Bledo.

Bledo. Un bledo para ser más precisos. Eso era exactamente lo que le importaban las noticias del día... Y no era una sensación agradable.

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No es que hasta la fecha hubiese tenido espíritu de historiador de su tiempo, en realidad siempre había habido noticias cuyos detalles podría haber comentado con un rotundo ‘me importa un bledo’, el problema era que últimamente todo terminaba así, a vueltas con el bledo… y eso que ya sabía que el bledo debía importarle más puesto que se trata de una planta así llamada por su nulo contenido en notas sápidas, dicho de otro modo, no sabe a nada pero considerada nada menos que un oxigenante cerebral, una planta rica en potasio, sodio, calcio, hierro y fósforo nada menos; pero la sabiduría popular tiende a pesar más que el origen griego o latino de las palabras y lo carente de interés sería, por siempre jamás, eso que nos importa un bledo.

¿Sería grave lo suyo? Paseaba los titulares de los periódicos como quien lee un cómic sin gracia, zapeaba como si no hubiese un mañana entre un telediario y otro, saltando de un canal a otro saltándose así el grueso de las noticias; ¿le ocurriría así con todo? ¿estaría haciéndose mayor  a velocidad de AVE? Tal vez… o tal vez fuera el hastío, el cansancio, la hartura… el hecho cierto de que sus ganas de que lo dejaran en paz se habían elevado a la enésima potencia. Incluso Elvis, su perro, parecía entenderlo y se mantenía a cierta distancia salvo cuando llegaba la hora de su paseo.

Ya no podía más con todos los consejos, recomendaciones y globos sonda buscando apoyo para acabar convertidos en ley que trataban de decirle cómo vivir ya no desde la perspectiva del respeto a los demás y al entorno que habitaba, eso podía entenderlo incluso sin que mediase explicación alguna, sino a modo de guiaburros: esto es lo que debemos comer, esto es lo que no debemos hacer, esto es lo que nos debe gustar, esto es lo que no debemos tolerar…

¿Y usted para qué carajo se cree que ha venido al mundo? Se preguntó ante una imagen de Putin en televisión ¿quién se cree que es? ¿por qué se considera con derecho a decir a otros cómo dirigir los designios de su destino?

Por el bien común… esa era la respuesta comodín, toda norma, ley, consejo, directriz o recomendación que osaba criticar topaba con el mismo muro: es por el bien común; lo hilarante del asunto era que quien defendía esa norma, ley, consejo, directriz o recomendación no mostraba respeto alguno por la cosa en cuestión ¿la razón? El bien común es cosa de los comunes mortales, de los pobres y de la clase media que se cree rica pero es en realidad pobre de espíritu, quienes ocupan puestos más elevados del escalafón social son pocos (y jetas, que no cobardes) y, siendo pocos, es intrascendente que vuelen mensualmente a las Maldivas y coman jamón ibérico para desayunar. Pero tú, alma de cántaro, tú y los miles que hay como tú (porque tú eres uno entre tantos, no como yo que estoy entre los elegidos para cambiar el mundo a mi antojo) tú has de trabajar por el bien común... y no digas que no o tu muerte civil será inmediata.

Ahora bien, pensaba él mientras se vestía para disfrutar un momento que resultaba importarle más que un bledo, el del aperitivo, si la caridad bien entendida empieza por uno mismo, la lucha por el bien común también podría empezar del mismo modo ¿no?.

¡Una de pulpo, dos de gambas y tres cañas bien tiradas!

Y ahí estaban, el grupo de amigos de toda la vida, cada uno con sus canas, sus kilos y sus hijos, todos profundamente preocupados por el bien común y disfrutando un poco de la vida… en común, todos juntos; ‘de verdad te lo digo’ dijo la mujer de su mejor amigo dejando el periódico a un lado, ‘me importa todo un carajo’. Él sonrió. ‘Un alivio saberlo’, respondió recordando su bledo matinal…

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