Censura.

Érase una vez una tarde de domingo de invierno y frío, de lana, conversaciones, ideas, censura y liberdad; una de esas tardes en las que las cosas demuestran no ser siempre tan simples como parecen.

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Era una tarde de domingo e invierno como tantas otras, la abuela tejía en silencio en su sillón, junto a la ventana, como queriendo atrapar hasta el último rayo de luz natural que pudiera colarse por ella pero tenía a su lado una gran lámpara de pie que encendería cuando sus ojos se negaran a ver un solo punto más sin ella; permanecía en silencio, como hacía siempre, a veces porque contaba puntos, en otras ocasiones porque escuchaba, por momentos parecía absorta en su labor (que era ingente porque seguía manteniendo su personal tradición de Navidad: bufandas de lana para todos el día de Nochebuena), pero a veces descubrían su mirada furtiva observándolos y a veces, sólo a veces, ponía algún que otro punto sobre la i, lo hacía hablando suavemente, como sin saber, como si no fuera consciente de cuánta razón encerraban sus palabras pero aquella tarde no había dicho ni ésta boca es mía y es que aquella tarde el salón era un trasiego de gentes y llamadas de teléfono porque hacía tal infierno de frío y lluvia en la calle que nadie había querido asomarse por la puerta, acabada la comida todos se habían acomodado de puertas para dentro.

Los niños organizaban carreras de coches por el pasillo y entre los mayores había ocupaciones para todos los gustos, alguno había echado mano de un libro, algún otro del ordenador por aquello de matar la tarde adelantando trabajo, había quien ocupaba la tarde en preparar magdalenas y un bizcocho en la cocina y quien comenzaba a buscar las cajas de los adornos de Navidad aunque en aquella casa no se colgaba una guirnalda ni se abría una tableta de turrón antes del Puente de Diciembre; la abuela tejía, eran muchas bufandas las que tenían que salir de sus manos antes de que llegara Papá Noel –¿la mía puede ser verde y amarilla?– preguntó la más pequeña de la familia –por supuesto– respondió sonriente la abuela fijando después la atención en la pequeña tertulia que se había organizado en la mesa, al calor de una nueva jarra de café recién hecho.

Le llegaban sólo retazos de la conversación pero no necesitaba mucho más que eso, conocía a los tertulianos como si fueran sus propios hijos y nietos, se dio cuenta de que hablaban del muchacho al que habían denunciado por sonarse los mocos en una bandera española, algo a lo que ella no había prestado ni la más mínima atención porque le interesaban tan poco las banderas como los que se burlaban de símbolos que significaban algo para alguien, en cambio en su familia el tema sí parecía haber interesado a muchos y lo había hecho en diferentes direcciones; había quien defendía ardorosamente la libertad de expresión y quien esgrimía el delito de odio, de incitación a él, como un hecho imperdonable, ella escuchaba y callaba, el tema la aburría… hasta que alguien mentó a Franco y a la censura, entonces comenzó a prestar más atención a la conversación de la mesa grande que a contar puntos (lo cual le supondría deshacer parte de la labor pero no le importó demasiado, eran gajes del oficio).

¡Pregúntale a la abuela, pregúntale!– exclamaba su hija indignada por la defensa que el mayor de sus vástagos hacía del muchacho que había tomado la bandera de España por pañuelo –¡aquello sí era censura!– continuó indignada –¡no ésto! ¡¿qué censura ni qué censura?! ¡ésto es una falta de respeto, hombre! ¿no te he enseñado yo a ti que hay que respetar la libertad de los demás y no sólo la de uno mismo? ¡pués esa bandera significa algo para mucha gente!– el adolescente respondió iracundo –¡pués que lo signifique! pero si para mi no significa nada ¿por qué no puede ser un pañuelo eh!? ¡van contra la libertad de expresión!-; la abuela había levantado la vista de su labor consciente de que se había equivocado ya unos puntos atrás y, antes de centrarse en deshacer, esperaría que llegara el momento de tomar la palabra porque ya había decido hacerlo aunque no todavía…

Mira– continuó si hija con indignación creciente hacia su peleón adolescente –te voy a poner un ejemplo: cuando a la abuela le daban palos en la boca por hablar gallego ¡aquello sí era censura! ¡tú eres libre de hablar como se te ponga en las ganas pero tu libertad termina donde empieza la de los demás y eso has de respetarlo ¡y no es censura ni tiene nada que ver con la censura!…– entonces intervino la hermana del adolescente rebelde, su melliza –no sé- le dijo a su hermano –es como cuando en el instituto hablamos en gallego aunque en casa y con nuestros amigos hablamos siempre en castellano, lo haces porque los profesores te hablan en gallego ¿no? estaría feo hablarles en otro idioma, no sé, eso es respeto ¿no?– el adolescente iracundo pegó un bote en la silla –¡y una leche!– bramó dejando a su madre estupefacta –¡hablo en gallego porque sino me meto en un lío y lo mismo me catean!– la abuela sonrió condescendiente, inclinando ligeramente la cabeza, sabía que su nieto era un estudiante de los de ‘por los pelos’ y que no podía permitirse dar ni el más mínimo motivo a sus profesores para limar sus notas porque, como bien decía, de sus aprobados ‘por los pelos’ al suspenso no iba ni un mal examen; al oir la risa de la abuela todos se giraron hacia ella, sabían que pondría algún que otro punto sobre la i.

Querido– dijo la anciana dirigiéndose a su nieto –¿qué diferencia hay entre la obligación que yo tenía de hablar castellano y la que tienes tú de hablar gallego?– el joven sonrió como el sabiondo que no era y respondió con la boca llena de razón –tú vivías en una dictadura abuela, yo vivo en democracia, lo tuyo era censura– entonces fue su madre la que sonrió como si lo hubiera pillado con las manos en el bizcocho recién salido del horno –¿una democracia en la que no puedes hablar en el idioma que quieras o podrías ‘meterte en un lío’ como en una dictadura?– el joven se revolvió en la silla tratando de procesar la pregunta de su madre –pero mamá ¿ahora me vas a decir que vivimos en una dictadura?– su madre movió la cabeza afirmativamente –la de lo políticamente correcto apostilló pero antes de que el tema derivaba por otros derroteros, la hermana del adolescente iracundo preguntó a la abuela –¿tú cuál crees que es la diferencia, abuela? ¿en qué es diferente que tú no pudieras hablar gallego de que nosotros no podamos hablar castellano en clase?– antes de que la abuela respondiera, su hermano saltó (literalmente) de la silla –¡hombre! ¡que a la abuela le daban un guantazo si hablaba gallego y nosotros lo hablamos si queremos!– antes de que la abuela respondiera, lo hizo su hija –¿si quieres? ¿o si no quieres meterte en líos?– el adolescente no supo que responder y salió con un –¡a ver qué dice la abuela, que no le dejas hablar!– la abuela sonrió levantando la vista de su labor (acababa de deshacer media bufanda) –tú mismo acabas de explicar la diferencia, querido– el joven la miró inquisitivamente ¿de veras lo había hecho? –a mi me obligaban a hablar castellano y hablar gallego me salía muy caro… a ti no te obligan a hablar gallego pero hablar castellano te sale tan caro que no lo haces; tal vez no haya mucha diferencia… o tal vez sí, al fin y al cabo yo tengo excusa, vivía en una dictadura, te podían meter en la cárcel e incluso fusilarte por cualquier cosa, tú vives en libertad ¿no? quiero decir que eres libre de elegir ¿verdad?– se podía escuchar el vuelo de las moscas, el joven adolescente se encogió de hombros pensativo y murmuró –tal vez no…-.

Su madre lo observaba desde el otro lado de la mesa pero no hizo ni el más mínimo comentario, sólo esperaba que aquel invierno le regalara muchas tardes de domingo como aquella para poner la libertad individual sobre la mesa tantas veces como fuera necesario para que sus hijos se convirtieran precisamente en eso, en individuos libres capaces de respetar la libertad de los demás.

 

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