Golpes.

Érase una vez una historia de golpes buenos y malos, de suerte y de desgracia y de todos los colores que culminó con un gran golpe de realidad ¿o era un baño?. No lo recordaba bien...

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Hay golpes de suerte y golpes de mar, golpes bajos y golpes de poca o mucha gracia, golpes de volante, de calor, de ariete, de efecto, de vista, de viento, de tos, de pecho… e incluso golpes francos; están los golpes que nos damos y de los que nos libramos, los golpes que soñamos y los que nos despiertan… de golpe.

A ella le gustaba un golpe de leche en el café y dos de mar en la playa, uno de volante para enderezar el rumbo de la vida y de vista todos, para no perderse nada; lo de los golpes de pecho nunca lo había entendido y los golpes francos eran los suyos, siempre clara y directa, claro que por eso le decían aquello de no todo el mundo aguanta la verdad tal como la dices‘, es decir, tal como es… vale; ese había sido el golpe más duro de todos, el que más había dolido, el golpe de realidad, la realidad propia de un mundo del revés.

Tampoco es que importara mucho, siempre había sido muy a su aire y a su bola, de poca molestia y de menos molestar, lo suyo en el fondo era un vivir (a su aire) y dejar vivir (a cada cual al aire que se le antojara) y quienes no lograban respetar eso solían acabar lejos de su vida; era un proceso natural, casi indoloro, era como cuando el agua y el aceite se encontraban, nunca se mezclaban y así le ocurría a ella con quienes pretendían hurgar en su vida y con quienes le pedían, exigían incluso, que fuera ella quien hurgara en la suya; lo tenía claro, tenía una vida para vivirla y no pensaba malgastarla jugando con la de los demás ni tampoco permitiendo que nadie jugara con la suya. Así de sencillo.

Mientras se preparaba un café helado para disfrutarlo en la terraza (en la de su casa, a la del bar todavía no se había animado a acercarse) se preguntó qué había cambiado, qué estaba cambiando para que ahora el mero ejercicio de la más básica libertad fuese, o puediera ser, un problema; no lo entendía o tal vez no lo quería entender ¿había sido la pandemia o se venía fraguando ya antes? sabía que las cosas rara vez ocurrían de repente o por casualidad…

No podía evitar pensar que todo había empezado con la policía del visillo, con los deditos acusadores que señalaban a quienes llevaban mascarilla cuando se decía que no eran necesarias y con esos mismos deditos acusadores que ahora señalaban a quienes salían sin ella; si tenías una justificación médica mejor llevarla tatuada en la frente para evitarte una mala mirada, una peor palabra y un ¡no valen las disculpas!, pobre de ti si te despistabas… ¿En qué momento nos creímos con derecho a imponer nuestro criterio sobre cualquier cosa a los demás? La pregunta la golpeó fuerte porque en el fondo, y por poco que le gustara, conocía la respuesta… había leído lo suficiente, visto suficientes películas y conocido a más gente de la necesaria para saber que las pulsiones totalitarias son propias del ser humano, la ‘sorpresa’ era ver como en un golpe de ingenio ahora se vestían de respeto a la libertad de los demás, es decir, no se trataba ya de que cada uno fuese libre de hacer con su vida lo que le diese la gana mientras respetase que los demás hiciesen lo propio, no, no era eso; ahora primero había que respetar que ‘la gente’ hiciese de su vida lo que se le antojara y solo en al margen que quedaba libre podías tú hacer tu santa voluntad.

Nunca había tenido alma de revolucionaria. Tampoco de sumisa. Siempre había vivido entre equilibrios tratando de respetarse a sí misma y a los demás. Y ahora cada día se sentía un poco más acorralada que el anterior, como si sus equilibrios fuesen imposibles y tuviera que elegir entre la revolución y la sumisión… ¿sería eso que algunos llamaban ‘polarizar‘? y entonces recordó aquellas frases sueltas de tiempos pasados ‘nos conviene que haya tensión‘… ese era el golpe de realidad del día, o el baño. No. No había sido la pandemia.

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