Abeja.

Érase una vez la historia de una niña revoltosa que no quería ser oveja... ni abeja, ella no lo sabía pero lo cierto es que quería cambiar el mundo.

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La pequeña Martina estaba tirada en el sofá cuan larga era, su madre la observaba a ratos sin decir palabra, se fijaba en cuánto fruncía el ceño, en cómo se ajustaba las gafas, en el modo en el que trataba de evitar que algún rizo descarriado se paseara por su cara interfiriendo en su lectura, en la manera en la que cogía el libro… Era el libro de ciencias de la naturaleza y el tema en cuestión era la vida en la colmena ¡abejas a ella, que detestaba la miel y todo bicho viviente capaz de acercarse a ella volando cual lindo pajarillo!.

Martina se levantó de un salto y corrió a su habitación, señal inequívoca de que había leído y comprendido el tema completo que estaba leyendo, por eso corría a su habitación, para sentarse frente a su mesa de estudio y preparar un esquema que contuviera las ideas esenciales del tema a estudiar: abejas, colmena, zánganos, obreras, abeja reina… escribió. Y después se paseó por su habitación explicando el tema a los cojines de su cama, a la lámpara de pie, a las tres muñecas que habían sido salvadas de la quema cuando llegó el momento ‘soy demasiado mayor para tener muñecas‘… Y así hasta que, dominado el asunto, le confirmó a su madre que se lo sabía todo ¿le tomaría la lección? hacía ya tiempo que la supervisión de su madre no era total y completa sino aleatoria y por sorpresa y ¡ay de ella! si la pillaba con los deberes sin hacer, las lecciones sin saber o sus libretas hechas un mar de borrones y otras guarrerías.

Aquella tarde su madre decidió que quería repasar con ella la vida de las abejas.

Tras tomarle la lección y confirmar que la pequeña era toda una experta en la vida en la colmena, su madre quiso jugar un poco con ella y le preguntó: –a ver, querida… ¿tú qué serás? ¿una obrera, un zángano o una abeja reina?– –¡ah no!– exclamó la pequeña sin pensánselo ni un segundo –¡nada de eso! no está subrayado porque el profe dice que no entra en el examen pero yo me he leído lo de las abejas solitarias y yo voy a ser una de esas, no pienso hacer miel (puaj! qué ásco!) ni tampoco poner huevos como una loca ni pasarme la vida fertilizando abejas reinas ¡sólo faltaba! ¡ni matar zánganos! ¡pobrecillos!, yo a mi bola mamá, como las solitarias esas-.

Su madre la miró un instante y se removió en el sofá ante la enorme determinación que vio pintada en su rostro… –pero tú sabes que ser una abeja solitaria es bastante más difícil que ser un zángano, una obrera o una abeja reina en una colmena ¿verdad?– Martina se encogió de hombros –supongo– dijo –pero ya me las apañaré… y además yo no pienso ser oveja ni abeja ¡eh! yo quiero ser científica y descubrir cómo curar esta maldita cosa– añadió señalando la bomba de insulina que llevaba adherida al abdomen.

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