Intimando con Alicia.

Yo ya conocía a Alicia. Coincidí con ella el pasado mes de febrero, cuando David decidió sacarla una vez más a pasear de manos de Missing...

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Yo ya conocía a Alicia. Coincidí con ella el pasado mes de febrero, cuando David Delfín decidió sacarla una vez más a pasear de manos de Missing, la colección que recordaría la pureza del blanco y la importancia del impacto de los detalles. Pero esto es como todo, hasta que no intimas un poco más con esa persona no eres capaz de admirar de lo que realmente está hecho, tanto por fuera como por dentro.

Y precisamente con este objetivo, el de intimar, me planté en la sastrería de la calle Augusto Figueroa el pasado jueves a las 2 de la tarde. Es cierto que siento una gran debilidad por los animales, lo cual ya me dio una visión poco objetiva de Missing (dedicada a Alicia, la perrita de David) la primera vez que nos vimos, por aquello de su trasfondo sentimental, pero tampoco ayuda el encontrarse con una de las piezas estrella de la colección nada más entrar, hasta tal punto que le tengan que llamar a una la atención: “pero pasa mujer, que no te van a ver y así no te atienden”. Y razón que llevaba la señora.

Una vez que fui capaz de despertar de aquel espectáculo sacado del mismísimo Alicia en el País de las Maravillas y el trabajo de los súbditos de la reina a brochazo limpio sobre rosas, Sara me fue introduciendo poco a poco en el mundo de la superposición y, lo más interesante, el trabajo artesanal. No es que me guste, es que me apasionan esas pequeñas piezas, encajadas una al lado de la otra, como si nunca hubiesen podido existir separadas; las puntadas que, tras horas y horas de trabajo, crean un resultado tan increíble que lo acaban convirtiendo para el espectador en algo fácil; pero, ante todo, lo que más me emociona es esa historia hilada por las manos que, ante el estrés y los nervios de un equipo entero, continúan su labor como si de ellas no dependiese el éxito o el fracaso de los recuerdos de David.

Historias que me iba contando conforme avanzábamos de pieza en pieza, desde vestidos superpuestos hasta pantalones y blusas en gasa que parecían dominar el volumen con total naturalidad, todas ellas colmadas de suspiros y que, por encima del sentimiento, demostraban una lealtad absoluta a la tradición de la artesanía.

Dar las gracias a Sara por ese maravilloso recorrido a través del que también es, al igual que para David, uno de mis cuentos favoritos, por permitirme intimar con Alicia, dejándome entrar en todo sus recuerdos, al propio David, por supuesto, por mantener viva la sastrería de toda la vida aún tratándose de revolucionarias propuestas y, cómo no, a la señora que me empujó a ir más allá de la cristalera.

Si es que una cuando se emociona se olvida de todo…

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