Duele.

Érase una vez la historia de un hombro, una mochila, una tarde de sol y un duele de esos de los que no se libera uno fácilmente.

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Duele. No como duelen los sentimientos heridos ni las heridas sentimentales. No como duelen los corazones partíos ni los partos a corazón abierto. No como duele el alma con el cambio de estación ni el cambio de estación y su maldita astenia primaveral. No como duele el encierro, ni la pandemia, ni el confinamiento, ni el cierre perimetral. Ni tan siquiera como duele el miedo cuando campa por sus respetos. Duele como duelen los músculos cuando se rompen, cuando te tomas tus 40 largos como si fueran los 30 cortos porque tú lo vales o, por ser más exactos, porque tú te crees que lo vales, te crees que puedes, que podemos, y no, está claro que no podemos.

Y una vez que el dolor llega y se asienta llega también la consciencia, el ser consciente de cada uno de los 40 largos que desvela tu DNI (y tu usuario de twitter porque eres así de incauta), de la estupidez que luces como quien lleva un árbol de Navidad en la cabeza en lugar de un tocado de Philip Tracey; claro que en realidad nada de eso importa, lo único que importa es que duele.

¿Qué duele? te preguntarás. Pues no sé… Ahí, ahí mismo, en ese punto exacto de la espalda donde no alcanzas con el brazo derecho ni con el izquierdo, en ese punto exacto que sirve de unión entre el cuello y el riñón, junto al omoplato, por el lado derecho para más señas (me duelo por el flanco derecho, sí, por el izquierdo hace ya años que ni siento ni padezco). ¿Y a santo de qué duele? a santo de una mochila que nunca debiste cargar solo de un hombro, es más, que nunca debiste cargar de hombro alguno que para algo están los bancos, los poyetes y hasta el suelo, para aguantar la mochila mientras tú te limitas a aguantarte a ti mismo (que hay días que no es ya cosa de poco).

Claro que no vale lamentarse, lo único que vale es arreglar el desaguisado y el arreglo también duele porque los masajes, cuando no son wellness sino ‘ven pacá que te pongo well‘ duelen, porque duele ver el sol por la ventana y sentir el calor de la manta eléctrica en la espalda cual mujer venida a menos… o a más (a menos colágeno y ácido hialurónico o a más… líneas de expresión, según se mire), porque duelen los ‘si es que a quien se le ocurre‘ (sutil manera de llamarte inconsciente) y también los ‘si es que ya no eres una niña‘ (no muy sutil modo de llamarte vieja).

¡Hay que joderse! perdónenme ustedes el improperio… es que duele.

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