Dublineses.

Con Dublineses, Joyce nos sirve en bandeja una descripción de las fases de la vida.

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En unos días hará un año desde que os invitamos a emplear  quince minutos de vuestro tiempo para leer algo que os dejaría pensando más de dos ratos. En aquel momento os contábamos que existía una pequeña joya literaria en forma de relato que James Joyce nos ponía en bandeja: Duplicados. ¿Lo recordáis? Estremecedor y directo al centro del alma.

Hoy vamos a dar un paso más y os decimos que empleéis varios espacios de quince minutos para leer el libro completo de relatos, entre los que se incluye aquél. La colección completa no es otra que la que Joyce nos pone en bandeja con Dublineses, con el que veremos una descripción de las fases de la vida del ser humano en un entorno poco alentador, ese que Joyce denunciaba cuando decía que Dublín es el centro de la parálisis.

Lo que a mí me ocurrió fue que, tras leer Duplicados, algo me dijo que debía empezar por el principio. Fue así como me di de bruces contra Las hermanas, descubriendo cómo la muerte de un eclesiástico provoca sentimientos encontrados de un niño que no sabe si entristecerse o agarrarse a la sensación de alivio que le provoca dicha muerte. Mas caminado un poco más allá se destapa Un encuentro entre niños y mayores que juegan, aunque esos juegos sean de diferente calado según se mire con la visión de los niños o con al del adulto protagonista…

Ya repuesto de semejante golpe, doy con Arabia y me encuentro con que el paso de la niñez a la adolescencia tiene unos puntos negros con los que la mayoría de los niños chocan en su inocente forma de ver la vida, cosa que no le ocurre a Eveline, una joven irlandesa que pretende luchar contra las imposiciones sociales de la Irlanda de la época; unas imposiciones en las que la mujer siempre será la perjudicada. Con Eveline ya hemos pasado de la niñez a la juventud y nos encaminamos a una especie de “road movie” literaria cuyo protagonista, un burgués dublinés, se esfuerza para estar a la altura de sus homólogos extranjeros. Se trata de Después de la carrera, todo un alarde de patriotismo mal dibujado.

Lo malo de ir creciendo es que en seguida te das cuenta de que aquella vida inocente a la que estabas anclado no es real, llegando un momento en el que llega la hora de tener que sobrevivir con lo que esté a tu alcance. Eso es exactamente lo que les ocurre a Dos galanes que viven aprovechando algunas de sus virtudes, abonados al engaño en una Irlanda sin apenas oportunidades de salir a flote. Y puestos a engañar y vestir de colores aquello en lo que predomina lo gris, entramos en La casa de huéspedes para vivir de primera mano la doble moral de la sociedad y la ambición por subir escalafones a costa de lo que sea.

Llega una edad en toda persona en la que podríamos asociarla con las nubes; las majestuosas o las que pasan a toda velocidad por encima de nosotros sin darnos tiempo ni siquiera a apreciar cuál era su forma. Esta metáfora es la que encontramos en el siguiente relato de Dublineses, con el riesgo de descubrir que quizás alguno de nosotros llegue a ser tan sólo Una nubecilla que se disipará víctima de su propio fracaso. Y es ese fracaso el que puede derivar en situaciones como la que encontramos en Duplicados, del que ya dimos buena cuenta hace tiempo, como os he comentado al principio.

El tiempo pasa, las relaciones se difuminan para bien y para mal y es cuando afloran los recuerdos cuando te das cuenta de que muchos de ellos no son más que Polvo y ceniza. Y es que andamos ya en la época de la madurez de la vida, en la que no sirve mirar a tras, en la que empezaremos a cosechar lo que hemos sembrado. Si, como el señor Duffy, hemos sembrado deseos de soledad, dejaremos pasar el tren una vez más y nos convertiremos en Un triste caso.

Así, avanzando mientras paso por Efemérides en el comité – entre nosotros, sin pena ni gloria – que da un giro en el tono de Joyce para meternos de lleno en el fantástico y sublime Una madre, en la que vivimos, casi como nuestro, el caso de una madre despechada luchando por los derechos de su hija, pianista en ciernes. Una recreación perfecta de lo que conocemos como la madre de la artista. Y cerramos, amigos, con A mayor gracia de Dios, un relato en la más alta cima de la comicidad, plagado de un humor inteligente, pero apenas comprensible a no ser que se tenga muy claro el momento histórico con el Dublín de la época como decorado. Algunos podrían lapidarme y seguramente lo harán cuando diga que este relato, aún reconociendo la genialidad literaria de James Joyce – como no podría ser de otra manera – me lo saltaría y pasaría página, directamente al siguiente (y último), una de las creaciones magistrales de Joyce, Los muertos, del que hablaremos la semana próxima, pues bien merece, al igual que Duplicados, un artículo independiente.

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Título: Dublineses
Autor: James Joyce
Traducción: Eduardo Chamorro Turres
Colección: El libro de bolsillo. Literatura
Páginas: 288
Publicación: Junio 2011
Precio: 10,80€
I.S.B.N.: 978-84-206-5342-6
Formato: Estándar, Papel
Tamaño: 12 x 18

Más información Alianza Editorial

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