Tempestad.

De noches, sueños y desvelos, de tempestades íntimas y travesías inolvidables, de aventuras, pasiones y otros alardes... de domingo y de cuento.

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Dejó a Shakespeare y su Tempestad sobre la mesilla deseando haber ahuyentado su propia tormenta entre acto y acto del drama del célebre escritor británico; claro que si bien tras la tempestad llega irremediablemente la calma, nada impide que se levanten de nuevo aires huracanados y olas de más de 10 metros en una tempestad que a saber si es la anterior, con nuevos bríos, o una nueva que llega con sorprendentes intenciones.

Miró el reloj y vio que marcaba las 4 menos cuarto de la madrugada, respiró profundamente y cerró los ojos sabiendo que era demasiado tarde para pensar en conciliar el sueño, cuando el desvelo imponía su ley más allá de las 3, el sueño se ahuyentaba sin pasar si quiera a saludar; cogió de nuevo el libro y repasó su final que de tan romántico le parecía casi impropio, al menos, para los tiempos que corrían; se dio cuenta entonces de cuánto había dejado de creer en los finales felices, de cómo había ganado cinismo y perdido frescura y se preguntó cómo habían podido perderse tantos sueños entre sus desvelos.

Tampoco es que pusiera mucho empeño en responderse, no le importaba demasiado porque era ella más una mujer de presentes y futuros que de pasados; del pasado sólo guardaba las sensaciones y las emociones sentidas, de lo vivido tendía a perder los detalles porque siempre le había interesado más pintar el cuadro de su vida que disfrutar de sus borradores primeros que estaban, además, llenos de arrepentimientos como los que confesaba Velázquez en sus lienzos.

Para cuando dieron las 6 seguía mirando a un techo en penumbra entre tempestades íntimas que no amainaban más que lo justo para retomar su brío así que optó por levantarse, aunque le pareciese la  hora de lo más impropio para el último domingo de mayo; claro que también era impropio el frío y la amenza de lluvia que veía a través de su ventana.

Se echó el chandal a la piel y se calzó sus zapatillas de correr porque pensaba tomar las calles a golpe de zancada hasta cansarse tanto que, al regresar, no tuviera más que las tempestades justas para acercarse al borde de la cama y dormir todas las horas que se debía.

Para su sorpresa, cuando regresó a casa lo hizo con el deseo de leer el periódico que había comprado mientras degustaba su desayuno perfecto, el de un zumo y un café con una tostada, o dos, de pan con tomate y una pizca de orégano; se sentía mejor y, sin pensarlo apenas, descubrió el motivo… las tempestades son para navegarlas con destreza no para luchar contra ellas, ni mucho menos para pensar que por gritar más alto o dar un golpe en la mesa más fuerte, vayan a aplacarse los vientos y encogerse las olas; lo contrario es ser un Quijote náutico… una suerte de iluso que no sólo ve gigantes los molinos sino que se lanza a luchar contra ellos.

Decidió entonces ajustar las velas y cambiar su rumbo para navegar donde el viento la llevara porque vio con absoluta claridad que lo importante no era el destino sino dejar la tempestad atrás, ya habría tiempo después de marcar un nuevo rumbo… Y llegó entonces el sueño y cabe que algunos sueños en él… pero no lo supo porque tan solo logró mantenerse despierta el tiempo justo para llegar a la cama.

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