Cuarentena.

Érase una vez la historia de una cuarentena o del día en el que alguien gritó ¡qué se pare el mundo que yo me bajo! y el mundo se paró... tal vez para que quienes gritaran descubrieran que, en realidad, no querían bajarse.

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Al principio sintió cierto alivio, llevaba días observando las gráficas de China, las de Italia y las primeras de España, recordando aquel mensaje absurdo que decía que si venías de zonas de riesgo y no tenías síntomas podías hacer vida normal y ver que al fin se tomaban medidas serias para frenar la curva le daba cierta tranquilidad; claro que después de descansar mejor que otras noches gracias a ese punto de tranquilidad había hecho que mirara hacia los días venideros con mayor atención… Cuarentena. Encerrados en casa. Respiró hondo. Sabía que no iba a ser fácil, que ni todos los Netflix y HBO del mundo sumados a su biblioteca facilitarían más que unos ratos de ocio y desconexión, la vida real sería otra cosa… por eso cogió lápiz y papel y comenzó a organizarse.

Lo primero era organizarlo todo por si alguno de los encerrados en su casa le subía la fiebre (termómetro, paracetamol, elegir habitación y baño para encierro del afectado, organizar su atención, teléfonos a los que llamar… todo preparado y en espera de no ser necesitado).

La compra había que hacerla con cabeza para no acumular más de la cuenta y salir el mínimo número de veces posible, se acabó aquello de ‘el que no tiene cabeza tiene pies‘, sería la lista de la compra la que tendría que complementar su cabeza loca, los pies tenían que moverse sin salir de casa. Y antes de hacer la lista de la compra sería buena idea elegir algunas recetas, un rato de cocina con sus compañeros de encierro como pinches, bien podía ocuparles un rato y alegrarles la boca y la vida.

¡Los deberes! lo que llegaba del cole era de importancia notable porque cuarentena no son vacaciones extra y un preadolescente no se organiza solo… tocaba ayudar, apoyar y organizar, tocaba tutelar, tocaba ser incluso profesor a ratos y ella, que había tomado la decisión consciente de no elegir tal profesión para sí cuando había tenido la oportunidad de hacerlo se preguntaba ¿en qué momento se jodió el Perú?. ¡Valor y al toro! (además de series y Fortnite con amigos).

En su casa habría tiempos de lectura y tiempos de series o películas, tiempos de estudio y teletrabajo y tiempo de noticias, habría momentos de música, otros de silencio, habría conversaciones, ratos de café, de videollamadas, de visitas virtuales a museos y de juegos de mesa; no iba a hacer un cuadrante porque no sumaría al necesario recorte de libertades la implantación de una dictadura militar en casa… pero en su cabeza y su libreta estaría todo y sabía que para que su organización flexible funcionara debía ser consigo misma y con su tendencia a dispersarse más exigente de lo habitual.

No. No iba a ser fácil. Pero decidió pensar en los bisabuelos a los que había tenido la suerte de llegar a conocer, también en sus abuelos… y recordó como les habían exigido guerrear entre vecinos, a ellos ahora sólo les pedían que se quedaran en casa, no a todos, pero sí a casi todos, y por respeto a los que salían cada día para que nada esencial faltase a nadie, no cabía pensar en otra cosa que en quedarse en casa… (miró de reojo a la puerta de la habitación y se preguntó en qué día de la cuarentena se le cruzarían tres cables y vaciaría los armarios, estaba segura de que ocurriría… y ¡ay de la cocina si la cosa se alargaba más de lo previsto! ¿eso contaba como ejercicio físico? cabe que la cuarantena acabara por sentarle mejor a su casa que a ella misma pero ¿qué importaba? lo importante aportar, seguir sumando cosas bellas y útiles al mundo y, si en algún momento no podía hacerlo, al menos no estorbar).

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