Estado de alarma.

Érase una vez la historia de un estado de alarma íntimo que no decaía ni aunque así lo ordenara el ejecutivo con el apoyo del legislativo y el refrendo del poder judicial. O sí.

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En estado de alarma. Así se sentía. Y no era la primera vez. Sus congéneres tenían la habilidad de llevarla a ese estado del ser , el de alarma, más a menudo de lo que cabría esperar de una sociedad civilizada. ¿Y a santo de qué esa sensación de agobio y de ahogo, de angustia vital y de vitalidad asfixiada? ¿por qué ese estado de alarma íntimo ahora que ¡por fin! decaía el impuesto por ley? sus congéneres… Ellos. Y ellas.

Que el miedo es libre, dicen, pues el estado de alarma también, que se lo dijeran a ella, que vivía un un ¡ay! tras haber tenido que escuchar, absteniéndose además de abrir la boca so pena de provocar un levantamiento vecinal, que el estado de alarma perpetuo era el bien porque así la libertad de unos pocos, los que abogaban por una vida de hogar y recogimiento, se vería preservada en detrimento de los libertinos que osaban hacer de la calle su velero y de su vida su santa voluntad.

Que la libertad va por barrios, uno lo aprende más tarde, decían, y ella callaba porque ¿cómo explicar a quien entendía la libertad como el derecho de hacer o deshacer o como la voluntad sujeta a los límites de la ley que la libertad era, en realidad, un estado del ser?.

Se es libre si se quiere serlo. O no. Tampoco era cuestión de caer en la demagogia pero sí. En un país civilizado y democrático es libre quien quiere serlo y los problemas florecen cuando quienes no quieren, no pueden o no saben serlo tratan de imponer sus limitaciones a sus congéneres… ¡ay los congéneres!.

Mucho síndrome de Estocolmo le parecía percibir, mucho miedo, un miedo al que nadie osaba negarle su libertad ¡el miedo es libre! gritaban, pero la valentía no, murmuraba ella para sí misma, el cuello de su camisa y los flecos de su foulard porque sabía que la cuestión no era el miedo como no lo era la libertad, era la responsabilidad y era el respeto, dos conceptos que olían a naftalina y de los que nadie hacía bandera.

Yo soy yo y mi circunstancia. Y el yo, al nacer, es siempre un yo desnudo e indefenso, incapaz, inválido, lleno de vida y solo de vida, de una vida que pende de un hilo, el hilo de la madre (que sí, que la igualdad es una gran bandera ¡soberbia! pero la biología no responde a eslogan alguno, la madre pare y amamanta, de la madre pende la vida, después viene la crianza y ahí la historia ya es de quien la escriba); hasta ahí el yo ¿y la circunstancia? la suerte, el azar, la lotería. La lotería de nacer en España, en Inglaterra, en Francia o en Nigeria, en Etiopía o en el Congo, en la India, en China o donde Cristo dio las tres voces. Y con esos bueyes hay que arar. Con el yo y la circunstancia. No. No nacemos con derechos ni tampoco con deberes. Nacemos con una vida que pende de un hilo y en las circunstancias en las que nos haya tocado. Y nacemos libres. Libres de hacer con ese yo y esa circunstancia lo que se nos ponga en las ganas, lo que seamos capaces de hacer, lo que queramos, lo que soñemos, lo que podamos…

No hay culpables. Nadie tiene la culpa de que nuestro yo haya nacido con miedo o con valor, medio cojo, ciego de un ojo o sectario de los dos, nadie tiene la culpa de las disfunciones que nuestro pequeño cuerpo esconda al nacer, de que un buen día nos despertemos diabéticos o epilépticos, es el yo, que no es nunca, jamás, perfecto; nadie tiene tampoco culpa alguna de nuestra circunstancia, ni la circunstancia puede servir de excusa, con viento a favor han naufragado vidas llamadas a ser grandes y con todo en contra han llegado a puertos magníficos otras llamadas por el camino del olvido.

En realidad no es el yo ni es la circunstancia. No es ni tan siquiera la inteligencia ni el esfuerzo, poderosas fuerzas ambas de la naturaleza. Es la voluntad. La voluntad de ser, de hacer y de sentir. Porque cuando se trata de la voluntad que sean otros los que sean, hagan y sientan ya no hablamos de libertad sino de su antítesis.

Estaba divagando y lo sabía pero ¿cómo no hacerlo? había soportado una reunión de vecinos en la que el cabreo íntimo y personal de unos cuantos había amenazado con provocar una ciclogénesis explosiva épica, eran los que se sentían por encima del bien y del mal y dueños y señores de una verdad que era, por supuesto, única; eran los que tenían la voluntad de que otros fueran, hicieran, sintieran… Una voluntad, por suerte, frustrada.

Pero ni tan siquiera aquella certeza, la de la voluntad torcida frustrada, levantaba el estado de alarma en el que vivía porque se había dado cuenta de algo realmente inquietante: la magnífica capacidad de cada vez más gente para ver el mundo a través de sus propias gafas haciendo de esa visión personal y distorsionada su realidad, una realidad única que negaba cualquier otra por falsa que se demostrase…

¿Dónde quedaba entonces la verdad? la verdad estaba en espera; en espera de ser descubierta; era paciente y eterna, inmortal incluso, y esperaba unos ojos limpios y honestos, transparentes y ajenos a cualquier cristal de colores para deslumbrar con sus certezas.

Se preparó un gin tonic con unas gotas de lima y se regañó a si misma porque descubrió que su yo la estaba engañando, estaba haciendo de su circunstancia una excusa para mantener su estado de alarma íntimo.

Brindó por los miedosos y por los valientes, por los responsables y por los incautos, brindó por todos los que tenían la voluntad de ser, hacer y sentir y a las 12 de la noche, cuando el estado de alarma legal tocaba a su fin, bajó a la calle como declaración de intenciones antes quienes tenían la voluntad de que otros fueran, hicieran, sintieran… porque tenía la firme volutad de ser libre y de negarse a permitir que nadie pensara por ella ni mucho menos le dijera lo que debía pensar y creer o cómo debía vivir.

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