Caminos.

Érase una vez la historia de un cruce de caminos, uno fácil, otro difícil...

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Apuró su botella de agua y se ajustó la gorra, miró hacia delante y se quedó pensativa ante el cruce de caminos, volvió a revisar el mapa y respiró hondo, no le serviría de nada enfadarse consigo misma pero lo cierto es que se había perdido; podía volver sobre sus pasos pero su cabezonería (y un toque de orgullo) le impedían hacerlo, seguiría adelante aunque fuese para perderse más.

El camino de la derecha parecía subir por la ladera de la montaña al tiempo que la rodeaba, al tiempo que el de la izquierda marcaba una senda descendiente que parecía más fácil de recorrer… ¿cuál elegir? miró de nuevo el mapa tratando de ubicarse pero no había modo; oyó pasos a su espalda y vio a un un tipo solo y taciturno enfilar el camino de la izquerda sin pensar, como si supiera donde iba… miró el mapa una vez más y, ante su incapacidad para ubicarse, optó por seguir el consejo de su abuela: los caminos fáciles no llevan a ningún lugar al que merezca la pena ir. Tomó el de la derecha.

Por si no fuese suficiente que el camino se empinara y estuviera perlado de piedras que incomodaban el paso, también tendía a estrecharse… lo único positivo era que en cada recodo, cuando podía asomar la cabeza entre la vegetación, la vista era espectacular, con el mar al fondo y el sol en todo lo alto; continuó a paso lento, constante y decidido, sin mirar el mapa ni una vez más porque había decidido ni plantearse dar media vuelta y las bifurcaciones que se encontraba la tentaban con caminos que tenían más pinta de vías muertas que de llevar a ningún lugar feliz.

A cada tramo difícil que se veía obligada a transitar la voz de su madre, a veces también la de su hermana, resonaba en su cabeza –¡loca! ¡¿pero dónde vas?! ¿¡qué pretendes ahí tú sola?! ¡esa no es una actividad para una mujer sola! ¡cómo te atreves!-. Por momentos le daba rabia que aquellas voces se presentaran incluso montaña arriba y lejos como estaba del mundanal ruido y del amor fraternal pero no podía evitar reconocer que resultaban, aunque no fuera esa su intención, toda una motivación ¿qué cómo se atrevía? se atrevería entonces dos veces…

Era temprano, por mucho que se perdiera tenía todavía horas por delante para encontrarse (o para que la encontraran) y no tenía intención alguna de salirse del camino que había decidido transitar, aventurarse monte a través sí sería una inconsciencia, una locura que no acometería por muchas voces que resonaran en su cabeza; hizo un pequeño descanso y se echó un poco más de protección solar tanto en el rostro como las partes del cuerpo que no cubrían su camiseta y sus shorts; respiró profundamente y dejó que los aromas de la vegetación de montaña inundaran su cuerpo… ¿qué cómo se atrevía? la pregunta era al contrario ¿¡cómo no se atrevían ellas?! cómo podían perderse aquellas vistas, aquellas flores, aquella luz, aquellos aromas… recordó una vez más el consejo de su abuela acerca de los caminos difíciles y deseó que los siguientes tramos fueran todavía más retorcidos que los anteriores. Lo fueron.

Pero llegó a su destino y no fue la última en hacerlo; al llegar a la cima vio a una pareja que había salido al mismo tiempo que ella descansando tumbados en la hierba pero tardaron todavía un rato en llegar un par de grupos más que habían salido con ellos; el tipo taciturno que echara a andar solo por el camino de la izquierda llegó más tarde y más taciturno de lo que lo dejara horas atrás, jurando en arameo acerca de lo tedioso y feo del camino (es lo que tienen los caminos fáciles, pensó…).

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