Erupción.

Érase una vez la historia de la erupción más humana del mundo.

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El atasco era monumental y el ruido que generaba ensordecedor; quien no perdía los nervios perdía la razón y, bajo el poderoso manto de la lluvia tormentosa, los pequeños golpes de chapa terminaban de completar el cuadro de la hora punta de la mañana; había quienes parecían entrar en erupción tras el volante, gritaban como si así fuesen a lograr que se abriese la carretera como se había abierto el mar Rojo en la Biblia, otros hacían maniobras extrañas como si el carril izquierdo fuese la solución a todos sus problemas y llegar a él su único objetivo, como si, por el mero hecho de ser el carril izquierdo, tuviese que fluir mejor…

En la oficina todo iba igual, acelerado, tenso, irascible… El que no llegaba tarde ni tan siquiera llegaba todavía y, cuando lo hacía, no sabía por dónde iban a llegarle los misiles así que seguía gritando como había gritado tras el volante del coche como si su voz pudiera interceptar los misiles tierra aire que esperaban sobre su mesa, en su correo electrónico o al primer golpe de teléfono.

La vuelta a casa no fue mejor. La tormenta iba y venía, los niños salían de los colegios corriendo y empapados, los padres los recogían al vuelo y las calles se llenaban de luces y colores… de pitidos, gritos y gentes que llegaba tarde al partido, a la extraescolar de inglés, a la telereunión de las 6 o recoger al mayor…

Ya en casa, y con los nervios en tensión tras un día de locos y locuras, el ritmo no se calmaba, más bien al contrario: que si los deberes, que si el uniforme del día siguiente, que si la cena, que preparar la reunión de la mañana, que si revisar no sé qué informe, que si la revisión médica del pequeño, tu analítica pendiente, las mascarillas que se acaban y el pedido por hacer…

Y más gritos y más intentos de poner orden y concierto, de parar el tsunami de la vida que a golpe de rutina y tormenta parecía pretender hacer del otoño un infierno… Porque ni tan siquiera más tarde, cuando al caer la noche parecían caer incluso las tensiones, llegaba la paz, porque entonces era el turno del ¿qué hace este en Córcega? ¿Y al otro por qué lo han soltado? ¿Y tú qué impuesto tienes? ¿Y qué hace el volcán ahora, con su erupción, cambiando los planes del mundo?…

Sabía que no podía acostarse con los nervios a flor de piel, menos aun después de haber cruzado dos o tres palabras discordantes con su compañero de colchón, por eso se preparó un roibos especiado con un toque de canela, agarró un libro y se acomodó en el sofá tras encender la lámpara de leer; le bastaron un par de páginas y medio roibos para sentir que la tensión se dormía… Y pensó que las personas eran como los volcanes, cuando entraban en erupción nada ni nadie podía prever el curso que llevaría su colada lava a modo de verborrea ni los destrozos que causaría en su camino pero sí sabían que, antes o después, el volcán dormiría de nuevo….

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