Terror.

Érase una vez una historia de terror y dolor ocurrida un triste día de verano. Ocurrió en Barcelona como antes en Madrid, Londres, París...

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Miedo. Pánico. Temor. Angustia. Horror. Ira. Rabia. Dolor. Odio. Terror… Aquel día aquellas palabras confluían en el ambiente como si fuesen perfectos sinónimos las unas de las otras, todas definían una única y compleja emoción que no tenía palabra que la definiera, la definían aquellas, todas, y cabe que alguna más.

Escribió a mano alzada aquella primera lista de palabras y se preparó un café.

Incomprensión. Pena. Lágrimas. Tristeza. Así empezaba su segunda lista de palabras, la dejó inacabada y, con la taza de café entre sus manos, salió al jardín. Se dejó caer en un sillón mirando al suelo sin apenas verlo, acompañándose por el sonido de fondo de la radio y sus noticias de última hora.

No tenemos miedo, decían. Era mentira. Claro que tenían miedo. Ella también lo tenía. Pero sabían que no se puede vivir con miedo. Todos habían aprendido una de las lecciones de vida de Nelson Mandela: No es valiente quien no tiene miedo, sino el que sabe conquistarlo. Y allí estaban, entre flores, velas, dolor, pena y gritos. Conquistando el miedo. Y reconquistando su libertad.

Escribió la frase de Mandela en su libreta, justo después de sus listas de palabras.

Y entonces ocurrió de nuevo. El ruido de unos pocos. Las palabras políticamente correctas de otros. Y el silencio de muchos. Entonces Mahatma Gandhi y Martin Luther King confluyeron por un momento en su mente. Dos héroes de dos rincones lejanos del mundo, de dos mundos diferentes, que dejaron escrita, a su modo, la misma lección de vida. Decía Gandhi que Lo más atroz de las cosas malas es el silencio de la gente buena; decía Martin Luther King que Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos como del estremecedor silencio de los bondadosos.

Añadió ambas frases a su libreta, justo detrás de la de Nelson Mandela y las leyó juntas. Tres lecciones de vida de tres hombres distintos, en tres lugares distintos, en tres tiempos distintos… y tan actuales las tres, tan vivas, tan reales, tan ciertas…

Una voz lejana, escapada por alguna de las ventanas abiertas en aquel día de verano, decía ‘No hay derecho’. No, pensó, no hay derecho. No es justo. No tiene sentido ni razón de ser. Pero es.

Y entonces las medias tintas, el tuya-mía de los unos y los otros, el buenismo por encima de todas las cosas y la incapacidad casi doliente de llamar a las cosas por su nombre. Porque su nombre duele. Como duelen los muertos. Como duele el silencio. Como duele el olvido. Como sólo duele el terror.

Entonces lo entendió y escribió la penúltima anotación del día en su libreta: No. No hay derecho. Y, si queremos que haya derecho, no hay más camino que el marcado por las lecciones de vida de gentes como Mandela, Gandhi y Martin Luther King… Ellos lucharon por sus derechos y por los derechos de otros como ellos. Cabe que lo que nos haya tocado a nosotros sea defender los derechos con los que hemos tenido la fortuna de nacer… Tal vez defender nuestros derechos -y nuestra libertad- sea nuestro deber y nuestra responsabilidad.

La última anotación estaba también escrita de su puño y letra pero no había salido de sus pensamientos sino de las lecciones de vida de Mahatma Gandhi:

En la actualidad la gente sólo se preocupa por sus derechos. Recordarle que también tiene deberes y responsabilidades es un acto de valor que no corresponde exclusivamente a los políticos.

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