Cuesta.

Érase una vez la historia del paseo más placentero que puede vivirse cuesta arriba... y cuesta abajo.

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La cola para acceder a la Feria del Libro de Madrid daba miedo y las entradas para degustar cuadro a cuadro la exposición temporal de Magritte en el Museo Thyssen estaban agotadas para aquel día; sintió una punzada de decepción pero no hubo tiempo a que fuera más que eso, una punzada, porque la idea de que la gente se agolpase a las puertas de un museo o de un encuentro librero la reconciliaba con el género humano; probablemente no saldría en la prensa, porque vende más un botellón que un un montón de gente revolviendo libros o mirando cuadros pero ahí estaba la realidad demostrándole, una vez más, que no es tan fiero el mundo como lo pintan los telediarios…

Y, además, estaba en Madrid, en el Paseo del Prado, en el corazón cultural de la capital, sólo tenía que elegir uno de tantos y tan deliciosos planes como le ofrecía esta zona de la ciudad… Claro que no se engañaba, sabía que no había elección para ella, sus pies la llevaban ya hacia la Cuesta de Moyano.

Hay cuestas que te cuestan la vida y otras cuestas que te dan la vida y no importa mucho si tienes que subirlas o bajarlas, el caso que es que algunas son el infierno en la tierra, como la de enero, y otras… el placer en cada paso, como la Cuesta de Moyano.

Y allí estaba su Cuesta, un lugar del que estaba por llegar el primer día en el que saliera de ella sin algún que otro libro bajo el brazo, aquella mañana iba a subirla (para luego bajarla…) y comenzó a caminar desde la caseta número 1 hacia la número 30 revisando los libros usados, viejos o de ocasión a su derecha y los nuevos a su izquierda, buscando tesoros, ediciones descatalogadas, títulos perdidos, cuentos olvidados, antologías desconocidas…

Se ajustó la mascarilla porque había bastante gente dejándose llevar por la Cuesta de caseta en caseta, de puesto en puesto, porque allí estaba Tintín, el mismo que en Canadá habían tenido la peregrina y triste idea de quemar, dispuesto alegrar alguna que otra biblioteca juvenil, había ediciones de Verne, grandes libros de historia y de arte, novelas viejas, los libros de los 5, también señalados por la policía del pensamiento, los de los 3 investigadores, clásicos nacionales, ingleses, franceses, alemanes… revistas viejas, ensayos, tratados de filosofía… y libreros de los de antaño, de esos que se saben los libros y a sus autores, que buscan ese volumen que no encuentras en ningún lugar y acaban diciéndote ‘ve a la caseta 30, que allí lo encuentras seguro‘… y lo encuentras como encuentras un cuento que desconocías de Steinbeck y una obra de Samuel Beckett que no recuerdas haber leído o incluso al Monsieur Dupin de Poe que acabarás colando en la biblioteca juvenil de tu adolescente porque ahora que se acaba el tiempo de los juegos infantiles y los parques de bolas, ahora que ya se pasea con sus amigos y ti no quiere verte ni de lejos ¡qué para algo es ‘mayor’! si no estás para alimentar sus ideas con cuadros, libros y otros paseos por Madrid… ¿para qué estás?.

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