Amores.

Érase una vez un cuento de amores buenos y de amores perros, de amores eternos y fugaces, de amores locos y cuerdos que haberlos... hailos.

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Ay! amores que matan y amores que mueren, amores eternos y fugaces, dulces, ácidos, amargos, salados, picantes… e incluso umami; amores que saben a todo y a nada, sosos o coloristas, discordantes, atrevidos, diferentes, funcionales y también tradicionales; amores románticos y amores filiales, amores buenos y amores perros… Amores que aman lo bello: la inmensidad del mar o la espesura del bosque, la sonrisa de un niño o la elegancia de un zapato, un libro abierto, una película antigua, un cuadro de Klimt y la Quinta Sinfonía de Bethoveen.

Pero por encima y por debajo de todos esos amores estaban siempre los amores racionales.

Y ahí se quedó, en los amores racionales, su columna no avanzaba y ella comenzaba a desesperarse porque no era cosa de que no supiese qué decir ni cómo decirlo, no eran las musas quienes la habían abandonado, era la Real Academia que parecía dispuesta a robarle trocitos del español (como la tilde del solo que con su sola desaparación hacía que no supiera si Mario había venido solo a verla o solamente a verla…) y hacía que a veces hilar ideas en frases a través de las palabras resultara más absurdo que una mala partida al Scrabble.

Amores racionales. Los amores racionales eran los que no sentía sin más sino los que crecían en su interior alimentados por el agua, la luz y el aire del conocimiento y la intención. El amor a las buenas ideas, al principio de precaución y, por encima de todo, el amor a la verdad, un amor que no admitía traición… jamás.

Podía traicionar su amor a la belleza y hacer de su outfit un disparate, su fondo de armario le perdonaría y le regalaría al día siguiente un look bello y armónico que la hiciera reconciliarse con su pataleta discordante del día anterior pero la verdad no era un fondo de armario que uno cambia a su antojo (y al de su cartera…), la verdad ni se compra ni se vende, se descubre y se acepta o se reniega de ella y una vez se la ha negado tres veces no hay Dios que perdone ni Diablo que condene, no hay ángel de la guarda que te salve de moverte por la vida cual Quijote viendo la realidad a través de tus gafas de distorsión y frustrándote cada día un poco más porque así son las ilusiones ópticas, decepcionantes; y así hasta que un día descubres que no eres más que un pobre hombre con un orinal en la cabeza empitonando molinos de viento…

El amor a la verdad era una forma de vida y el amor propio, ese que le impedía engañarse y convertirse en un Quijote de manual aunque resultase más bella la estampa del famoso hidalgo que la del pobre Sancho a lomos de un borrico, la forma más elevada de dignidad. Aceptaba los errores propios y los ajenos, las confusiones comunes y también las populares, aceptaba la amplitud de miras y la cortedad de entendederas, lo que no podía aceptar jamás era la mentira y menos que a quienes le mentían a aquellos que se mentían a sí mismos.

Así que aquel domingo 14 de febrero, que pasaría sola porque así lo mandaban las restricciones primetrales, celebraría San Valentín a su manera, con un café y una tartaleta de mascarpone y frambuesas porque el amor a la verdad era un amor muy perro… y en su caso ya un amor eterno porque cada vez que se sentía tentada a abandonarlo y contarse cuentos como hacían aquellos a los que ella tenía por ciegos e inconscientes los imaginaba convertidos en Quijotes de molino y orinal… y se enamoraba un poco más de la oronda figura de Sancho a lomos de su borrico.

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