportaba más que alguna bruja porque lo de volar en escoba le parecía magnifico, algún vampiro porque Drácula era algo más que terror y las calabazas justas y necesarias para preparar un puré, ni una más; en su banco alejado del mundo podía soporta Halloween, el Día de los Muertos y hasta el de Todos los Santos y el de los Difuntos, aunque seguía sin entender la querencia de la gente por jugar al miedo y visitar tumbas; la muerte era para ella como la nada de La Historia Interminable, era el fin ¿qué sentido tenía entonces visitar nada? Era como asomarse a un abismo… y dejar así que el abismo se asomara a su interior. No. No iba a jugar a Halloween, ni al Día de los Muertos, ni al de los Difuntos, iba a comerse su croissant recién hecho en su banco apartado del parque y marcharse de vuelta a casa.

Mientras disfrutaba de cada bocado de su croissant veía a los niños jugando en el parque y no pudo menos que sonreir ante la estampa que ofrecían porque a pesar de que el parque parecía estar lleno de pequeños Dráculas, Frankensteins y otros monstruos en realidad era igual que cualquier otro domingo, como sucedía desde la tarima del profesor, mirar a los niños en el parque era descubrir al primer golpe de vista al tímido, al aventurero, al líder… Le bastaron 5 minutos para saber quien iba a dar a sus padres dolores de cabeza moderados y quien iba a ser causa de las peores de las migrañas.

Terminado el croissant y oscurecida la mañana con amenaza de nuevas lluvias, se encaminó de nuevo a casa pero antes de llegar fue testigo de una de esas escenas que se quedan grabadas a fuego en la memoria: un padre hecho todo él un aspaviento regañaba a un pequeño vampiro, se fijó en él porque aquel niño era de los que había catalogado como causante de leves dolores de cabeza y no podía imaginar que habría hecho la criatura para merecer tamaña regañina, estaba lo suficientemente lejos de ellos para no oír sus palabras porque el hombre hacía aspavientos pero no gritaba.

Se acercó a ellos camino de la salida del parque y pudo oír al padre repetir varias veces ‘tienes que pensar por ti mismo, hijo, pensar por ti mismo, no puedes hacer siempre lo que diga Federico ¿si Federico se tira al río tú también te tiras? ¡hay que tener criterio hombre! ¡A ver si te crees tú que con ser un niño bueno es suficiente! ¡espabila! ¡piensa! ¡piensa coño!’

Saltaba a la vista y al oído que el hombre estaba saliendo de sus casillas por momentos… Y entonces un señor ya mayor que caminaba apoyándose en un bastó se paró junto a ellos y respondió al padre ‘no puede‘, le dijo; el hombre se calló de repente, sorprendido por la intervención de aquel anciano e instintivamente cogió la mano del pequeño, a quien le caían lágrimas gordas por las mejillas; el anciano sonrió satisfecho al ver el gesto protector del padre y añadió, no puede pensar porque entre gritos y aspavientos no se puede pensar, tampoco cuando se tiene el corazón tan encogido como para soltar lágrimas así de gordas… y menos aún cuando no se sabe en qué se tiene que pensar… Le está usted diciendo lo que tiene que hacer pero no por qué, ni para qué ni cómo… Y no tendrá más de 5 años… Primero tiene que aprender, lo pensar viene después, ya sabe usted… Y se alejó dejando al padre consolando al hijo y quien sabe si reflexionando sobre lo que acababa de oir o si no había significado nada para él…

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