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Y llegaron los magos…

Su regalo era brújula para la vida, certezas a las que asirse cuando amenazara tormenta y soplara levante...

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Despertar un domingo de Reyes con el sol colándose por la ventana, aroma a café recién hecho, croissants todavía calientes y un beso sobre sus labios era el mejor de los regalos… pero no el único, al pie su cama, su mesilla y sus sueños había un montón de paquetitos que pedían a gritos ser abiertos…

Entre risas y arrumacos se acomodaron ambos sobre la alfombra y ella comenzó a descubrir lo que se ocultaba bajo los papeles de colores sin percatarse si quiera de que él no tenía entre sus manos su regalo. Desde el mismo momento en que deshizo el primer envoltorio, supo que lo que él había querido regalarle era una brújula para la vida, certezas a las que asirse cuando amenazara tormenta y soplara levante…

El primer regalo que llamó su atención fue uno cuadrado, como un cubo, y envuelto en papel brillante y vermellón: escondía una taza para el café del desayuno y el té de media tarde: todo saldrá bien porque tú eres la leche, decía; había otro que era como un cilindro que destacaba entre el resto, en su interior encontró un poster, era un cielo de atardecer, bello y sugerente, sobre él otro mensaje: Elige cómo quieres sentirte porque será la consecuencia de cómo actuarás y eso determinará tu vida; el tercero de los paquetes era blandito y plano, estaba envuelto en papel luminoso de color verde-limón y escondía una camiseta serigrafiada… War of Love, the time to belive & to love has come, decía; quedaban todavía dos regalos por abrir… el más pequeño, cuadradito y envuelto en papel dorado, ocultaba una pulsera de tela con una pequeña medalla sobre la que se leía con letra manuscrita be happy y el último fue una risa de dulzura y chocolate, eran 500gr of good life.

Se llevó entonces las manos a la cabeza fingiendo espanto y lo mandó entre disculpas al salón, al pie del árbol de Navidad y de su calcetín… No le pareció a él mal regalo un reloj aunque sí le sorprendió que no marcase la hora buena, que estuviese parado, la miró buscando la respuesta a aquel detalle, bien sabía que no sería casualidad ni despiste, y halló la respuesta en su sonrisa: no podemos parar ni alargar el tiempo de verdad… pero sí hacer como si no pasara, y se sintió entonces tranquilo tan en paz como nunca ante la certeza de estar haciéndola tan feliz como para querer parar el tiempo a su lado.

Estoooo…– comentó él con fingida inocencia un punto de ironía, mientras compartían un segundo café –un poquito escasos han estado los magos este año, ¿no?– ella se encogió de hombros simulando también cierta inocencia –la crisis…– añadió, a lo que él no tardó en apostillar –mientras no sea de ideas-…

Y así estuvieron todavía un rato, retándose en un sutil juego de ironías, pensando el uno que el otro ocultaba algo y a la inversa… sin saber ella que había una última sorpresa sobre su almohada, sin saber él que lo esperaba otra sobre la mesa del salón…

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