La literaridad de las cosas.

Érase una vez la historia de una comida en la que se hizo patente cómo sería el mundo si nos quedamos en la literalidad de las cosas.

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Síganme– dijo el camarero, por el tono parecía que sonriendo tras la mascarilla, mientras les indicaba cual era su mesa; se sentaron, ella y él, también su hija adolescente y se retiraron las mascarillas justo después de pedir a otro camarero tanto las bebidas como el menú: un tabla de ibéricos, una ensalada mixta y una paella para dos ¿postre? por supuesto helado y el café negro con hielo.

Miraron a su alrededor y se sintieron cómodos, había una distancia razonable entre las mesas y todo el mundo parecía sonreir con cierta sorpresa, como si fuera su primera comida en un restaurante tras un confinamiento de tres meses (o algo así…).

Al rato ya se habían olvidado de la ‘nueva normalidad’ y sus nuevas normas y se sentían como en su normalidad de siempre, la paella estaba deliciosa y los ibéricos no podían ser mejores, la ensalada era fresca, los tomates sabían a tomate y era generosa en atún como les gustaba a ellos. Todo perfecto. Hasta que empezaron a llegarles los ecos que conversaciones ajenas porque debía ser general eso de irse relajando y los comensales del restaurante comenzaron a subir la voz.

¡Trabaja como un negro, el tío!– oyeron decir a un hombre de mediana edad de una mesa cercana –¡Carlos!– dijo una mujer en tono reprobatorio –bueno– trató de arreglarlo él –pues como chinos– la mujer se revolvió en su asiento –¡Carlos por favor!-; Carlos miró al techo del restaurante y zanjó la conversación con un –¡cómo esclavos! si?-. Ellos seguían entretenidos con las gambas de su paella, que era de marisco, y no comentaron nada al respecto, ella y él tuvieron suficiente con un cruce de miradas para entenderse.

Al rato volvieron los ecos vecinos, esta vez venían de una mesa un poco más alejada pero llegaban alto y claro –¡mira mamá!– decía un joven que no debía tener más que 12 o 13 años –¡papá se está poniendo morado!– se oyeron risas y luego una voz de mujer –las botas, se está poniendo las botas, tú padre no se hace feminista ni con una mujer y dos hijas haciéndole la revolución a diario-; las risas fueron generales y no solo en su mesa aunque lo que más se oyó fue la carcajada del tipo que, al parecer, se estaba poniendo morado, las botas, como un Pepe… (digamos que comiendo más que bien y dejémonos de líos).

Pero lo más paranoide estaba todavía por ocurrir…

Llegó una pareja con una niña que debía tener unos 6 o 7 años, hablaban con un marcado acento inglés; se sentaron y preguntaron si tenían ‘judías asturianas‘; el camarero respondió que no, que allí no se cocían judías, que aquello era cosa de nazis, que ellos preparaban fabes y se las recomendó con almejas; él no pudo evitar girar la cabeza, necesitaba ver el cuadro del que partía aquella locura de conversación, necesitaba ver algún signo de broma o bufa, de comedia… afortunadamente el camarero rió tras la mascarilla, dijo algo así como que era broma y que no se preocuparan, que las ‘judías asturianas’ con almejas estaban estupendas y que no tardaría nada en servirles un pote para los tres.

Llegaron los helados para placer de los tres paelleros mientras en la mesa de al lado, la del tío que trabajaba como un negro, no se ponían deacuerdo –¡brazo de gitano!– decía uno de los pequeños –¡basta!– apostillaba la mujer –ese postre es inapropiado ¿desde cuándo comes tú brazos? pastel de chocolate, si quieres, o helado-; a ella se le heló no solo la boca por su helado sino el cuerpo entero –y esta vez sí que no es broma– dijo en voz baja para que la oyera sólo él…

Una cosa– dijo entonces su hija que, entre el entretenimiento de las gambas y su helado había estado muy callada durante la comida –eso que decían en la tele de que Los Simpson solo los doblarán actores de su raza…– él hundió la cuchara en su helado dispuesto a llenarse la boca tanto que no le quedara a ella más remedio que hacerse cargo de la respuesta –Apu lo entiendo, porque se ve que es indio, pero la familia Simpson ¿qué raza los va a doblar? son amarillos como los chinos pero tienen los ojos redondos como los blancos…-.

El camarero se acercó a la mesa para preguntar si les servían ya el café y ella respondió con decisión –sí, pero en lugar de café negro con hielo que sean carajillos-. El camarero estaba ya retirándose para cumplir el encargo cuando él, que había logrado tragarse la cucharada inmensa de helado añadió –y unos conguitos para la niña-.

De la mesa de al lado les lanzaron miradas reprobatorias mientras la ‘niña’ adolescente recriminaba a su padre por lo bajo –¿la niña? ¿la niña?– su madre escondía la cara para ocultar su sonrisa y le decía a él por lo bajo y en tono de mofa –¿ahora somos revolucionarios?

Gilipollas– respondió él –somos tan gilipollas como los demás-.

Mientras esperaban a que les trajeran la cuenta les llegaron ecos de otra conversación, el hombre que se había puesto morado era el que hablaba, le explicaba a voz en grito a sus hijos que el Quijote era un libro sobre un tío loco que se creía un caballero e iba por castilla con una vacenilla como sombrero y un campesino gordo como escudero luchando contra molinos como si fueran gigantes, que estaba divertido pero que era demasiado largo… que igual si hicieran el cómic… –¿y quién lo escribió?– le preguntó uno de sus hijos, no supo responder.

Y él no pudo contenerse, justo antes de apurar el último trago de su carajillo levantó el vaso y dijo a toda voz –¡Viva Cervantes!– claro que no pudo prever que alguien completaría su frase, era la niña de la mesa de al lado (la que se había quedado con las ganas de tomar de postre brazo de gitano) –¡Y mueran los ignorantes!– dijo.

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