The Sunday Tale+por Berta Rivera

Trampantojo.

Érase la vez una historia en la que la vida discurría de trampantojo en trampantojo porque nada -ni nadie- era lo que parecía...

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El pequeño Asier respiraba con cierta dificultad, sus pequeñas piernas daban pasos cortos por las cuestas de adoquines y las escaleras de piedra; su padre lo miró sonriendo ante la cabezonería del pequeño, empeñado en renunciar al carro y a los brazos y en hacer uso de sus pequeñas piernas.

Asier se quedó plantado frente a una tienda de souvenirs mirando hacia el lugar en el que había un montón de escudos y espadas de madera decorados y de su tamaño; al percatarse de lo que atraía la atención del pequeño, su padre se acercó a la mujer que atendía el puesto del mercadillo y compró un pack, se lo entregó al pequeño animándolo a seguir subiendo cuestas y escaleras a la conquista del castillo.

El niño sonrió armado con su escudo y su espada y afrontó el siguiente tramo del camino; al llegar a la entrada del castillo levantó su espada como si fuese un caballero medieval dispuesto a atacar la fortaleza –– dijo su madre sonriendo –pequeño Cid, vamos por aquí, que nos van a contar muchas cosas de este castillo-.

En la visita al castillo el pequeño no salía de su asombro, la primera sorpresa fue descubrir que no se trataba del castillo de un caballero sino de un castillo templario que fue después la casa de un papa; además, la joven que les explicaba la historia del castillo parecía empeñada empeñada en impedir su conquista y cada vez que el pequeño levantaba su espada ante una puerta, ella le explicaba por qué ni un ejército bien armado hubiera logrado entrar.

No había espacio para utilizar un ariete en condiciones y el castillo estaba preparado por dentro para soltar desde arriba cualquier proyectil a quien osara acercarse con intenciones oscuras; –ah!– exclamó el pequeño seguro de haber encontrado la solución –¡pero puedo atarcar por barco!-, la guía sonrió negando con la cabeza –no si estuvieras en la Edad Media; entonces no había batallas navales– Asier no daba crédito –¡¿pero por qué?! ¡eran tontos!– la guía, y el grupo de turistas al completo, se carcajeó a placer mientras un hombre con aspecto de profesor y con media sonrisa pintada en su rostro le dijo al niño a modo de secreto –tal vez no fueran todavía buenos constructores de barcos-.

Para entonces Asier ya se había rendido, estaba claro que nunca conquistaría aquel castillo que era en realidad la casa de un papa hacía un montón de años, cuando había más de un papa, cisma lo había llamado la chica puntillosa que no le había dejado vía alguna de conquista. Lo que Asier no sabía era que todavía le quedaban sorpresas por descubrir.

El castillo había sido construido sobre una roca y estaba rodeado de mar por todas partes a excepción de una…pero cuando vivía aquí el papa– añadió la guía mirando al pequeño Asier –esa gran lengua de tierra que llega al castillo era mucho más pequeña y, cuando subía la marea, desaparecía convirtiendo al castillo en una isla-. Asier abrió mucho los ojos –¿y todas esas casas?– preguntó incrédulo –no existían– respondió la guía –ni tampoco el puerto, por eso el mar aislaba el castillo-.

¡Así cualquiera!– exclamó Asier con cierta indignación –si no les atacaban por barco y el castillo era una isla cualquiera lo podía defender!– Fue entonces el hombre con aspecto de profesor quien preguntó –¿y si no fuese un ataque directo sino un asedio?– la guía sonrió y desveló uno de los últimos secretos que les faltaban por descubrir del castillo –podían resistir un largo asedio– confirmó –en este lugar hay hasta 17 manantiales de agua dulce y enseguida os enseñaré el lugar en el que se ubicaba una pequeña puerta por la que podían traerse víveres de tierra-.

Asier continuaba su indignado paseo sintiéndose un caballero sin castillo ni batalla que librar y se quedó perplejo cuando la guía le contó que las escaleras que veía desde la terraza y que parecían perderse en el mar habían sido obra de la túnica del papa… –¿cómo?!– preguntó sin acabar de comprender mientras la guía sonreía ante el interés y la curiosidad del niño; cuenta la leyenda que una noche en la que no podía dormir, el papa se echó la túnica sobre los hombros y salió a la terraza del castillo, miró hacia Roma, donde había otro papa al que él quería desbancar, bajó por las rocas que rodaban el castillo hacia el mar y su túnica fue modelándolas de modo que surgió la escalera que estáis viendo Asier no apartaba sus ojos de la escalera –¿y qué hizo cuando llegó al mar?– la guía continuó la historia –pues la misma leyenda dice que puso su túnica sobre el agua y llegó sobre ella a Roma.

¡Venga ya!– exclamó Asier sin dar ninguna credibilidad a la leyenda –¡ni que su túnica fuera una alfombra mágica! además… los papas son santos, no mágicos– sentenció el pequeño.

Cuando, terminada la visita, paseaban los pequeños jardines del castillo y disfrutaban de la exhibición de cetrería, su padre le preguntó –¿te ha gustado el castillo, Asier?– el pequeño se encongió de hombros, miró hacia la torre y dijo –es que nada es lo que parece… yo parezco un caballero con el escudo y la espada pero sólo soy un niño, el castillo parece de un caballero pero era de unos monjes y de un papa, y el papa no era un papa ¡era como Aladino! pero sin lámpara mágica, ni genio, creo…– Su padre no pudo evitar reír y Asier se ofendió un poco sintiéndose burlado. Y entonces aprendió una nueva palabra…

¿Sabes como se llama a las cosas que no son lo que parecen?– el niño miró a su madre negando con a cabeza –¿mentiras? ¿engaños?– preguntó… –No– le explicó su madre –hay cosas que aun sin ser lo que parecen no son mentira ni engaño, son simplemente distintas de lo que uno se espera y se llaman de un modo que te va a encantar… ¡trampantojo!-.

Asier blandió entonces su espada protegiéndose con su pequeño escudo y exclamó –¡soy el caballero trampantojoooo!– se quedó plantado en el jardín sin atreverse ni a respirar cuando una lechuza sobrevoló su cabeza haciéndole la raya al medio… por un momento se había olvidado de la exhibición de cetrería.

Por la noche, cuando Asier caía rendido en la cama, le dijo a su madre –mamá… yo creo que también ha personas que son un poco trampantojo– su madre lo miró sorprendida de que, siendo tan pequeño todavía, ya se hubiera dado cuenta de ello –ah si?– se limitó a decir –– confirmó el niño –yo creo que sí.. hay personas que no son lo que parecen…– el sueño rendía al pequeño tras un gran día de vacaciones en el que había aprendido más de lo que imaginaba.

 

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