Cristal.

Érase una vez la historia del mundo que cambiaba de fondo al cambiar el cristal al través del que se miraba...

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Abrió la caja que permanecía siempre cerrada sobre la cómoda y desplegó ante sus ojos sus caprichos habituales, se sentía levemente avergonzada de acumular gafas de sol del modo en que lo hacía pero ¿no habían quien coleccionaba zapatos como si de meros souvenirs se tratara? ella en realidad no coleccionaba gafas de sol pero le encantaban y cuando necesitaba un capricho que echarse a la vida no era raro que el capricho acabase en forma de montura de pasta y cristales oscuros.

Se justificaba ante sí misma de una mil maneras, la primera y mejor excusa era, sin duda, su fotofobia, la segunda la salud de sus ojos, hasta los oftalmólogos hablaban ya del daño de los rayos UVA en nuestros ojos, seguía con una retaíla de excusas que acababan en el reconocimiento de las gafas de sol como complemento perfecto en todas las estaciones y dejaban un apunto un tanto emocional para el epílogo de semejante lista: a veces el mundo exigía ser visto con otros ojos ¿no era acaso cierto que el mundo es del color del cristal con que se mira? a veces tamizar la mirada era un acto de pura supervivencia.

Pero aquel domingo, a pesar de que veía los rayos del sol colarse entre las rendijas de la persiana, no se decidía, le costaba echarse unas gafas a la cara porque había descubierto que, como sucedía con tantas y tantas cosas, podían llegar a tener un fin perverso; ¿a santo de qué tal conclusión a estas alturas de su vida? sonrió para sí misma y se preparó un café mientras decidía si le daba a sus ojos el gusto de paliar su fotofobia con unas gafas de sol o les obligaba a salir a la calle a ver la realidad en todo su esplendor, su luminosidad y su lado más oscuro.

Nunca había sido ella amiga de colorearse la vida ni de pintarla de colores que no estuvieran en el arcoíris pero el día anterior había comprobado, con no poca vergüenza, como habían quien se plantaba las gafas de sol no sólo para ver el mundo del color que se le antojara sino para ver única y exclusivamente aquello que quería ver; había sido testigo de conversaciones de esas que le hacían sentir vergüenza ajena por una razón, por la misma razón de siempre, porque no se juzgaban los hechos por sí mismos sino en función de a qué personaje se le achacaban, hablaban de política, de cine, de series… pero en no pocos momentos se sintió como en una discusión futbolística, cada cual abrazado a sus colores sin querer ver ni un milímetro más allá de su terreno si no era con el ánimo de conquistarlo. Había ocurrido en su cena de amigas mensual y al volver a casa había decidido que si de ahí en adelante era trimestral estaría incluso mejor porque el ambiente de los hooligans le había resultado siempre irrespirable…

Acarició sus gafas de sol, ahora expuestas sobre la cómoda, y se preguntó si no podía ocurrirle también a ella, si no era posible que al esconder sus ojos tras sus gafas de sol estuviera escondiendo también a su vista matices importantes de la realidad, era, sin duda, una posibilidad y por eso aquella mañana se otorgó la libertad de salir a la calle a ojos descubiertos y deseando, eso sí, que alguna nube de otoño tuviera a bien esconder algún rayo de sol para dejar en el paseo la luminosidad justa.

Sí. El mundo es del color del cristal con que se mira y ella se había jurado a sí misma no volver a mirarlo nunca a través del cristal que nadie le indicara, lo miraría a pelo o a través del cristal que se le pusiera en las ganas pero nunca utilizaría el cristal de sus gafas para ver de la realidad de modo políticamente correcto o incorrecto a petición de los unos o los otros y no lo haría por una única razón: un hecho es reprochable o no así lo cometa dios o el diablo ¿atenuantes y agravantes? como las meigas, haberlos hailos pero nunca, jamás, cambian el hecho.

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