¿Gato o tigre?

Érase una vez la historia de un café de sobremesa, o tres, con gato, tigre de agua, columna de opinión y periódico viejo.

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Se acercó al buffet sobre el que su madre había colocado el servicio del café para servirse otro y con ese iban ya tres, aquella sobremesa le estaba resultando tan divertida como reconfortante, la estaba disfrutando como pocas y el mejor modo de alargarla era maridarla con café. No era una sobremesa de perros y gatos, como solía, sino una de gato y tigre.

Su hermano la miraba con picardía, sabía que si ella seguía todavía allí sentada pasadas las 4 y bebiendo café templado era porque ni se había callado sus pensamientos ni había tenido que defenderlos frente a la cabezonería de su madre y de su hermana, lo había hecho Savater y ella era la beneficiaria de aquello porque ver a sus contendientes habituales tratar de desmontar de la realidad a Savater y fracasar frase a frase era más de lo que había podido soñar aquel domingo cuando se había levantado con la pereza de la reunión familiar pendiente.

Tigre dice… no llega a lince ¡con lo que fue este hombre! Un gato siamés es lo que es, que no tiene edad para otra cosa– bramaba su hermana –bueno, bueno, bueno– se rebelaba su madre –es más joven que yo, la edad no es excusa para decir tonterías salvo que se haya perdido la cabeza; por la edad no será y la cabeza la tiene en su sitio, será que desde lo de su mujer ya no es el mismo, a ver si va uno a cambiar de especie con los años ¡no digas tonterías niña!le recriminó cada vez más indignada con el ataque de su hija a la edad septuagenaria sintiéndose directamente aludida.

Y entonces– guerreó su hermano –¿por qué será? Está lúcido y siempre habéis defendido que era un sabio ¿por qué ahora no?- Su hermana empezó a divagar y acabó recurriendo a otro fijo en la quiniela, si no podía ser por la edad ni por la poca cabeza sería sin duda porque la mano que mece la cuna estaba meciendo su sillón… De nuevo madre e hija se enzarzaron, la una tachando al sabio de vendido y la otra de ser tristemente manipulado. –Claro, claro– pensó ella –sabéis más vosotras, estáis más informadas y sois más lúcidas que él– pero no dijo nada, disfrutó de otro trago de su tercer café prometiéndose que cuando lo terminara se marcharía a casa cuando su  hermana, buscando una salida a tanto lío con su madre, disparó a matar –¿y tú qué piensas?– le soltó.

Se encogió de hombros con indiferencia y su hermano se arrellanó en el sofá porque la conocía lo suficiente para saber que iba a soltar un dardo: –no sé– empezó despistando –tal vez que alguien a quien tenemos como referente nos sorprenda en un momento dado debería hacernos pensar ¿no?-.

¿Pensar qué?– saltó su hermana; ella la miró sin decir palabra, el silencio se podía cortar con un cuchillo –pensar en lo que acabas de leer– aclaró señalando al periódico que estaba sobre la mesa abierto por la columna de Savater. –Ya. No soy tonta querida, eso lo entiendo pero ¿qué quieres que piense? ¿si este buen hombre es tigre o se nos ha convertido en gato?-.

Nadie comentó nada acerca de su tontería pero su hermano no pudo contenerse: –podríamos pararnos a pensar que tal vez seamos nosotros quienes nos estamos quedando atascados en nuestra idea de la sociedad y del mundo y que es hora de evolucionar, por ejemplo…-. A su madre se le puso cara de horror, sus ojos se abrieron hasta casi salírsele de las órbitas pero logró articular palabra, su hermana en cambio no pudo contener una sonora carcajada propia de un demente… –¡mira!– dijo buscando la complicidad de su madre –¡ya no progresa, evoluciona! ¡está hecho un rancio conservador!-.

Sí, claro– respondió él alardeando de ironía –como Savater-; ante el peligro evidente de que el debate subiera de tono más de lo razonable ella dio por terminado su café, miró el reloj y diciendo no-sé-qué del trabajo pendiente se dispuso a marcharse; –¿te vas cual gatita siamesa a tu rincón junto a la chimenea o la jungla de Kipling como buen tigre de agua?– le preguntó su hermano a modo de despedida, ella sonrió y se limitó a devolverle la pregunta –¿cuándo he sido yo un dulce gatito?-. Su madre miró al techo y meneó la cabeza soltando un jamás que se oyó en toda la casa…

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