Aristas.

Érase una vez una noche de aristas en los muebles y en el ánimo, en el sueño y en el despertar, en el insomnio, en la vida y en la muerte.

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Despertó de madrugada sin saber muy bien por qué, el silencio era absoluto y solo un tenue rayo de luna iluminaba se colaba por la rendija de la ventana y rompía la negrura de la noche, miró el derpertador, eran las 3 de la mañana. Escondió la cabeza bajo la manta e intentó sumirse de nuevo en un sueño profundo pero lo que quiera que la había despertado continuaba impidiéndole conciliar un buen sueño. En mala hora decidió levantarse a beber un vaso de agua porque en esa hora su pierna se tropezó con la esquina de la cómoda y el dolor del golpe la despertó del todo. Las aristas, pensó, las aristas de los muebles son como las de la vida, te las encuentras cuando menos lo esperas y del modo más inconveniente…

Continuó su paseo hasta la cocina, nunca su apartamento le había parecido tan grande, y solo cuando logró sentarse con una bolsa de hielo en el lugar exacto en el que su pierna acababa de encontrarse con la esquina de la cómoda se sintió despierta del todo aunque desde luego no despejada.

Se sentía rara y su cabeza divagaba de un modo extraño, no era supersticiosa pero no dejaba de pensar que algo la había despertado de su profundo sueño, algo le había impedido conciliar de nuevo el sueño, la había impelido a levantarse, la cómoda se había cruzado en su camino ¡años llevaba esa cómoda en ese sitio exacto sin que jamás se golpeara con ella!. Era como si el universo se conjurara para mantenerla despierta… a las 3 de la madrugada.

Era absurdo, y lo sabía, pero ya fuera por lo escueto de su descanso aquella noche o por el ambiente oscuro de la noche solo roto por el brillo de la luna, que era propicio a la tétricas imaginaciones, el caso es que así divagaba su cabeza… Cuando el dolor del golpe menguó un poco volvió a la cama para tratar de reconciliarse con la almohada pero no pudo y a las 5 de la mañana decidió darse una ducha y prepararse un café, puestos a no dormir, al menos despertar del todo.

Todavía no había amanecido y todavía le dolía el golpe que se había dado de madrugada, recordó entonces su extraño pensamiento ‘las aristas de los muebles son como las las de la vida…‘, así era, así lo sentía, ahí estaba la huella en su pierna, un cardenal que iría doliendo menos y volviéndose más feo y amarillento del mismo modo que los golpes que se llevaba uno en la vida se curaban con el tiempo, no sin antes doler, afear y amargar el ánimo.

Claro que, después del café, su mente estaba más despejada y aquel pensamiento cobraba un sentido diferente o, cuando menos, más profundo; recordaba las aristas de la vida con las que se había golpeado fuerte no hacía tanto tiempo, en ocasiones había sido por errores de cálculo propios pero en otras… en otras no acababa de entender por qué había sido: ¿en qué momento se siente alguien con la postestad de decir a los demás lo que tienen que hacer o decir, lo que deben pensar y comer, lo que no deben tolerar y lo que deben admitir? ¿qué pasa por la cabeza de esos nuevos profetas para impelir a nadie a unirse a su tropa y aniquilar civil y hasta físicamente a quien ose poner pie en pared y no rezar a más dios que su libertad?.

Recordó entonces al profesor asesinado en las calles de París, recordó como nadie había puesto pie en pared ni rodilla en tierra y sintió como si con aquel hombre hubiera muerto un poco la libertad de todos.

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