La gallinita ciega.

Érase una vez la historia de un gallinita tan ciega tan ciega que no se le caía la venda de los ojos ni tan siquiera al terminar el juego...

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Respiró profundamente y sonrió incluso con los ojos que miraban a los niños por encima de unas profundas ojeras; ellos no tenían cole y estaban contentos, soportaban lo de no salir a la calle y las mañanas de deberes pero por las tardes exigían toda su atención… querían jugar. ¡A la gallinita ciega! gritaban emocionados y dando botes por el salón; ella cogió la venda y se la colocó a la más pequeña que se encargó de vocear con energía que le tocaba a ella ser gallinita.

Gallinita, gallinita ¿qué se te ha perdido en el pajar? Una aguja y un dedal… Da tres vueltas y la encontrarás.

La pequeña no dio tres vueltas sobre sí misma sino algunas más, esa era realmente la diversión de aquel juego, la borrachera de la gallinita… su hermano el día antes había dado 12 vueltas y ella quería superarlo; sus padres la miraban al principio riendo ante el desequilibrio creciente entre vuelta y vuelta y luego con temor porque poco a poco iba perdiendo el centro; para cuando se dieron vuelta del peligro la pequeña giraba ya sin control y, antes de que puedieran detenerla sucedieron varias cosas ¡todas en apenas unas centésimas de segundo!

Al suelo se fue la paloma de Sargadelos, hecha añicos, también el jarrón de cristal de Bohemia, tres portafotos de plata rodaron también por el mueble acabaron en el suelo con sus cristales rotos, incluso el halcón milenario de Lego que decoraba el salón se llevó un manotazo tan potente que, si bien no llegó a caer al suelo, sí se estrelló contra uno de los laterales de la estantería y sufrió daños…

El desastre podría haber sido incluso peor pero tras esas terrible décimas de segundo sus padres lograron atrapar a la peonza loca que era en ese momento su hija y evitar que diera con sus huesos en el suelo rompiéndose incluso alguno.

Su hermano se reía inconsciente, también ella, mareada e inconsciente de lo cerca que había estado su cabeza de acabar empotrándose con la mesa de centro del salón; sus padres estaban serios aunque no enfadados, en realidad lo que se pintaba en sus caras era preocupación por lo que habían perdido ya (la paloma de Sargadelos, que era un reagalo del abuelo ya fallecido, el jarrón de Bohemia que guardaban con tanto cariño porque lo habían comprado en su luna de miel…) y lo que todavía podían perder…; el niño, tan incauto como su hermana para valorar las pérdidas, sí supo medir la preocupación en la expresión de sus padres, al verla sintió como si a él sí se le hubiera caído la venda de los ojos… y se apresuró a tratar de suavizar el golpe –bueno– dijo –los cristales de los portafotos se pueden reponer y el halcón milenario lo arreglo yo ahora mismo-; la pequeña en cambio, en su inconsciencia, seguía riendo (todavía mareada) mientras sus padres se apresuraban a recoger los cristales rotos y evitar que al desastre ya sufrido se sumaran otros nuevos.

El niño estaba entretenido recomponiendo el halcón milenario tras el accidente, la niña viendo dibujos ya superado su mareo, y sus padres los observaban a ambos con preocupación, sin saber cuánto tiempo tenían realmente por delante todavía confinados, sin saber cuánto más perderían por el camino ni cuán diferente podía llegar a ser su vida cuando todo pasara.

Brillaba un rayo de sol que se colaba por la ventana como queriendo iluminar sus vidas y decidieron aferrarse a él –cuando lleguemos al río, nos descalzaremos– recordó ella, y preparó chocolate para merendar.

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