Aplauso.

Érase una vez una mañana de pereza y domingo, de aplauso, pitos, silencio y café, mucho café.

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¿Negarse a aplaudir podía convertirse en un acto revolucionario? Silbar, pitar y abuchear sin duda lo era y si algo tenía claro es que esas acciones no eran monopolio de nadie, eran las herramientas de quienes no mandan frente a los que mandan por la gracia de su voto; le resultaba extraño estar haciéndose aquella pregunta ¿cómo era posible pensar en la negación del aplauso como acto revolucionario cuando todavía sentía en las palmas de sus manos los aplausos de las 8 de la tarde de hacía tan solo unos meses? No sabía si era la digitalización o la manipulación informativa, las redes sociales o la socialización del individuo pero los cambios no corrían, volaban sobre los meses y sus días cuando no sobre éstos y sus horas.

Y, según soplaran los vientos de cambio, lo que hoy era blanco mañana negro, lo que ayer estaba prohibido hoy era un derecho, el que antes mataba es hoy un buen amigo y el buen amigo de siempre, si no acataba el decálogo del momento, un enemigo a perseguir y batir. Claro que lo peor no era todo eso, los malos y los buenos han existido siempre, también los apáticos, los gregarios, los serviles, los valientes, los hostiles, los cuerdos y los locos, los que pensaban antes de hablar, los que no lo hacían nunca e incluso los que por no pensar, pagaban; la sociedad siempre había sido diversa y siempre tendería a esa diversidad por más que trataran de uniformarla porque el individuo, salvo lobotomía social, tira a su personal, única e irrenunciable zona de confort como la cabra tira al monte. ¿Qué era entonces lo peor?.

Respiró profundamente tirada como estaba en el sofá (porque no se había tumbado, se había tirado) y sonrió al mirar sus zapatillas: ‘esta noche me quedo en casa, peli y palomitas‘, sonrió porque eso era exactamente lo que había hecho la noche anterior, bajar la pantalla, encender el proyector, preparar un cuenco de palomitas y disfrutar al modo clásico, eso sí, refrescando el toque salado y picante de sus palomitas con un gin tonic con lima y hierbabuena. Planazo de otoño, sin duda.

Se levantó con cierta pereza y se preparó un café a ver si así lograba desperezar su cuerpo y responderse ¿qué era entonces lo peor? Lo peor no era pensar o no pensar, lo peor no era tener o carecer de capacidad crítica, lo peor no era seguir al líder del partido como las ovejas siguen al pastor o los creyentes al sacerdote, no… lo peor era que no había opción porque para pensar con capacidad crítica hay que saber algo, hay que tener referencias que permitan comprender lo que sucede, si somos hojas en blanco en las que el líder, el jefe, el padre, o maroto el de la moto escribe lo que quiera y esa es nuestra única referencia… No era ingeniería social, era lobotomía social y no importaba si se teñía de rojo, de azul, de verde o de morado porque sea cual sea el fin el medio es siempre la restricción de libertad de pensamiento (y, de ahí en adelante, de cualquier cosa).

Después del café llegó incluso a comprenderse a sí misma por un momento. Sí, no aplaudir podía ser un acto revolucionario, lo era de hecho, un acto silencioso que mientras hubiese una masa crítica dispuesta a dar palmas no tendría mayor trascendencia, lo sabía, porque además basta un palmero para romper el silencio pero cuando los líderes agrupan a los suyos, bocata y viaje mediante, para rendirse homenaje a sí mismos sin que se tenga noticia de mesa de trabajo alguna en la que nadie cuerdo y justo se esté devanando los sesos para buscar soluciones a los acuciantes problemas que padecemos, lo único que nos queda es guardarnos las manos y grabarnos a fuego en la memoria que si bien los palmeros ganan siempre al silencio, la mayoría silenciosa, si es de verdad mayoría, gana donde de verdad importa. En casa, en el colegio, en la calle, en la oficina… cabe que incluso gane en las urnas…

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