De vuelta al cole.

Érase una vez la vuelta al cole más complicada nunca antes vista ni vivida por profesor o alumno alguno en los últimos 40 años.

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Apuró su café tratando de alargar el momento un poco más antes de entrar en el colegio y recibir a sus nuevos alumnos; solía volver con ganas a las aulas tras el parón del verano y ese año, que el parón había sido de 6 meses en lugar de 3, tenía más ganas que nunca aunque sabía que sería de todo menos fácil, los niños llegarían más asilvestrados que nunca, peor preparados a cuenta del trimestre perdido el año anterior y que la exigencia sería máxima, empezando por el hecho de que el colegio parecería más una escuela militar que una escuela a secas… todo por una buena causa, sí, cuidar la salud de los niños, pero eso no haría la vuelta al cole más fácil.

Se aseguró de que todo estaba preparado en su aula: las mesas tan separadas como era posible, el dispensardor de gel hidroalcohólico lleno, las ventanas abiertas… rebuscó en su maletín y añadió un par de cajas grandes de pañuelos de papel sobre la estantería justo antes de colocar en el corcho de la clase un gran cartel que recordaba las tres nuevas normas básicas de la escuela: mascarilla, manos limpias y distancia física (se negaba a utilizar el término distancia social, sólo había que separarse un par de pasos de los demás).

Sabía que aunque las cosas en el aula no fuese exactamente como siempre serían más fáciles que en el resto del colegio ¿qué sería de los ratos de patio sin pelotas ni demás juguetes de los que implicaban un contacto que el coronavirus había prohibido? Volvió a su maletín, que ese año parecía más bien el bolso de Mary Poppins, y sacó un par de folios a modo de chuleta que había preparado la noche anterior ¿qué mejor modo de empezar el cole en un año tan complejo que hacerlo hablando de juegos que escapaban a las restricciones pandémicas que vivían? No sería fácil, los suyos eran ya preadolescentes y, aunque algunos todavía estaban a medio madurar, otros le mirarían ya con el desparpajo y suficiencia propios de la adolescencia ¿juegos yo? juegos tú, sí… ¿o prefieres clase de mates?.

Una vez se dio por satisfecho tras el repaso que había dado a su aula, se asomó a la puerta y vio a el resto de tutores cada cual en la entrada de su aula, a lo largo y ancho del pasillo, apenas hablaban, la mascarilla y la distancia provocaban cierto ambiente asfixiante que solo la llegada de los niños podría romper… Decidió acercarse al patio para verlos entrar y el panorama no le gustó más: bedeles y monitores asegurándose de que los niños entraban ordenadamente y distanciados, todos con su mascarilla puesta y arrastrando sus mochilas, solo los más mayores llegaban con manos libres porque ese era su primer día de cole, eran los últimos en empezar; nada de carreras ni gritos, un murmullo extraño reinaba en un patio en el que se oía más el traqueteo de las ruedas de las mochilas que las voces de los niños ¡qué año tan difícil! pensó…

Y se dio cuenta de que en realidad todo lo que estaba ocurriendo escapaba a su control, no podía hacer nada por aliviar a sus chicos de una vuelta cole convertida en un mundo de normas impensables hasta hacía 6 meses, con juegos limitados y sin excursiones, enmascarados, distanciados…; caminó de vuelta a la puerta de su aula, miró dentro, todavía no había llegado ninguno de sus alumnosy entonces se dio cuenta de que aquel aula sería el mundo de sus chicos durante los próximos 9 meses, un mundo que no podía ser ajeno a lo que sucedía fuera de él pero en el que podían ocurrir cosas magníficas que hicieran que la realidad pandémica importara menos, convertirla solo en parte del fondo del escenario dejando espacio libre para cosas más interesantes… Y eso dependía de él más que de nadie, tenía que ser más ocurrente que nunca, tenía que seducir a 20 mocosos preadolescentes, llevarlos a su terreno y hacer que su aprendizaje a lo largo y ancho de aquel año fuera más fructífero que nunca, el reto era mayúsculo porque a él, que era maestro por vocación y no por un sueldo fijo, le importaba un bledo que los políticos quisieran utilizar la escuela como un aparcadero de niños mientras los padres trabajan, él sabía de la importancia que podía tener, o no, en el futuro de aquellos niños… Él era de los buenos maestros y los niños que comenzaban a entrar en su aula eran afortunados por ello.

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